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Full text of "Un Manifiesto Para El Siglo XXI Pablo Davalos"

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A PROPÓSITO DE LA PANDEMIA DEL COVID-19 

Un manifiesto 


De la renta básica universal 

y otras utopías 

Pablo Dávalos 



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A propósito de la pandemia del covid-19 

Un manifiesto para 
el Siglo XXI 

De la Renta básica universal 
y otras utopías 


Pablo Dávalos 




A propósito de la pandemia del covid-19 

Un manifiesto para 
el Siglo XXI 

De la Renta básica universal 
y otras utopías 


Pablo Dávalos 


Ediciones 

desde abajo 


A propósito de la pandemia del covid-19 

Un maníñesto para el Siglo XXI 

De la Renta básica universal y otras utopias 
Pablo Dávalos 

Ediciones desde abajo 

Mayo de 2020 

Bogotá, D.C. - Colombia, 

ISBN; 978-958-5555-18-1 

Diseño y diagramación; Difundir Ltda. 

Cra. 20 N‘’45A-85 
Bogotá, D.C. - Colombia 

El eonoeimiento es un bien de la humanidad. 

Todos los seres humanos deben aeeeder al saber. 

Cultivarlo es responsabilidad de todos. 

Se permite la eopia, de uno o más eapitulos eompletos de esta obra o del eonjunto 
de la edieión, en eualquier formato, meeánieo o digital, siempre y euando no se modifique 
el eontenido de los textos, se respete su autoría y esta nota se mantenga. 



índice 

A manera de introducción.8 

Economía política clásica; tiempo, producción. 12 

Progreso, tiempo lineal y un mundo hecho de mercancías.14 

Ke5mes y el tiempo.15 

Y el neoliberalismo sí es culpable.16 

Pero fue necesaria la peste para desenmascarar lo evidente.18 

La politización del tiempo en la modernidad y el capitalismo.20 

El tiempo como ethos del capital.21 

Trabajar, trabajar y seguir trabajando.22 

Tiempo, desarrollo, crecimiento económico.23 

Globalización, instantaneidad, redes sociales.24 

Y el tiempo se detuvo.25 

Y fue un virus quien puso en pausa al calentamiento global.27 

De la dominación por el miedo, a la administración del hambre.28 

Nunca hubo escasez.29 

Y nunca lo vimos venir por eso no supimos cómo reaccionar.31 

Peste, vida, interioridad.32 

La pandemia.33 

Para qué prevenir, si es mejor negocio curar.34 

Y para qué curar, si la enfermedad es aún mejor negocio.36 

Pero la peste no puede determinarse ni predecirse.38 

Es una industria que solo actúa bajo certezas y decisiones previsibles.39 

La peste, la incertidumbre, lo social.39 

¿Dónde está Leviatán?.40 

El Leviatán corporativo.42 

Aislamiento, distancia.43 

Estábamos solos, y no lo sabíamos.44 

Siempre fuimos seres sociales.45 

Y el capitalismo quiere rentabilidad incluso más allá de la peste.47 

Quisimos, en nuestra arrogancia, calcular la economía de la peste.49 

Ante lo absoluto emergen los límites.50 


































Y sin ese ruido de fondo, quizá era necesario empezar a pensar.52 

Lo esencial debe ser visible para los ojos.53 

¿Éxito? No, gracias.54 

La soledad del homo economicus.55 

Nada hay más peligroso que la normalidad.57 

Una necesidad de ontologia para ratificarnos en el mundo.59 

Y ese espacio de tan cotidiano, se nos hizo extraño.60 

Tiempos de codicia, tiempos de rebatiña, tiempos contradictorios.61 

A pesar de todo, se persiste en el error.63 

Y empieza a emerger un mundo nuevo: 

La Renta Básica universal y sin condiciones.66 

Ahí emerge algo que empieza a tener sentido: 

hay recursos para todos y la pobreza es política.68 

¿Por qué urge crear la Renta básica universal y sin condiciones?.71 

Los empresarios: el eslabón perdido de la eficacia.74 

Son los trabajadores quienes crean el valor.77 

Si la pobreza es política, su resolución, por tanto, ya no es económica.78 

Una ceguera connivente, pero la empresa capitalista es solo un actor más.80 

Una lógica de desarticulación social que debe ser frenada.82 

Y el futuro se empieza a escribir desde ahora.84 

Un mundo de trabajadores sin salario, pero con ingresos.86 

La macroeconomía de la dignidad.89 

La microeconomía de la post-escasez.92 

Uberización, difuminación, extensión: el capital se hace ubicuo.94 

La economía de la información requiere 

de otras coordenadas de interpretación.97 

Renta básica universal y la política de la utopía.100 

Los desafíos monetarios y sus amenazas y posibilidades.103 

En resumen, porqué es fundamental crear hoy la Renta básica universal.110 

El sistema de salud público y global.112 

Otra educación es posible.128 

Ante la decadencia de la universidad, pensemos 

en comunidades científicas globales y una nueva academia.132 

La universidad global.140 

Reflexiones ñnales.144 


































8 


A manera de introdueción 


En diciembre de 2019, en la ciudad china de Wuhan, empezó la primera peste 
del siglo XXI. Se trató de una pandemia provocada por el coronavirus (Covid-19), 
que se extendió, en apenas semanas, por todas partes del planeta y obligó a mi¬ 
llones de seres humanos a adoptar los protocolos de cuarentena, aislamiento y 
distancia, al tiempo que puso en tensión a todos los sistemas de salud del mundo. 
Se trataba de la primera peste global y, lo que sucedió en ese contexto, fue un 
hecho inédito para la humanidad. En efecto, era la primera vez que se pudo com¬ 
prender aquello que significa la globalización por fuera de su contexto mercantil 
y geopolítico, pero por dentro de los hogares y de la subjetividad de las personas. 

Miles de millones de personas fueron obligadas a replegarse a sus hogares para 
evitar el contagio y la propagación del virus. De pronto, millones de ellas se vie¬ 
ron en confinamiento y cambiaron radicalmente su cotidianidad. La ventana al 
mundo, en esa oportunidad, fueron las redes sociales. Estas, en efecto, fueron la 
posibilidad que permitió entender la gravedad y el desarrollo día tras día de la 
situación, al tiempo que permitieron la visualización de las diferentes respuestas, 
testimonios, argumentos, preocupaciones, angustias que se desplegaron y evi¬ 
denciaron; a través de ellas, la humanidad se pudo constatar en su fragilidad más 
esencial, sus miedos, sus aberraciones, pero también su solidaridad, su generosi¬ 
dad, sus esperanzas, sus utopías. 

El vector de la peste fueron las personas integradas a la globalización. La peste 
viajó con aquellos trashumantes del comercio, de los eventos internacionales, de 
los migrantes, de los estudiantes universitarios, de los turistas, los inversionis¬ 
tas, en fin, toda aquella muchedumbre que día a día colma los aeropuertos del 
mundo. La humanidad no tardó mucho en comprender que se trataba de un virus 
bastante democrático, muy agresivo y difícil de dominar por la ciencia. Reyes y 
mendigos, primeros ministros y obreros, políticos de izquierda y de derecha, fue¬ 
ron constatados en su humana condición. 

Lo que antes habría sido imposible siquiera imaginar, se produjo. El comercio 
mundial se redujo al mínimo. Enormes centros comerciales vacíos. Aviones va¬ 
rados. Avenidas desiertas. Especuladores que tuvieron que pagar por sus errores. 
Las metrópolis se replegaron sobre sí mismas y por las calles solo transitaban los 
fantasmas. Los Estados, de su parte y en su mayoría, anunciaron importantes 
paquetes de a5aida monetaria sin precedentes para una economía global alicaída. 



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Pablo Dávalos 


en una vuelta de tuerca que semanas antes habría sido impensable. Los apóstoles 
de la austeridad, encontraron su camino a Damasco en la peste y se convirtieron 
en ke5mesianos de último minuto. 

La peste fue controlada en China gracias a un sistema político cerrado y una ac¬ 
tuación rápida y contundente desde el Estado y el Partido Comunista. Sin embar¬ 
go, cuando la peste llegó a Europa, puso a prueba los sistemas públicos y privados 
de salud, así como sus sistemas políticos y sus instituciones, y los constató más 
en sus simulacros que en su eficacia. La peste también se cebó con los Estados 
Unidos, la potencia capitalista más importante del mundo, y demostró que en 
esas circunstancias, cuando es la vida la que está en juego, la única alternativa 
posible es un sistema de salud público que para este caso había sido denigrado y 
desmantelado a lo largo de las últimas décadas, y puso al desnudo a una sociedad 
que no tenía idea de lo que significa la noción de lo “público”. 

En definitiva, el mundo entero tuvo que ceder a la constatación que más allá de la 
arrogancia de considerarnos como el centro del mundo, en realidad solo somos 
humanos, demasiado humanos. También puso en su sitio el mapa de las priori¬ 
dades. ¿Qué podemos aprender de ese momento? ¿Qué reflexiones pueden susci¬ 
tarse que permitan comprender nuestras fallas y apreciar en su justa perspectiva 
nuestros aciertos? En esos instantes de repliegue sobre nosotros mismos, obli¬ 
gados por la peste a guardar un aislamiento global en un mundo que desconocía 
su significado ¿en qué pensamos? ¿Qué lecciones aprendimos? ¿Qué sociedades 
emergerán luego de la peste? ¿Qué mundo se avizora? 

La presencia de la pandemia del coronavirus en un mundo tan pagado de sí, tan 
arrogante que había clausurado la sola idea de replegarse en sí mismo para defen¬ 
derse, implica ya una toma de posición con respecto a las sociedades que hemos 
construido, que debe ser crítica pero, al mismo tiempo, debe también ser la opor¬ 
tunidad de pensar en aquello que puede cambiar. Existen muchas reflexiones, anᬠ
lisis, teorías, interpretaciones sobre la peste. Algunas retoman ideas que son parte 
ya de la historia de la humanidad. Otras advierten los nuevos peligros que podrían 
venir, por ejemplo el pliegue de la libertad bajo el control panóptico del big-data 
por Estados totalitarios. Sin embargo, quizá sea necesaria una reflexión que atisbe 
los rasgos de aquello que puede ser a partir de la crítica de lo que es. Algo así como 
una derivación deontológica sobre la crítica a la ontología del presente. 

Hay varias formas de interpretar este fenómeno único por su especie, por su mag¬ 
nitud y su significado de ser la primera peste global de la humanidad. Una de ellas 
es encarar y criticar la globalización desde sus dimensión mercantil y sus exigen- 




10 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


das temporales y espaciales de anular el espacio por el tiempo para valorizar al 
máximo la mercancia y subsumir lo humano bajo sus prescripciones. Detrás de 
esa pretensión de mercantilizar la ontologia de lo Real hubo el intento de con¬ 
vertir la contingencia de la mercancia en el fundamento de toda necesidad vital. 

La peste fue el vector que atravesó la globalización y la interrumpió. Abrió la 
posibilidad para el debate por fuera de las determinaciones mercantiles pero por 
dentro de lo humano. Porque aquello que consta como premisa fundamental de 
esa discusión es la forma por la cual se había diseñado la globalización y la perti¬ 
nencia del capitalismo. Es desde esa reflexión del tiempo del capital, la valoriza¬ 
ción de la mercancía, y la construcción de la globalización bajo las coordenadas 
del neoliberalismo que pueden emerger tanto las líneas críticas cuanto las posibi¬ 
lidades de imaginar aquello que advendrá. 

Este texto trata, a través del fárrago de la coyuntura, aventurar, como a través de la 
niebla del presente, unas intuiciones básicas sobre aquello que puede ser plausible 
a futuro. La crítica de lo contemporáneo, así, se convierte en condición de posibi¬ 
lidad para la construcción del futuro posible. Dentro de esas percepciones hay una 
que puede convertirse en una determinación clave para el mundo que vendrá, es 
la renta básica universal. Acaso sea necesario imaginar un mundo en el cual la 
producción ya ha atravesado el umbral de la escasez, pero cuyas sociedades aún 
siguen condenadas a ella. Otra idea que se desprende de esa coyuntura es el cambio 
de mentalidad con respecto a la salud. Hemos construido una noción de salud que 
solo la aprecia (en su doble sentido) desde la enfermedad. Quizá sea momento de 
construir un sistema de salud pública global. Igual con la educación y el saber. 

La pandemia nos demostró que aún estamos en el siglo XX. Que nos es diñcil 
siquiera pensar en el mundo del siglo XXI aunque esté ya ahí. Pero tenemos que 
transitarlo. Hay que cruzar el umbral. Aún no sabemos que hay más allá de ese 
umbral pero este texto es un ejercicio para presentirlo. Einalmente, un vector 
externo, un virus, nos ha permitido voltear la página de la historia y nos empuja 
a transitar al siglo XXL Como todo camino nuevo, aún suscita aprehensiones, 
temores y suspicacias. Sus coordenadas aún son inciertas. Buscamos en lo nuevo 
referencias de lo antiguo, como puntos de referencia, pero el mundo que pode¬ 
mos construir puede ser arcilla en nuestras manos. De nosotros depende hacerlo 
y crearlo, como escribía Pessoa, del tamaño de nuestros sueños. 





12 


Economía política clásica: 
tiempo, producción 


Para comprender el mundo que puede ser, quizá sea conveniente analizar aquel 
que ya fue. El tiempo presente es el eslabón entre la historia y sus promesas. 
De todas las determinaciones que conforman a nuestro mundo, y gracias a la 
heurística de la peste, quizá convenga prestar atención especial a la forma por 
la cual el capitalismo pudo plegar el tiempo de la sociedad a la producción de las 
mercancías, porque durante la primera pandemia global de la historia humana, 
aquello que finalmente se detuvo fue el tiempo del capital y emergió aquel de la 
sociedad. Si esa dimensión temporal de la producción mercantil se detuvo por 
breves instantes, ¿qué fenómenos se produjeron? ¿Cómo comprenderlos? ¿Qué 
consecuencias provocaron? ¿Cómo se reaccionó ante ello? Para ello, son necesa¬ 
rias varias percepciones y conceptualizaciones que tienen que ver, precisamente, 
con el tiempo, la producción y la mercancía. 

Una de las intuiciones más importantes de la economía política clásica del siglo 
XIX, sin duda alguna, fue aquella que vincula la temporalidad de la producción 
mercantil y lo asume y analiza, además, desde una perspectiva histórica. En efec¬ 
to, desde los siglos XVIII y XIX, varios pensadores intentaron entender al nuevo 
sistema que emergía de las cenizas del orden feudal y que se expandía con rapidez 
por todo el mundo. Todos los referentes, todas la nociones de sentido, todos los 
significantes que hasta ese entonces habían actuado como una especie de brújula 
ontológica, porque definían el sentido del ser del mundo, se transformaban a una 
velocidad nunca antes conocida. El sistema que nacía en Europa y que se expan¬ 
día por todas partes, había transformado de forma radical todo lo existente. Nació 
con el arribo de los europeos a un continente nuevo para ellos pero con civiliza¬ 
ciones ya existentes y de larga data. Se consolidó con la expansión mercantil cuyo 
eje estuvo en puertos como Ámsterdam o Venecia, entre otros, se transformó con 
la revolución industrial en Inglaterra y la revolución política en Erancia y, luego, 
colonizó al mundo. Lo dividió en centro y periferia, en metrópolis y colonias. En 
regiones ricas y regiones pobres. En norte y sur. Pero integró al mundo a una sola 
dinámica en la cual la globalización que se consolidó en el siglo XXI se convertía 
en una inevitable consecuencia. 

Los cambios históricos de este nuevo sistema se acompañaron de una reflexión, 
también novedosa, y que se denominaría “Ilustración” y fundamentaría una so¬ 
ciedad basada en aquello que el poeta francés del siglo XIX, Charles Baudelaire, 



13 


Pablo Dávalos 


denominaba, modernidad, y el pensador ginebrino J. Jacques Rousseau, el Con¬ 
trato Social. Se trataba de un pensamiento que quería romper con las hipotecas 
especulativas y teológicas que habían colonizado toda forma de pensar y actuar 
hasta ese momento tanto de la filosofía y la ciencia, como de la política y la ética. 
Quizá una de sus divisas clave sea aquella que establece, según el filósofo alemán 
J. G. Hegel, que “todo lo racional es real y todo lo real es racional” {Hegel, Prin¬ 
cipios de la Filosofia del Derecho, Paris, Gallimard, 1940). Así, la Ilustración eu¬ 
ropea racionalizó al mundo. Evacuó los fantasmas, y profanó lo sagrado. Empero, 
sería Carlos Marx, quien universalizaría el nombre con el cual se lo conocería: 
capitalismo. Para los pensadores de los siglos XVIII y XIX, el desafío era ubicar 
las coordenadas teóricas básicas que permitan comprender a ese nuevo sistema 
social de una forma racional. 

En sus primeras reflexiones, los teóricos de la economía política clásica crearon 
varias categorías fundamentales y que servirían de referencia, como una especie 
de soporte epistemológico, para posteriores elucubraciones teóricas sobre el ca¬ 
pitalismo, una de ellas es comprender la creación de la riqueza social no desde 
factores exógenos a la sociedad, sino en la estructura misma del capitalismo, es 
por ello que consideraron al trabajo humano como fuente primaria de la produc¬ 
ción de riqueza y también como producción del mundo que las alojaba, es decir 
y quizá sin proponérselo, otorgaron un estatuto ontológico e histórico al trabajo. 

De esta forma, para hacer inteligible la creación de riqueza, la racionalidad del 
mundo y la mercantilización de lo real, propusieron una analítica coherente con 
ese estatuto ontológico del trabajo. El trabajo no solo crea al mundo, sino que se 
crea a sí mismo a través de la producción. De esta manera, el tiempo en el capita¬ 
lismo se condensa en la mercancía. La mercancía no es un objeto cualquiera, es la 
representación de las dimensiones temporales de la sociedad. La mercancía inte¬ 
rioriza al tiempo social. Ahí se define uno de los elementos claves del capitalismo: 
el dominio e inscripción del tiempo dentro de las fronteras de la producción y el 
intercambio mercantil. Sin embargo, es una relación contradictoria, porque el 
capitalismo tiene como divisa derrotarlo y someterlo a sus prescripciones. Si la 
mercancía condensa esa dimensión temporal de la sociedad, entonces esa con¬ 
centración codifica sus posibilidades y establece sus límites, que se expresan en el 
valor. El valor mide el tiempo de lo social confrontado con sus posibilidades ante 
el universo de las cosas. Como sistema histórico, el capitalismo hará del control y 
sometimiento del tiempo a la producción mercantil y el intercambio comercial su 
razón fundamental de ser. Es por eso que en el capitalismo la sujeción del tiempo 
a través de la producción solo tiene al infinito como límite. El problema del capi¬ 
talismo es que en ese límite, el valor desaparece. 




14 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


Progreso, tiempo lineal y un mundo 
hecho de mercancías 

Con la economía capitalista emerge la producción mercantil que alcanza cotas 
cada vez más altas y crea niveles de riqueza crecientes. Se produce riqueza de 
forma incesante y no hay límite alguno para esa producción. Producir riqueza es 
vencer la restricción temporal contenida en la producción, por eso siempre hay 
que producir más y, si es posible, mejor. Hay que revolucionar los medios de in¬ 
tercambio. Vencer al tiempo, en ese contexto, implica valorizar al capital. La uto¬ 
pía del capitalismo es el tiempo cero de la producción infinita (pero implica, en 
cambio, una contradicción y una aporía: el valor nulo).En esa distopía del capital 
la empresa ideal no tendría trabajadores, tendría robots e inteligencia artificial, 
pero, en esas condiciones, ya no generaría valor. 

El correlato simbólico a ese tiempo infinito de la producción mercantil, es la idea 
del progreso social como un tiempo abierto y un futuro lineal que prolonga el 
presente hacia el infinito; una idea que se empata con aquella, más reciente, del 
desarrollo económico y, últimamente, el crecimiento económico. En esas ideas 
subyace también una forma disciplinaria de la producción de inicios del siglo XX 
y que se conocería como modelo fordista de producción (la producción en serie), 
y que implica la división ad infinitum del trabajo y, por tanto, el sometimiento de 
las capacidades humanas. 

Empero, es importante también comprender que en el capitalismo la producción 
mercantil define las coordenadas del mundo en tanto mundo, y, por consiguiente, 
las posibilidades humanas en el mundo. Esto significa que el capitalismo traslada 
hacia la producción y circulación de las mercancías la resolución de sus proble¬ 
mas y la ratificación de sus posibilidades. Es la primera civilización de la historia 
humana, de lo que se conoce, que transfiere a las cosas el poder taumatúrgico 
de definir y contener su propia historia y la capacidad de resolver los problemas 
humanos y sociales. 

Es por eso que vencer al tiempo, para el capitalismo, se convierte no solo en im¬ 
perativo productivo sino también ético, social e histórico. La producción ad in¬ 
finitum de las mercancías sería la solución a sus problemas históricos sociales. 
La ciencia moderna, de su parte, le presta a esta visión del tiempo productivo 
un arsenal de conceptos, métodos, teorías, modelos matemáticos que lo avalan 
y fundamentan. Nacen, desde esa lógica, conceptos como: productividad, rendi¬ 
mientos crecientes a escala, competitividad, producción justo a tiempo, etc. Los 
economistas clásicos del siglo XIX habían intuido, además, que en el capitalismo 




15 


Pablo Dávalos 


existe un proceso de anulación del espacio por el tiempo y es este proceso el que 
acelera la integración de los mercados de forma cada vez más completa hacia uno 
solo mercado mundial capitalista cuyo epitome es el “tiempo real”. La producción 
se inscribe, de esta manera, dentro de esas coordenadas que la hacen superar esas 
restricciones temporales. La globalización habría de confirmar sus hipótesis. 

Keynes y el tiempo 

Los economistas clásicos del siglo XIX, de esta forma, habían atinado al identifi¬ 
car al tiempo como uno de los vectores más importante del capitalismo, por eso lo 
vincularon analítica y epistemológicamente a la noción de valor. En el capitalis¬ 
mo el tiempo es valor y este es el leit motiv del sistema. En el siglo XX, quizá uno 
de los pensadores económicos más importantes de su siglo, J. Maynard Keynes, 
también intuyó que el tiempo era la clave del sistema, por ello conceptualizó al di¬ 
nero como tiempo: el dinero es el eslabón que vincula las decisiones del presente 
con el futuro, escribió en la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, 
publicado en 1936 (Libro V, Cap. 21). No solo eso, Ke5mes interiorizó al tiempo 
dentro del proceso de producción, en un esquema teórico nunca antes creado, 
a través del concepto de “costo de uso”, en el cual las decisiones de producción 
también vinculaban las decisiones del presente con el futuro (Libro II, Cap. 6). 

Por eso, a diferencia de los economistas clásicos del siglo XIX, Keynes pudo 
interiorizar al dinero dentro de la producción, es decir, convertir a los actos 
productivos, y también al tiempo de la producción y el intercambio, en expre¬ 
siones monetarias, el dinero es endógeno y, por tanto, y a diferencia de los eco¬ 
nomistas clásicos, deja de ser neutral. Keynes descorre el supuesto velo mone¬ 
tario y encuentra que todo acto productivo es una apuesta en el tiempo y es, 
justamente por eso, un acto monetario. La producción, para Keynes, era una 
decisión temporal y, por consiguiente, dependía de las disposiciones tomadas 
por la sociedad sobre el tiempo. La inversión, para Keynes, no tenía nada que 
ver con el ahorro, sino con el tiempo. De esta manera invierte la tradicional 
forma de concebir la economía y traslada las decisiones más importantes de la 
producción hacia el consumo, es decir, hacia la sociedad. Las políticas que se 
concentran en la liquidez monetaria, en el consumo y en la inversión, se con¬ 
sideran de origen keynesiano y fueron el soporte de aquello que en Europa se 
denomina los “treinta gloriosos”-en referencia a las tres décadas que van de 
la última posguerra a la crisis de Bretton Woods a inicios de los años setenta 
del siglo pasado-, pero también del Estado de Bienestar. En esa coyuntura, el 
cuestionamiento y la crítica radical a Keynes provino desde la contrarrevolu¬ 
ción teórica del neoliberalismo. Aparecen en esa crítica dos nombres que luego 




16 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


se harían célebres: Friedrich Hayek y Milton Friedman, los principales teóricos 
del neoliberalismo y el monetarismo, respectivamente. 

Y el neoliberalismo sí es culpable 

A partir de la crisis del sistema monetario de Bretton Woods en 1973, se abrió el 
espacio para la crítica al sistema teórico keynesiano y al Estado de Bienestar que 
se había implementado desde la última posguerra y bajo la inspiración de Ke5mes. 
La divisa central de la contrarrevolución neoliberal tiene más de metafísica que 
de ciencia: la creencia absoluta en la capacidad de los mercados de autorregularse 
por sí mismos (el rol providencial de la mano invisible como regulador social). 
La reflexión teórica sobre la compleja relación entre tiempo, valor, producción, 
riqueza, que habían emprendido Keynes y sus seguidores, desaparece con el neo- 
liberalismo. El debate se empobrece en términos epistemológicos. Se acusa al 
keynesianismo de fenómenos que nada tenían que ver con su propuesta teóri¬ 
ca y normativa como la recesión provocada por el incremento de los precios del 
petróleo en los años setenta del siglo pasado, y la consiguiente inflación. De un 
hecho geopolítico se extrajeron conclusiones de teoría económica con el objetivo 
expreso de denigrar la propuesta teórica del keynesianismo. Pero no se trataba 
en absoluto de una disputa teórica. Lo que realmente estaba en juego, como se 
comprendería luego, es el Estado de Bienestar y su capacidad regulatoria. 

La pretensión del neoliberalismo va más allá de la economía: la sociedad entera 
debe plegarse a las coordenadas del mercado, porque la autorregulación conduce 
a la asignación eficiente de recursos escasos. El neoliberalismo, además, se asume 
a sí mismo como una teoría de la libertad humana. El tránsito de la libertad de 
mercado (en donde operan las fuerzas de oferta y demanda sin restricciones de 
ningún tipo para alcanzar el equilibrio general de la economía), hacia la libertad 
humana, lo hace Hayek en un libelo al que lo titula El camino de la servidumbre 
{Hayek, F. Camino de servidumbre, Alianza Editorial, Madrid, 2006), y marca 
la transición del neoliberalismo de crítica económica a ideología política y fun¬ 
damento del orden. Cuestionar al neoliberalismo, por tanto, no es solamente 
discutir un conjunto de conceptos económicos, sino debatir los contenidos de la 
libertad humana. Por supuesto que nada tiene que ver la libertad humana con la 
libertad de mercado, pero el neoliberalismo cerró cualquier posibilidad de cues¬ 
tionar las fronteras entre estos ámbitos. Se trató de un procedimiento ideológico 
con un enorme poder de convencimiento. Se llegó a convencer a la sociedad que 
la libertad humana se expresaba en su capacidad de elegir en mercados compe¬ 
titivos aquello que mejor le satisfacía. Las décadas siguientes constatan la con¬ 
versión del neoliberalismo y el monetarismo en los discursos dominantes. Son 




17 


Pablo Dávalos 


tan hegemónicos que lograron desarticular la posibilidad de un pensamiento más 
complejo sobre la relación entre tiempo, valor, producción, dinero, libertad hu¬ 
mana, Estado y bienestar social. 

En tanto ideología dominante de la globalización, la reflexión alrededor del neo- 
liberalismo ha sido profusa, intensa, acalorada y también áspera. De hecho, no 
existe otro marco teórico para la globalización que no sea el neoliberalismo. Todo 
el discurso que se orienta a la liberalización de los mercados (mercados de mo¬ 
neda, mercados laborales, mercados de salud, mercados de energía, en fln), a la 
desregulación de esos mercados de tal manera que ellos puedan deflnir sus pro¬ 
pias prescripciones, tiene en el neoliberalismo el Corpus teórico que los legitima, 
los justiflcay los avala. Sus coordenadas teóricas apuntaban a subsumir el Estado 
a la lógica de los mercados, de ahí su divisa del Estado mínimo. 

El neoliberalismo pasó de convertirse en un discurso crítico al keynesianismo a ser 
la razón del mundo en la era de la globalización. Se extendió (casi como el coronavi- 
rus) a todos los rincones del planeta como la razón dominante. Colonizó la subjeti¬ 
vidad social e impidió a las sociedades que comprendan la realidad por fuera de sus 
prescripciones teóricas. Ignacio Ramonet lo denominará: “pensamiento único”\ 
Eue el discurso que sirvió de sustento para la creación de la Organización Mundial 
del Comercio (OMC). Es el discurso que sirve de soporte epistemológico para la 
generación de políticas públicas y económicas del EMI, de la Comisión Europea, 
de la Reserva Eederal Americana, del Banco Central Europeo, del Banco Mundial, 
de la Cooperación Internacional al Desarrollo, del Banco de Pagos Internacionales, 
del Eoro de Davos, de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico 
(OCDE), entre otros. Los criterios de convergencia de Maastricht, por ejemplo, y 
que son el soporte económico de la Unión Europea, fueron construidos desde la 
prescripción neoliberal. Eue el neoliberalismo el que definió las condiciones para 
las políticas de austeridad impuestas en todas partes del mundo, y que debilitaron, 
por ejemplo, los sistemas de salud pública en casi todos los países. Los programas 
de ajuste y de reforma estructural del EMI y del Banco Mundial se diseñaron desde 
el monetarismo y el neoliberalismo. En casi todas las facultades de economía lo 
único que se estudia, de hecho, es el neoliberalismo. 


1 En un editorial de Le Monde diplomatique de enero de 1995, su editor, Ignacio Ramonet es¬ 
cribía sobre la Pensée Unique (El Pensamiento Único), lo siguiente: “Qu’est-ce que la pensée 
unique ? Ea traduction en termes idéologiques á prétention universelle des intéréts d’un en¬ 
semble de torces économiques, celles, en particulier, du capital intemational”. (“¿Qué es el 
pensamiento único? Es la traducción en términos ideológicos de la pretensión universal de los 
intereses de un conjunto de fuerzas económicas, aquellas, en particular, del capital internacio¬ 
nal”, traducción propia). Ver también: Chomsky, Noam et Ramonet, Ignacio: Cómo nos venden 
la moto. Información, poder y medios de comunicación. Icaria, Barcelona, 2008. 




18 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


Pero es precisamente el neoliberalismo, como razón del mundo, la principal víc¬ 
tima de la peste del coronavirus. En todas las sociedades se mira a las políticas de 
austeridad fiscal, como responsables directos del debilitamiento de los sistemas 
de salud pública, e incluso posibilitaron que la pandemia cobre más víctimas. 
Los sistemas de salud colapsaron porque se habían definido desde un modelo 
mercantil que excluyó a propósito toda consideración de salud pública. De razón 
del mundo a responsable directo de la catástrofe sanitaria de los países, el neoli¬ 
beralismo, por vez primera desde su constitución como pensamiento único, acusa 
el fallo de la historia y, al parecer, no tiene sólidos argumentos para defenderse. 
Muchas de las víctimas de la peste fueron también víctimas del neoliberalismo. 
La peste logró lo que la academia crítica no pudo: poner en el banquillo de los 
acusados y sin posibilidad de remisión, al neoliberalismo. 

Como razón ontológica del ser en el mundo en la era de la globalización, el neoli¬ 
beralismo tiene que reinventarse para confrontar al juicio de la historia, pero no 
hay nada dentro de su estructura teórica que lo defienda de ese juicio. Las decenas 
de miles de víctimas de la peste también pueden facturarse a las prescripciones 
neoliberales. Esa constatación apela a una interrogante: ¿cómo fue posible que una 
determinación exógena tanto a la globalización cuanto a su discurso dominante, se 
constituyó en la posibilidad más importante para una crítica radical al neoliberalis¬ 
mo? Si no hubiese sucedido la peste ¿habría sido posible criticar al neoliberalismo 
y deconstruirlo socialmente con tanta fuerza y contundencia? 


Pero fue necesaria la peste para desenmascarar 

lo evidente 

¿Eficiencia? ¿Autorregulación? ¿Mano Invisible? ¿libertad de mercado y libertad 
humana? La crítica a estos conceptos centrales del neoliberalismo ha sido tenaz 
desde sus inicios. La virtud del neoliberalismo no ha sido tanto la fortaleza de su 
Corpus teórico cuanto su capacidad de hegemonía para invisibilizar y desaparecer 
a sus críticos. Como cuando la Iglesia Católica se convirtió en religión oficial, uti¬ 
lizó el poder del Estado imperial para someter a las otras religiones, perseguirlas 
y destruirlas, así el neoliberalismo utilizó al Estado como baza para consolidar 
sus posiciones teóricas y sus prescripciones normativas. Se convirtió, paradóji¬ 
camente, en razón de Estado. Siempre escurrió el bulto a los debates trascen¬ 
dentes. Siempre se caracterizó por su capacidad de manipulación y simulación. 
Sus marcos teóricos son tan endebles que no resisten crítica alguna y eso ha sido 
demostrado fehacientemente. Sus modelos matemáticos son tan ilusorios que no 
resisten contacto alguno con lo Real. 




19 


Pablo Dávalos 


Empero, con la fuerza del contagio, además del férreo control institucional del 
pensamiento, se expandieron por el mundo y colonizaron la subjetividad; como 
decia Hayek, habia que adscribir a aquellos que piensan y plegarlos a su doxa, 
porque las masas siguen a los que piensan (Hayek dixit)^. Lideres de opinión, pe¬ 
riodistas, investigadores, economistas, cedieron y claudicaron a esta nueva razón 
del mundo, porque se imponía y extendía desde la fuerza del capital, y no se trata 
de metáfora alguna sino de la constatación que detrás de todos los think tanks 
que pregonaban la buena nueva de los mercados que se autorregulan, estaban las 
gruesas chequeras de las corporaciones y los bancos. 

Es difícil dar batalla teórica cuando las coordenadas que definen sus resultados 
no tienen nada que ver con la teoría y la ciencia. En la Edad Media la iglesia cató¬ 
lica defendía la integridad del dogma con la fuerza del control panóptico (poder 
pastoral lo denominaba Eoucault) y la eficacia de la Inquisición. Mutatis mu- 
tandis, el neoliberalismo también creó sus propias liturgias, su canon, su índex 
prohibitorum, sus herejes, y sus hogueras. En la globalización no había posibi¬ 
lidad alguna de dar batalla al dogma neoliberal de los mercados eficientes desde 
la ciencia, la inteligencia y la racionalidad. Las corporaciones y bancos estaban 
dispuestos a financiar a cualquier think tank neoliberal menos, por supuesto, a 
aquellos que intenten criticarlos y deconstruirlos. Un ambiente pesado, denso, 
como si fuese un laberinto tenuemente iluminado, monótono, exasperante e infi¬ 
nito, que provocaba desazón y desesperación, así de asfixiante fue la construcción 
hegemónica del neoliberalismo como pensamiento único. 

Hasta que apareció la peste. Como determinación externa a la globalización, a 
la hegemonía de sus discursos, y como apelación a los absolutos (vida y muerte, 
eros y tánatos), la ideología dominante empezó a resquebrajarse porque no atina¬ 
ba respuesta alguna ante la peste. Un virus provocó una fractura ideológica pocas 
veces vista. Empero, ¿qué pensar de una construcción teórica que necesita de 
una determinación externa a ella, y a todo conocimiento, para acotar sus posibi¬ 
lidades epistemológicas? ¿Por qué tuvimos que necesitar la heurística de la peste 
para admitir y finalmente reconocer que el neoliberalismo era pura ideología y 
nada más? Si la ciencia obtiene de sí misma los contenidos que la fundamentan 


2 Para una historia de cómo se constituyó el neoliberalismo en razón dominante del mundo, des¬ 
de su encuentro en abril de 1947 en la comunidad de Mont-Pélérin en Ginebra, hasta devenir el 
eje de las transformaciones mundiales, y el rol clave de Hayek, buen lector de Lenin, además, 
se puede ver: Cockett, Richard, Thinking the Unthinkable. Think-Tanks and the Economic 
Counter Revolution 1931-1983, Londres, Harper-Collins, 1995. También puede revisarse, para 
una arqueologia del concepto de neoliberalismo: Audier, Serge, Néolibéralisme(s) Une ar- 
chéologie intellectuelle. París, Grasset, 2012. 




20 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


como conocimiento del mundo, ¿por qué la pandemia tuvo más efecto critico que 
todas las teorías y todos los cuestionamientos al neoliberalismo? 

Y la respuesta está en la demostración ideológica de un discurso que se había 
mimetizado tanto con su propia realidad, a la cual él mismo había conformado, 
que cuando cambió la realidad no tuvo posibilidades de confrontar ese cambio. 
La peste transformó la estructura del mundo, porque puso a la sociedad ante di¬ 
lemas, literalmente, de vida o muerte. Para asegurar la sobrevivencia había que 
parar la maquinaria del capital. En esas circunstancias absolutas, las sociedades, 
para poder sobrevivir, tenían que superar sus propias determinaciones ideológi¬ 
cas. Fue esa necesidad vital la que puso fuera de contexto la doctrina neoliberal de 
los mercados eficientes. En un contexto en el cual el mercado mundial tiene que 
suspenderse para, de esta manera proteger la vida, los mercados pueden ser todo 
lo eficientes que quieran, pero la humanidad, en esos contextos, no los requiere. 
Su puesta entre paréntesis es única y revela que el equilibrio general era una en- 
telequia, pura ficción ideológica de un discurso con pretensiones hegemónicas y 
universalistas. 

El mercado de la salud, creado bajo las disposiciones de la doxa neoliberal, de¬ 
mostró, en esta oportunidad, convertirse en una verdadera amenaza para la vida. 
La construcción de ese mercado, ahora al desnudo, desmanteló las posibilidades 
de las sociedades de defenderse de peligros como el de la peste. Para proteger 
la salud pública, no había otra línea de defensa que el Estado y el fortalecimien¬ 
to de lo público, justamente las víctimas propiciatorias y la bisagra ideológica 
fundamental del neoliberalismo. En esas dramáticas condiciones, la apelación al 
Estado estaba fuera de toda duda. Era imposible pensar en términos de eficacia 
mercantil y autorregulación de mercados, cuando la peste avanzaba a una velo¬ 
cidad impresionante y más víctimas sucumbían a ella; es así como la humanidad 
comprendió que, en esos momentos, no había espacio posible para la doctrina 
neoliberal. 


La politización del tiempo en la modernidad 

y el capitalismo 

Pero el tiempo también se politizó en el capitalismo. Las descripciones de la vida 
fabril a inicios del capitalismo dan razón a Karl Polanyi cuando lo denomina el 
“molino satánico” en su texto La Gran Transformación (op. cit.): jornadas labo¬ 
rales extenuantes incluso de más de i6 horas, y sin descanso de fin de sema¬ 
na. Salarios de hambre y que provocaron efectivamente hambrunas durante la 




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Pablo Dávalos 


revolución industrial (y también posteriormente, fuerza es decirlo). Por eso los 
obreros lucharon por recuperar su tiempo al tiempo del capital. Una de las más 
importantes fue la lucha por las ocho horas diarias de trabajo y descanso de fin de 
semana. Una lucha, como consta en el registro de la historia, tenaz, dura, fuerte, 
implacable, heroica. Pero al fin los obreros consiguieron disputar el tiempo al 
capital y recuperarlo para ellos. Mas, el tiempo que ganaron los obreros, paradó¬ 
jicamente, no fue para ellos. Los obreros, una vez reducida la jornada laboral, y 
con un salario mínimo y de alguna manera correspondiente a los bienes salarios, 
no supieron nunca qué hacer exactamente con ese tiempo ganado al capital. 

De alguna manera, el tiempo que los obreros recuperaron para sí mismos, se con¬ 
virtió en una especie de tiempo muerto, de tiempo suspendido en la estructura del 
capital y la producción. Todo ese tiempo que lograron recuperarlo gracias a luchas 
tenaces, finalmente lo entregaron a una nueva forma de mercancía y que la pers¬ 
picacia de Guy Debord lo identificó como la “sociedad del espectáculo”. Se cum¬ 
plía, de esta manera, el análisis de la alienación que el joven Marx había detectado 
cuando apenas cumplía treinta años. No se trataba solamente de reducir la jornada 
de trabajo, se trataba de cambiar la estructura de lo real, se trataba de cambiar al 
mundo. Los trabajadores, sin embargo, se detuvieron a la mitad del camino. 


El tiempo como ethos del capital 

¿Por qué los trabajadores se detuvieron a mitad de camino en su emancipación del 
tiempo?, quizá porque existe otra dimensión del tiempo en el capitalismo y es aque¬ 
lla que tiene relación con la ética y que impide pensar en un mundo más allá del 
capital. El capitalismo, en efecto, creó una ética y una moral del tiempo, cuyos refe¬ 
rentes se establecen con la producción, la circulación y el tiempo del capital como 
axiología. El tiempo del capital se convirtió, efectivamente, en una axiología para el 
sistema: se convertía en algo tan “valioso”, que no había cómo desperdiciarlo. De 
esta forma, se cerraba el tiempo a toda consideración social y ética por fuera de la 
lógica del capital. Así, el tiempo dejó de pertenecer a las personas y se convirtió en 
un derecho de uso exclusivo del capital. De hecho, un tiempo por fuera de aquel del 
capital se hizo impensable, inconcebible, inaudito. El tiempo era demasiado valioso 
como para desperdiciarlo por fuera de la producción y el intercambio. De alguna 
manera, esto era la expresión simbólica, ideológica y fetichizada de lo descubierto 
por Keynes con su noción de dinero como eslabón entre el presente y el futuro. 

El ethos del tiempo del capitalismo, plegaba a los seres humanos al tiempo de la 
producción y circulación de mercancías e impedía toda consideración por fue- 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


ra de ese límites axiológicos, epistémicos y ontológicos. Desperdiciar al tiempo, 
según el ethos del capital, significaba alterar al tiempo de la mercancía, en defi¬ 
nitiva, el tiempo del capital. El tiempo ya no pertenecía ni a las personas ni a las 
sociedades. Paul Lafargue, que alguna vez escribió sobre el derecho a la pereza, y 
F. Schiller quien alguna vez propuso una ética basada en el juego, fueron invisi- 
bilizados de la reflexión teórica en nombre del ethos del tiempo del capitalismo. 
La ética del trabajo correspondía al tiempo valioso que no podía bajo ningún con¬ 
cepto desperdiciarse. Por eso la reticencia social a la disminución de la jornada 
de trabajo y la forma por la cual la sociedad asigna valores morales a la pereza 
y al juego como antitéticos a la producción, al valor, y a la riqueza. La ética del 
trabajo excluye de su campo de posibilidades otro tiempo que no sea el tiempo 
productivo, el tiempo del capital, vale decir, la alienación. Ante la crisis del ca¬ 
pital, provocada por la sobreacumulación, curiosamente, no se propone menos 
trabajo sino más trabajo. 


Trabajar, trabajar y seguir trabajando 

El ethos del trabajo en el capitalismo es potente. Es difícil luchar contra él. Las 
personas lo han interiorizado de tal manera que cuando sienten, por cualquier 
circunstancia, que sus vidas no son productivas, o que no otorgan un uso produc¬ 
tivo a su tiempo personal, productivo desde la perspectiva del capital por supues¬ 
to, se sienten culpables. Hay algo en su conciencia que les dice que desperdician 
algo que no les pertenece. Han identificado tanto su propio tiempo personal con 
aquel del capital que cuando están fuera de los circuitos del capital se sienten 
perdidos en el mundo. Una sensación de culpa que recuerda a la culpa religiosa 
(recordemos que en la religión católica, la culpa es ontológica), y ante la cual es 
difícil oponer racionalidad alguna. Cuando las personas tienen tiempo, general¬ 
mente, no saben qué hacer con él. Ese tiempo no sirve para que puedan descu¬ 
brirse como seres humanos por fuera de la alienación. Porque el tiempo que ellos 
ganan al capital, solamente puede ser tiempo para ellos en función de lo que ellos 
hagan para los demás y se comprendan a sí mismos como seres históricos. 

Pero el capitalismo se ha encargado de destruir toda solidaridad. La divisa es 
trabajar, y seguir siempre trabajando. Es una ironía y una paradoja de la historia 
pero a la entrada del campo de exterminio de Auschwitz los nazis colocaron la 
divisa: Arheit Macht Freí (el trabajo libera). Pudimos superar Auschwitz y ho¬ 
rrorizarnos con su crueldad y maldad pero nunca del ethos del trabajo que lo 
atravesaba y constituía. Aún, y a pesar de Auschwitz, seguimos pensando que “el 
trabajo libera”. Quizá por eso uno de los desafíos a futuro sea superar la ética del 




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Pablo Dávalos 


tiempo del capital y del trabajo productivo y devolvérselo a las personas por fuera 
de la reificación mercantil. 

Uno de los debates más importantes de la sociedad de la post-escasez, en efecto, 
debe ser la reducción de la jornada de trabajo, con la misma o superior remunera¬ 
ción, pero la ideología del capitalismo que se sostiene en el ethos del trabajo para 
evitar la reducción de la jornada laboral: el trabajo libera, etc., hacen aún difícil 
situar esa posibilidad de recuperar el tiempo social y humano. Sin embargo, la 
peste nos permitió vislumbrar de otra manera ese ethos del tiempo del capital. 
Quizá fue posible, en momentos de peste, cuarentena y aislamiento, comprender 
que en realidad el tiempo siempre fue nuestro. Por vez primera, ahora, frente a 
nosotros, se tuvo tiempo y, paradójicamente, nunca supimos qué hacer con él. 


Tiempo, desarrollo, crecimiento económico 

En el siglo XX la teoría económica transformó ese ethos del trabajo en analítica de 
la riqueza y en imperativo de la producción. Ese imperativo cobra fuerza luego de 
la Segunda Guerra Mundial gracias a los discursos del desarrollo y el crecimiento 
económico. En ambos conceptos, subyace esa visión del tiempo lineal de la produc¬ 
ción y siempre en función de la alienación de la mercancía. Las exigencias de la pro¬ 
ducción presionaron a la ciencia y la tecnología para que se pongan en función del 
capital. El imperativo era reducir el tiempo de producción a nombre de la produc¬ 
tividad y llevarlo a cero, por ello las demandas de incrementar la competitividad a 
cualquier coste se convirtieron en prioridades que nunca se discutían, eran ya parte 
de la axiología del capital. La idea es hacer cada vez más y mejores mercancías, al 
menor tiempo posible. Pero, también incluir en esas mercancías un tiempo deter¬ 
minado de duración, de ahí la obsolescencia programada. El capitalismo empezó a 
abarrotarse de mercancías de todo tipo que tenían una duración determinada. Las 
corporaciones transnacionales empezaron a reemplazar líneas enteras de produc¬ 
ción por robots. Los robots, a su vez, dieron paso a los algoritmos de la inteligencia 
artificial. La incesante producción apelaba a la expansión de los mercados. Pero los 
mercados estaban definidos y acotados por barreras nacionales adscritas a criterios 
de soberanía política de los Estados. 

La producción mercantil, de la misma manera que la investigación científica y 
la investigación para el desarrollo y la tecnología, por otra parte, convergían ha¬ 
cia las corporaciones transnacionales quienes manejaron al mundo a su anto¬ 
jo. Gracias al neoliberalismo, estas corporaciones impusieron su condición de 
trans-nacionalidad a los propios Estados Nación. Por vez primera, las corpora- 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


dones adquirían un estatuto de soberanía política que podía disputar al Estado 
los contenidos de la política mundial. Había nacido la globalización en su forma¬ 
to geopolítico. 

Mas ¿qué representa la globalización cuando está de por medio la defensa de 
la vida? ¿qué significado tiene el imperativo de la productividad en la situación 
límite, como aquella de la pandemia? La peste del coronavirus puso a toda esta 
dinámica en otra perspectiva. Es como si la peste nos hubiese dado la posibilidad 
de realizar una mirada de paralaje, desde otro ángulo, a todo aquello que consi¬ 
deramos tan natural y tan de por sí, que vislumbrarlo ahora de otra manera nos 
parece extraño, demasiado extraño. ¿Un mundo sin competitividad es posible? 
¿Un mundo por fuera de las coordenadas corporativas es factible? Vemos ahora 
de otra manera a Serge Latouche, y su propuesta de decrecimiento, y empezamos 
a pensar que quizá siempre tuvo razón. 


Globalización, instantaneidad, redes sociales 

Los actores fundamentales de la globalización son las corporaciones transnacio¬ 
nales y los mercados financieros internacionales. Todos ellos diseñan estrategias 
que tienen como objetivo maximizar su rentabilidad en un contexto de integra¬ 
ción de decisiones claves en inversión, flujos de capital, empleo, ingresos, tec¬ 
nología, innovación. Las corporaciones transnacionales, en la globalización, han 
logrado realizar algo incomprensible apenas años antes: externalizar todos sus 
procesos productivos y dedicarse a la gestión de sus marcas. Muchas de ellas han 
dejado atrás las preocupaciones de la producción. Han reemplazado, de hecho, 
las líneas de producción, ensamblaje, montaje y distribución por el outsourcing. 
Strictu sensu, muchas de las corporaciones más grandes del mundo no producen 
otra cosa que no sean sus marcas. Apple, por ejemplo, la empresa más importante 
del mundo por capitalización bursátil, ha externalizado todas sus líneas de pro¬ 
ducción a Eoxconn, entre otras empresas. 

Si la marca es el activo más importante, entonces las corporaciones transna¬ 
cionales necesitan más de abogados que de obreros. El costo de producción se 
transforma en costos de transacción. La corporación global ha logrado la utopía 
de delocalizar el tiempo de producción. Su preocupación fundamental ahora es 
someter a los consumidores dentro del universo disciplinario de sus marcas. Para 
lo cual necesitan conocer a profundidad a sus consumidores. Afortunadamente 
para las corporaciones, los consumidores colocan toda su información, hasta la 
más íntima, en las redes sociales. Las dos empresas más grandes del mundo que 




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Pablo Dávalos 


se dedican a extraer información a un costo marginal nulo y venderlo a un costo 
marginal superior a cero son: Alphabet (Google) y Facebook. 

En apenas una década el capitalismo de producción giró hacia aquel de la infor¬ 
mación. En la era de la información, todo es instantáneo. Todo es efímero. La ob¬ 
solescencia programada se filtra también a las relaciones humanas y las inscribe 
dentro de su lógica. La globalización implicó el fin de toda exterioridad al capita¬ 
lismo. Es justo ahí, cuando el capitalismo ha perdido toda exterioridad, cuando 
ha provocado incluso la obsolescencia de lo social, cuando se infiltra el virus de la 
pandemia y sorprende a la globalización en su núcleo más interno y lo paraliza: el 
consumidor global debe replegarse y confinarse. Su apelación a lo social se con¬ 
densa en las redes. Internet se convierte en un elemento estratégico que permite 
mantener vivo el vínculo social. Se comprende que la información que circula en 
las redes le pertenece a la sociedad que las genera, no a las corporaciones que la 
trafican, y surge la pregunta hasta antes de la peste impensable: ¿Y si convertimos 
a Google en un bien público global? 

En consecuencia, las intuiciones teóricas de la economía política clásica se revela¬ 
ron correctas y pertinentes en lo fundamental. El tiempo, para el capitalismo, es su 
propia condición de existencia. Los mercados capitalistas no conocen la suspensión 
del tiempo. Las finanzas internacionales se mueven en “tiempo real”. Las bolsas de 
valores de todo el mundo están interconectadas y en relación permanente. Lo que 
sucede en cualquiera de ellas repercute instantáneamente en todas. Los mercados 
financieros han logrado incluso convertir al tiempo en una mercancía más a tra¬ 
vés de los instrumentos denominados derivados financieros. Desde su nacimiento 
como sistema, el capitalismo no conoce lo que significa que el tiempo se detenga. 
No está preparado para ello. Ni siquiera consta en su horizonte de posibilidades. 
Puede detenerse todo, menos el movimiento perpetuo, incesante, trepidante del 
capital. Como un corazón que bombea a cada instante y mantiene vivo a un siste¬ 
ma, el capitalismo necesita del tiempo para su propia existencia. Detener el tiempo 
es detener el capitalismo, y eso implica, según su lógica por supuesto, detener al 
mundo, detener la historia, a menos que suceda lo imposible. 


Y el tiempo se detuvo 

Y lo imposible sucedió. De pronto, la enorme maquinaria del capitalismo empe¬ 
zó a detenerse. Los consumidores globales fueron obligados a quedarse en casa 
y no salir a las calles para proteger su salud y su vida. Los mercados mundiales 
colapsaron. Las bolsas empezaron a comprender que algo grave estaba pasando 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


y por fuera de sus previsiones. Los mercados de futuros se quedaron sin futuro, 
literalmente, y para salir del aprieto crearon un precedente en y para el sistema: 
los precios negativos. El acontecimiento que nunca constaba en ese horizonte de 
posibilidades, finalmente se produjo. Por vez primera desde su nacimiento como 
sistema histórico, el capitalismo se habia detenido globalmente. Se trataba de 
una interrupción jamás prevista en toda su historia. 

Aquello que lo detuvo fue algo que siempre habia constado como temor, como 
un miedo numinoso, soterrado y que tenia que ver con la forma por la cual el 
capitalismo trataba a la naturaleza y a la sociedad. Un virus, un germen, algo tan 
microscópico, tan minúsculo que pueda atravesar las barreras de lo predecible, 
de lo controlable y que pueda entrar al corazón mismo de la maquinaria capi¬ 
talista y detenerla, se había revelado y confirmado como su principal amenaza. 
Había, por tanto, que exorcizar a ese fantasma, había que confiar en las posibi¬ 
lidades prometeicas de la ciencia moderna, para impedir que esa incertidumbre 
que lo imposible pueda suceder, suceda. Pero sucedió. Un virus paró, de pronto, 
toda la maquinaria del capital y la puso en stand by. En sí mismo, se convierte en 
un acontecimiento. Evidentemente se trataba de una determinación exógena a la 
globalización y al capital, pero solo hasta cierto punto. 

El capitalismo, y la modernidad, tenían una particular forma de asumir la natura¬ 
leza: la habían convertido en objeto separado ontológicamente del sujeto. La pan¬ 
demia fue la revancha del objeto a la ontología del sujeto, la constatación que no 
existe naturaleza sin sociedad y sociedad sin naturaleza. Su arbitraria separación 
solamente era una ficción de la modernidad. Ante la pandemia, la arrogancia del 
sujeto trascendental de la modernidad cede sus prerrogativas a la humildad del 
ser humano que busca ayuda y apela, en esas circunstancias, incluso a la irracio¬ 
nalidad del mundo. Recordamos a Unamuno, cuando escribía en Del sentimiento 
trágico de la vida: “No basta curar la peste, hay que saber llorarla. ¡Si, hay 
que saber llorar! Y acaso esta es la sabiduría suprema”, quizá porque Unamuno 
comprendió que “somos muchos los que, no convencidos por Hegel, seguimos 
creyendo que lo real, lo realmente real, es irracional; que la razón construye 
sobre las irracionalidades”,(Unamuno, M., Del sentimiento trágico de la vida, 
textos.info. Biblioteca digital abierta, 2019) que pudimos humanizarnos con la 
peste; aquello que emerge con la pandemia, en la constatación de lo demasiado 
humano, es que el dolor, la angustia y la certeza de la muerte, no apelan a la ra¬ 
zón, sino al sentimiento de lo efímero de la existencia, a ese sentimiento trágico 
al que clamaba Unamuno, y que esas coordenadas están lejos, muy lejos, de la 
arrogancia del sujeto trascendental moderno y su supuesta racionalidad de lo 
real. La peste nos obligó a ser más humildes. 




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Pablo Dávalos 


Y fue un virus quien puso en pausa 
al calentamiento global 

El capitalismo, y el sujeto trascendental de la modernidad, de hecho, nunca han 
tenido ningún tipo de escrúpulo con respecto a la naturaleza, y tampoco con su 
propia sociedad. Los daños a la naturaleza fueron postergados, silenciados, obsta¬ 
dos e invisibilizados, detrás del discurso del desarrollo económico. El crecimiento 
económico, se dijo, lo resolvería todo. Se crearon gráficos que “demostraban” que 
mientras más crecimiento económico existía más posibilidades había de detener 
los daños a la naturaleza (la U invertida de S. Kuznets es un ejemplo de ello). No 
obstante, la idea del crecimiento económico en sí misma era un oxímoron, es 
decir, la coexistencia de dos significantes contradictorios dentro de un mismo sig¬ 
nificado. El crecimiento, por definición no tiene límites, mientras que el concepto 
canónico de la economía establece que es la ciencia que estudia la asignación de 
recursos escasos para fines alternativos. Strictu sensu, crecimiento económico 
es una contradicción en los términos. A pesar de sus contradicciones internas, 
su capacidad taumatúrgica rebasaba sus posibilidades reales, pero igual se hacía 
caso omiso de esas contradicciones y se apostaba al crecimiento económico con 
la fuerza del fetiche, del dogma, del símbolo. 

Por ejemplo, a pesar de los datos con respecto a las consecuencias del calenta¬ 
miento global, todas las resoluciones adoptadas para mitigar los efectos del ca¬ 
lentamiento global generaban, en el mejor de los casos, compromisos que tenían 
poca capacidad de incidencia y no pasaban de ser simulacros. La maquinaria no 
se detenía nunca. El mundo, de acuerdo con esa deriva, iba directamente hacia 
una catástrofe ecológica inminente. Pero eso no ameritaba suspender la globali- 
zación, los mercados, el tiempo del capital. 

El crecimiento económico no conocía límites ni espaciales ni temporales. Se había 
desalojado del horizonte de posibilidades cualquier eventualidad de acotarlo. De 
forma abusiva se había generado una axiología sobre el crecimiento económico 
como discurso que lo encubría y lo justificaba todo. Los países rivalizaban entre 
ellos por demostrar cuál era aquel que más crecimiento económico podía exhibir. 
Hasta que llegó el coronavirus. La peste pudo más que la heurística intimidatoria 
del discurso del calentamiento global. Obligó al confinamiento y a parar la ma¬ 
quinaria del capital a una escala sin precedentes en la historia humana. 

Ante la peste, el discurso del crecimiento económico se reveló como lo que siem¬ 
pre fue: un simulacro. Los países más ricos, aquellos con los indicadores de cre¬ 
cimiento económico más elevado, fueron quienes más fácilmente sucumbieron 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


a la peste. Y se produjo una contradicción y una paradoja: la mitigación del ca¬ 
lentamiento global la produjo un virus. El miedo al contagio fue más potente que 
todas las resoluciones y todos los acuerdos adoptados sobre el cambio climático. 
La pandemia, al parar la máquina del capital, permitió un breve alivio a la natu¬ 
raleza. En ese cambio de perspectiva que produjo el covid-19 ¿y si el verdadero 
virus somos nosotros? 


De la dominación por el miedo, 
a la administración del hambre 

Si el crecimiento económico es un oximoron y un simulacro, ¿cómo se mantiene? 
¿de dónde obtiene la fuerza de sus imposiciones? ¿qué obliga a que millones de 
seres humanos entren diariamente en sus engranajes y sacrifiquen todo su tiem¬ 
po en este “molino satánico”? Y la respuesta subyace en los orígenes mismos del 
capitalismo, de una parte la disciplina y el sometimiento por la vía del hambre; 
y, de otra, la rienda suelta a la codicia. Escasez y ambición eran las coordena¬ 
das disciplinarias del sistema. En efecto, la escasez tenía un poder heurístico que 
obligaba de forma silenciosa a millones de personas a aceptar las prescripciones 
del capitalismo. Entre el hambre y la ambición, el capitalismo había creado las 
coordenadas de la sujeción de lo humano a la cosificación de la mercancía. 

Los seres humanos, inscritos en la maquinaria del capital, vivimos, en efecto, en 
tensión permanente. No tenemos certezas absolutamente de nada. Todo es pro¬ 
visorio porque el mundo que el capitalismo genera ha fracturado de forma radical 
cualquier vinculación ontológica con nuestro propio presente. Sin embargo, para 
que esa inquietud fundamental se consolide, se interiorice, forme parte de la es¬ 
tructura de nuestro ser en el mundo, la maquinaria del capital creó un escenario 
de crisis permanente, de angustia perpetua, de inseguridad fundamental. Nada 
era para siempre. Nada era sólido ni previsible. La crisis, la desconfianza con el 
mundo se convertía en condición de posibilidad de lo existente y fragiliza a todos 
y cada uno de nosotros de manera esencial, profunda, radical. Cualquier certeza, 
el sistema la desbarataría tarde o temprano. Cualquier convicción se evanescía. 
La crisis, la incertidumbre son permanentes. Para evitarlas, se proponía un chan¬ 
taje, y había que aceptarlo para sobrevivir. La crisis se convertía en heurística del 
miedo. 

Sabemos desde Maquiavelo que la mejor forma de manejar el poder en una socie¬ 
dad moderna es desde el miedo. La economía le creaba ese sustrato de miedo tan 
importante para sostener la maquinaria del capital, de tal manera que adscribía- 




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Pablo Dávalos 


mos, sin rechistar, sus disposiciones. K. Polanyi, cita a Townsend: “El hambre do¬ 
mará a los animales más feroces, les enseñará decencia y civilidad, obediencia y 
sujeción, al más perverso. En general, es sólo el hambre lo que puede aguijonear¬ 
los y moverlos (a los pobres) a trabajar...” (Polanyi, K. La gran transformación, 
México, ECE, 2006, p. 167). El capitalismo aprendió a administrar el hambre y, 
en ese sentido, la crisis económica era la mejor heurística para la administración 
de la escasez y la disciplina social. 

La orilla opuesta era la ambición. Para ello, propuso al egoísmo humano como 
fuente de contractualidad. Es célebre, en ese sentido, la reflexión de Adam Smith: 
no le debemos a la preocupación del panadero, el carnicero o el vinatero, el tener 
pan, carne o vino en nuestra mesa, sino que apelamos a sus propios intereses. En 
la medida que las personas satisfacen sus intereses egoístas son movidos por una 
“mano invisible” a promover el interés general. El capitalismo se sostiene sobre el 
egoísmo. Mientras más egoísta sea una persona, mejor para el sistema. Los vicios 
privados generan virtudes públicas, reflexionaba el médico B. Mandeville, en el si¬ 
glo XVII. El egoísmo es la consideración que antepone el yo al nosotros. El egoís¬ 
mo, además, se adscribió a la idea de la libertad individual, pero de una manera 
estratégica, es decir, construyó el yo a partir de su desarticulación del nosotros. 

Ahí también la peste puso puntos suspensivos. No hay un ego ante la peste. No 
hay límites egotistas para un fenómeno global. Para enfrentar la peste, la única 
forma posible es desde el nosotros. La pandemia nos obligó a asumir el noso¬ 
tros como condición de posibilidad para nuestra propia sobrevivencia. No hay 
un “yo” fuera del nosotros. El yo, sin el nosotros, es pura construcción del poder 
de una sociedad arrogante. Es una estrategia de dominación. Es mucho más fácil 
someter o disciplinar a un yo, que a un nosotros. Ahí también la peste nos abrió 
un resquicio desde el cual mirar de otra manera nuestra realidad. Tuvimos, por 
desesperación, que aferramos al nosotros. 


Nunca hubo escasez 

¿Podía suspenderse la ambición? ¿Podía ponerse entre paréntesis el expediente 
de la escasez? Si esos eran los motores ocultos del molino satánico ¿era posible 
interrumpirlos? La ambición constaba en el pliegue más íntimo de la humana 
condición, mientras que la administración de la escasez partía del recurso históri¬ 
co de la conformación misma del capitalismo y sus resortes políticos. Así, siempre 
se les había negado a los trabajadores cualquier forma de redistribución de la 
riqueza, justamente por la taumaturgia del discurso de la escasez. Se impedía la 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


creación de impuestos a la riqueza desde el dogma de la austeridad. Los trabaja¬ 
dores tenian que creer en la escasez y el sistema tenia que crearla, administrarla, 
imponerla. Se convertía en artículo de fe. 

Uno de los economistas del siglo XIX y absolutamente fundamental para el cor- 
pus teórico de la economía moderna, León Walras, decía con respecto a la escasez 
que “la escasez y la abundancia no se oponen una a otra: por más abundante que 
sea una cosa ella es escasa en economía política desde el momento en el cual es 
útil y limitada en cantidad” (Walras, CEuvres économiques completes VIII. París: 
Économica, p. 46). La escasez, entonces, no tenía nada que ver con la disponibi¬ 
lidad de las cosas sino con su administración. La escasez es una realidad política, 
no una constatación de lo evidente en el mundo real. Fuera de esa realidad po¬ 
lítica la escasez, en tanto relación social, no existe (por supuesto que existe en 
cuanto dotación de un recurso determinado, pero eso es otra historia). 

Esa sinuosidad teórica permitió soslayar el discurso de la redistribución bajo la 
cobertura de la escasez. No se podía acceder a las demandas de los trabajadores 
por mejorar sus ingresos y redistribuir la riqueza porque siempre había escasez de 
recursos. No solo ello, las políticas de austeridad del neoliberalismo sancionaban 
esa escasez y la convertían en condición sine qua non de la política económica. De 
la misma manera que el tiempo del capital se interiorizó en la subjetividad de las 
personas de forma tal que ellas nunca sabían qué hacer exactamente con su tiempo 
libre, asimismo, se interiorizó la escasez como un sino ineludible de la realidad. 
La escasez no podía discutirse, cuestionarse, negarse. Era un datum, un factum. 
Expresaba la positividad de la estructura misma del capitalismo y de la realidad. 

Pero la pandemia puso las cosas en su sitio. Las sociedades se asustaron por la 
virulencia y agresividad del coronavirus. Cuando sus sistemas de salud se revela¬ 
ron insuficientes para controlar la pandemia y sus víctimas, las sociedades com¬ 
prendieron de primera mano lo que significaba la austeridad y su administración. 
Ahí entendieron que sus prioridades se habían alterado y habían tomado como 
normal un mundo anormal. Hasta hace algunas semanas antes de la peste, se 
festejaban en los medios de comunicación y en la industria del espectáculo las 
millonarias transferencias de jugadores de fútbol y otros deportes, semanas des¬ 
pués se constataba que el sistema de salud público carecía incluso de lo básico. 

Antes de la peste se asumían como un sino de los hados las prescripciones de la 
austeridad fiscal y se sancionaba cualquier iniciativa de utilizar la política mone¬ 
taria para resolverla, pero nadie se hacía problema porque un popular equipo de 
fútbol tenga más presupuesto que un hospital público. Desperdicio, por un lado. 




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Pablo Dávalos 


dogma por el otro. Esa realidad servía de heurística para contrastar la esquizo¬ 
frenia de la escasez. ¿Pueden haber recursos escasos en una sociedad que destina 
enormes capitales para el espectáculo mientras vulnera sus propias condiciones 
de sobrevivencia? ¿Si siempre hubo posibilidad de utilizar la política monetaria 
para solucionar la escasez, porqué no se procedió así? ¿Por qué fue preferible 
utilizar esa capacidad que tiene la administración de la moneda para proteger los 
intereses de los especuladores y no aquellos de la sociedad? ¿No subyace en esa 
circunstancia un rasgo esquizoide de esa misma realidad? 


Y nunca lo vimos venir por eso no supimos 
cómo reaccionar 

La heurística del hambre le había enseñado al capitalismo a manejar las crisis en 
beneficio propio. Ante una crisis, independientemente de su magnitud, el capi¬ 
talismo podía regenerarse y salir más fortalecido. Ante la peste, no obstante, el 
capitalismo no supo cómo reaccionar. Estaba ante sus ojos una crisis de verdad, 
no un simulacro de ella. Una crisis que escapaba a todos sus escenarios, previ¬ 
siones, cálculos. Una crisis que era irreductible a cualquier heurística que no sea 
aquella de la vida. El capitalismo podía controlar lo controlable. Podía aparecer 
como un sistema con capacidades milagrosas siempre y cuando todo haya sido 
previamente calculado. 

Como los superhéroes de la industria del comic que solamente pueden desplegar 
sus poderes dentro del libreto establecido, pero fuera del cual son más vulnerables 
que nosotros mismos, así la peste sorprendió al capitalismo. Lo dejó sin libreto. Se 
alejó de sus previsiones. La peste escapaba a todo pronóstico, a toda creencia. Tan 
es así, que el país que más sufrió sus consecuencias fue el país con el mayor desa¬ 
rrollo capitalista: EEUU. Su enorme capacidad de previsión, predicción y control 
fueron rebasados por la peste. Sus agencias de espionaje se disputaban entre ellas 
no solo los miles de millones de dólares que permitían su funcionamiento, sino 
también su capacidad tecnológica de control, anticipación, y previsión. Su capaci¬ 
dad panóptica de control a todos y cada uno de los seres humanos del planeta fue 
ya denunciada, entre otros, por Edward Snowden. Su capacidad de vigilancia de las 
sociedades rebasaba lo imaginable. Pero nunca vieron llegar la peste a pesar de las 
advertencias que les habían hecho. Nunca pudieron articular un escenario plausi¬ 
ble de las consecuencias que acarrearía su presencia en el mundo. 

A diferencia de China y otros países, en especial asiáticos, que pudieron contener 
la peste, los números de contagiados en EEUU se convirtieron en millones y sus 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


víctimas en decenas de miles. ¿Cómo un país que había vendido al mundo una 
idea de supremacía total no pudo prever la peste? ¿Por qué desdeñó todas las 
advertencias? ¿Por qué no pudo responder cuando las respuestas estaban ahí a la 
vista? ¿Qué tipo de sociedad construyó, que incluso pudo calcular y especular con 
el costo beneficio de las víctimas y los muertos en medio de la pandemia? ¿Qué 
tipo de fragilidad esencial desnudó este virus? 

La peste cambió la geopolítica del mundo. No podía reclamar el estatuto de po¬ 
tencia hegemónica un país que ni siquiera pudo cuidar la salud pública de su po¬ 
blación. No podía convertirse en referente de nada un sistema económico que en 
pocas semanas fue devorado por la peste, cuando supuestamente tenía a su dis¬ 
posición todos los recursos económicos, institucionales, científicos, tecnológicos 
y militares para resolverla. Cuando es la vida la que está en juego, los discursos 
pueden pasar a segundo plano. Mientras las imágenes que circulaban por todo el 
mundo daban cuenta de cómo las personas se abastecían en los supermercados 
(y ahí un fenómeno que debe ser explicado: la disputa por el papel higiénico), en 
Estados Unidos, las personas se abastecían, en lo fundamental, de armas. ¿Qué 
sociedad es esa que en momentos de peste decide que la prioridad más importan¬ 
te es adquirir armas? ¿Puede esa sociedad convertirse en el referente de futuro? 
Cuando la peste arrasó con el país (EEUU), su Presidente no tuvo más ocurren¬ 
cia que culpar a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y convertirla en la 
víctima propiciatoria de sus propios errores y dejarla sin presupuesto. La peste 
provocó, así, un cambio geopolítico de proporciones importantes. 


Peste, vida, interioridad 

La peste apelaba al ethos más primario de los individuos, aquel de la vida misma. 
Pero en la globalización la vida era el resultado de la intersección de múltiples 
determinaciones. Ya no existía una vida privada y acotada en sus límites, sino que 
toda vida se hizo pública y global (es decir, inscrita en parámetros de biopolítica 
y geopolítica). Los individuos comprendieron, de pronto, que eran ellos el vector 
de la peste y que era la globalización su condición de posibilidad para el contagio. 

En efecto, fue la globalización la que llevó la peste a todos los rincones del mundo. 
La pandemia del coronavirus era la primera peste del siglo XXI y la primera de 
la globalización. Hace un siglo, y cuando estaba por terminar la Primera Guerra 
Mundial, millones murieron por la gripe de Kansas (mal llamada gripe españo¬ 
la). Pero un siglo de “crecimiento económico”, y un discurso que convertía a la 
globalización en una necesidad ineludible, convencieron al mundo que las pestes 




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Pablo Dávalos 


eran amenazantes pero que podían ser controladas bajo las coordenadas de la 
globalización, la modernidad y los avances científicos. 

Empero, para detener la peste del coronavirus era necesario detener a su princi¬ 
pal vector, es decir, aquella trashumancia inherente a la globalización. Había que 
parar la máquina del capital. La peste tenía que ser acordonada, cercada, neutra¬ 
lizada. El cerco debía ser total. Como en la Edad Media en la que se grababa con 
cruces las puertas de los pestíferos para aislarlos de su posibilidad de contagio, 
de esa misma manera había que confinar a ese vector y sacarlo por fuera de sus 
coordenadas de vida, es decir, la globalización. 

No había, pues, exterioridad posible a la peste. No había sitio seguro en ninguna 
parte del mundo. No había ningún otro lugar exterior desde el cual mirar con 
tranquilidad la peste y sus víctimas. El círculo de la peste encerró al mundo. La 
peste se interiorizó y, por vez primera en la historia humana cerró al mundo en 
tanto mundo, dentro de sus prescripciones de temor y angustia. Por vez primera 
en la historia de la humanidad fue el planeta entero el que tuvo que acotarse a 
los protocolos de aislamiento, distancia y cuarentena. El coronavirus covid-19 se 
convirtió, así, en el primer virus global de la historia humana. 


La pandemia 

A fines del 2019 e inicios del 2020, cuando llegó la pandemia del coronavirus la 
maquinaria del capitalismo se paró. Las calles de casi todas las ciudades del mun¬ 
do empezaron a apagar sus luces. Millones de personas fueron forzadas a perma¬ 
necer en sus hogares. La industria del espectáculo, siempre activa, se congeló en 
su sonrisa impostada. El capitalismo se detuvo progresivamente a escala mun¬ 
dial. El mundo recordaba expedientes anteriores, y la peste, aquella que fue des¬ 
crita, entre otros, por Albert Camus, llegó. El tiempo del capital se interrumpió, 
y emergió aquel de la historia. Un tiempo limpio de determinaciones contingen¬ 
tes. Las sociedades, en esa coyuntura, comprendieron que el capitalismo es una 
determinación exterior a ellas. Como determinación contingente, las sociedades 
comprendieron que aquello que era necesario, fundamental y universal, se había 
plegado hacia la contingencia de las determinaciones económicas y quizá el ejem¬ 
plo más pertinente en esas circunstancias fue la privatización de la salud pública. 

Ahí pudo apreciarse y de forma nítida que nos habíamos equivocado al suscribir, 
de grado o a fortiori, un concepto de salud que la convertía en una mercancía 
más. Hospitales sin recursos, sin personal, sin infraestructura. El tiempo del ca- 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


pital había doblegado al tiempo social ante la parsimonia y la indiferencia social 
y había convertido en mercancía algo demasiado valioso para plegarse a sus coor¬ 
denadas. Ante la urgencia de la vida, lo contingente de lo económico cedía sus 
prerrogativas. No cabían dudas cuando la frontera final era la vida misma. 

La peste, alumbró aquello que hasta ese entonces había permanecido en la som¬ 
bra. ¿Por qué los hospitales públicos estaban sin recursos cuando las economías 
habían crecido a ritmos importantes? ¿Por qué los recursos de la especulación 
financiera, que rebasaban lo imaginable, no pudieron ser utilizados para salvar 
vidas, incluso las vidas de los propios especuladores? ¿Por qué los médicos, en¬ 
fermeras y personal de la salud pública habían sido tan maltratados y sus quejas 
nunca fueron escuchadas? 

No habían respuestas para ello, porque asumirlas implicaba ir a las bases más 
fundamentales de la dominación política del capitalismo. Después de todo, la 
pandemia algún rato remitirá pero el capitalismo tiene que perdurar, tal era la 
reflexión del poder. Y acorde con esa reflexión, las bolsas de valores del mundo, 
las transacciones sobre el mostrador de derivados financieros, empezaron nueva¬ 
mente a especular, esta vez con la peste, y a apostar desde su fecha de remisión 
hasta el número total de sus víctimas. 

El capitalismo de casino, quiso inscribir incluso a la peste dentro de su lógica 
de especulación. Fue una locura que se ejemplificó con el mercado financiero de 
futuros a corto término de petróleo, cuando ese mercado se saturó y las apuestas 
de ganar en el corto plazo se convirtieron en pérdidas, algo normal en el capita¬ 
lismo, pero cuando esas pérdidas rebasaron incluso lo normal, se convirtieron 
en una pesadilla que solamente pudo resolverse al crear algo hasta ese entonces 
relativamente inédito: los precios negativos. Definitivamente, el mundo empezó 
a cambiar. 

Para qué prevenir, si es mejor negocio curar 

Antes de la peste se tenía indicadores, tecnologías, clínicas, hospitales, especia¬ 
listas con la mejor preparación, corporaciones farmacéuticas que invertían en in¬ 
vestigación de frontera con respecto a nuevos fármacos, industrias de medicina 
pre-pagada pujantes y que se extendían por todo el mundo, en fin, un mundo 
panglosiano. Teóricamente, las soluciones de mercado se revelaban eficaces. La 
salud se convirtió en una mercancía y como mercancía estaba sometida a las coor¬ 
denadas de la oferta y la demanda. Los servicios de salud se valorizaban en los 
mercados bursátiles e integraban en una sola dinámica tanto las corporaciones 




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Pablo Dávalos 


farmacéuticas (con mala fama, además, en Holl5wood y Netflix), las empresas de 
seguros de salud, las empresas de equipos y tecnologias en salud, y el mercado de 
médicos y especialistas. 

Para que la salud se convierta en un negocio rentable se necesitaban de enfermos 
o casi enfermos, o, por último, hipocondriacos. Para que existan los enfermos 
suficientes para satisfacer las expectativas del mercado de la salud se necesitaban 
desmantelar, o en todo caso atenuar, todas las estrategias de salud pública pre¬ 
ventiva. En una sociedad con prevención en salud, la gente se enferma menos, 
porque la prevención actúa como una red de protección que cuida a las personas 
de las contingencias y albures de la enfermedad. Sin embargo, con pocos enfer¬ 
mos ninguna industria privada de salud puede florecer. El mercado de la salud 
necesita de enfermos como la oferta necesita de la demanda. 

La enfermedad es la materia prima de la industria de la salud. Mientras más en¬ 
fermos con capacidad de pago, mejor para el sistema privado de salud. El Banco 
Mundial trabaja a toda máquina para crear reformas estructurales, sobre todo en 
los paises más pobres, para cambiar el enfoque preventivo hacia el curativo y far¬ 
macológico. La salud se media no por el número de personas sanas y sus condicio¬ 
nes de existencia, sino por el número de hospitales, camas, médicos, y fármacos y 
la capacidad de la oferta de la salud. Si todos ellos se asignaban y regulaban desde 
la lógica de lo privado, entonces mucho mejor. El Banco Mundial habia vendido la 
idea, conjuntamente con la ONG Transparencia Internacional, que el sector públi¬ 
co, además de ineficiente es también corrupto. Así, privatizar hospitales no solo 
era un gesto de eficiencia sino un acto ético. Un potente sistema de salud tenía que 
ser básicamente privado. Los enfermos y las enfermedades se convirtieron en de¬ 
manda de servicios de salud, y el sector privado en oferta de salud. Los médicos en 
empresarios y la consulta médica en relación precio/elasticidad de la enfermedad. 

Aquellas externalidades del sistema, es decir, aquella población lo suficientemen¬ 
te pobre para no poder pagar el seguro de salud, y que podía convertirse en vector 
contaminante para aquellos que sí podían pagar, tenían que ser atendidos por el 
sector público. El EMI, en cambio, atenazaba al sector público por el otro lado. Lo 
sometía a los rigores de la austeridad fiscal. Los pocos hospitales públicos que po¬ 
dían sobrevivir a la privatización, no podían ser rivales de los hospitales privados. 
Se los desmanteló de tal manera que se provocaba un efecto demostración: si se 
quería salvar la vida no había otra opción que un hospital privado. 

Se tenía, por tanto, un pujante sistema privado de salud conformado por una 
oferta variada de proveedores de servicios de salud, y una demanda en este cam- 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


po, tanto de enfermos cuanto de personas que pagaban por si algún momento 
podían enfermarse. De esta manera, toda visión de un sistema público de salud 
despareció, y con él también desapareció la idea de una salud preventiva, familiar 
y comunitaria. La atención primaria, pensada en términos de prevención y cuida¬ 
do, cedió su espacio a la atención secundaria de hospitalización, especialización 
y medicación. 

Era absolutamente normal, en consecuencia, que ese modelo privado y neoliberal 
no tenga ninguna posibilidad de confrontar la pandemia. También era evidente 
que la salud pública, habida cuenta de sus escasas posibilidades en infraestructu¬ 
ra y recursos, tampoco tuviera la capacidad de afrontarla. La peste reveló que el 
modelo de salud que se había puesto en marcha por todo el mundo era ineficien¬ 
te, inútil para defender a la sociedad de la pandemia, y, a la larga, era un verda¬ 
dero peligro para la salud pública (al no cubrir todo el espectro, muchas personas 
sin poder ingresar al sistema de salud privado y ya contagiadas se convirtieron 
en verdaderas bombas virales). El sistema privado de curación y medicalización, 
ninguna posibilidad tuvo de articular respuestas a un fenómeno masivo como la 
peste. El sector público, que había sido desmantelado para que pudiera funcionar 
el modelo privado de oferta de salud, fue rápidamente rebasado por la pande¬ 
mia. La industria del seguro privado de salud revisó las cláusulas contractuales 
para determinar si existía en el contrato la palabra “pandemia” antes de prestar 
cualquier servicio curativo. El país que se convirtió en el epítome de este modelo, 
EEUU, fue también aquel que pagó el mayor número de víctimas de la peste. Mi¬ 
llones de contagiados y decenas de miles de muertos fueron la constatación del 
sistema de salud construido al tenor de la doxa neoliberal. 


Y para qué curar, si la enfermedad 
es aún mejor negocio 

La enfermedad es la mercancía de la industria de la salud. Como mercancía está 
sometida a la lógica del capital. Tiene costos marginales decrecientes. Tiene pre¬ 
ferencias reveladas. Tiene su tasa interna de retorno. Tiene sus previsiones de 
mercado y sus movimientos bursátiles Toda enfermedad, al menos en sociedades 
modernas y capitalistas, tiene su farmacología, y todo fármaco pertenece a una 
corporación determinada. Todo fármaco tiene, además, derechos de propiedad 
intelectual que se protegen más celosamente que la vida humana. Y detrás de esos 
derechos de propiedad intelectual, para cuidarlos, está la OMC y los acuerdos de 
libre comercio y de inversión. Y cuando se suscitan las disputas con Estados que 
desobedecen y quieren hacer políticas públicas de salud preventiva, ahí está el 




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Pablo Dávalos 


Banco Mundial, y su Centro de Conciliación y Arbitraje para someter la soberanía 
de los Estados a los requerimientos corporativos. Hay, además, una lucha despia¬ 
dada entre corporaciones farmacéuticas por nuevos fármacos y nuevas patentes. 
Son corporaciones que ahora se han expandido y controlan también las indus¬ 
trias químicas y las industrias de alimentos. Para la corporación farmacéutica la 
maximización de su utilidad siempre está en la enfermedad y en la medicaliza- 
ción a la sociedad, incluso si no está enferma. 

Si es la enfermedad la fuente de sus ingresos es normal que todo el sistema gire 
alrededor de ella. Así, también giran los alimentos, como en una órbita gravita- 
cional, alrededor de la enfermedad. Está demostrado, lo hizo Séralini^, que los 
transgénicos y el glifosato son cancerígenos. Sin embargo, toda la industria de los 
alimentos gira hacia los transgénicos. Salvo excepciones pero su utilización tien¬ 
de a masificarse y universalizarse. Está demostrado que la pandemia de la diabe¬ 
tes y el cáncer también tienen que ver con la privatización de la alimentación (Vía 
Campesina lo ha denunciado). Pero ello no inmuta a la industria farmacéutica ni 
a aquella de la alimentación a cambiar sus hábitos ni su modelo de negocios. Hay 
también evidencias de la forma por la cual se ha popularizado y extendido el uso 
de fármacos para poblaciones que no los necesitan pero que han sido sometidas a 
ellos por las estrategias de marketing de las corporaciones farmacéuticas. Socie¬ 
dades enteras son reducidas a una dependencia, inútil por lo demás, de fármaco- 
dependencia. Muchos de esos fármacos finalmente han sido obligados a salir del 
mercado por sus efectos secundarios, algunos de ellos letales. Pocas veces estas 
corporaciones pagan por las consecuencias que han generado. 

Es también de conocimiento público las puertas giratorias entre la autoridad re- 
gulatoria de fármacos, químicos y alimentos y los funcionarios de las corporacio¬ 
nes de fármacos, químicos y alimentos (M. Robín, entre otros, lo ha demostrado)^. 
Hay algunos, incluso, que han denunciado las víctimas colaterales que produce la 
industria de la salud en sus tratamientos farmacológicos^. Si sabíamos todo eso 
¿por qué nunca hicimos nada? 


3 En una serie de experimentos realizados en 2012, el profesor e investigador de la Universi¬ 
dad de Caen, Francia, Gilíes Séralini, demostró que los herbicidas (glifosato) y el maiz ge¬ 
néticamente modificado, a la sazón, productos de la entonces transnacional Monsanto (ahora 
Bayer-Monsanto) producían cáncer. Luego de sus investigaciones, la industria agroalimentaria 
se encargó de montar una intensa campaña global para desmentir esos resultados. Francia ha 
prohibido el uso de maiz transgénico. 

4 Véase, por ejemplo: Robin, Marie-Monique. El veneno nuestro de cada día. La responsabilidad 
de la industria química en la epidemia de enfermedades crónicas. La Plata, De la Campana, 2012. 

5 Ver: Gotzsche, Feter.Medicamentos que matan y crimen organizado. Cómo las grandes farma¬ 
céuticas han corrompido el sistema de salud. Barcelona. Los libros del Lince, 2014. 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


En un mundo en el cual la producción de la enfermedad es también la producción 
de la ganancia corporativa de las farmacéuticas, ¿qué representa el covid-19? Y 
la respuesta va de por si: una enorme oportunidad de obtener ganancias extraor¬ 
dinarias si se manipulan correctamente los mercados y si se encuentran los fár¬ 
macos correctos para la pandemia. Hay cinismo en el mercado de la enfermedad. 
Pero es esa dinámica la que emerge en la pandemia y deja sin limites éticos a 
ese discurso y praxis. Murieron miles de personas, y su entrada en el umbral de 
la peste fue doloroso. Sus convulsiones. Sus desgarres. Su dolor, fue humano, 
demasiado humano. Pero el sistema empresarial de la salud fue indiferente a ese 
dolor, a ese sufrimiento. Si el modelo de oferta-demanda de salud evitó la cons¬ 
titución de una red de prevención, la enfermedad como mercancia y la corpora¬ 
ción farmacéutica como su correlato, inscribieron la peste en un comportamiento 
estratégico que dio cuenta que el capitalismo tiene mucho de esquizofrénico y 
también de psicótico. La distancia ética entre la ganancia extraordinaria y la con¬ 
dición humana pudo constatarse en la pandemia del covid -19. Y es una distancia 
que solo puede ser comprendida desde aquello que Hannah Arendt denominaba 
la banalidad del mal. 


Pero la peste no puede determinarse ni predecirse 

Enfermarse es un riesgo, una amenaza. Nadie quiere enfermarse, por supuesto. 
Pero si pasa, es mejor estar prevenido. Y el capitalismo tiene una respuesta para 
eso: el seguro privado de salud. Empresas que trabajan con el riesgo de la enfer¬ 
medad. A la dupla enfermedad/corporación química-farmacéutica-alimentaria, 
hay que añadirle un nuevo polo para la tríada: el seguro privado de salud. De 
la misma manera que el mercado de la enfermedad solo es posible cuando se 
ha desarticulado toda estrategia de prevención, y cuando se ha conformado una 
visión medicalizada de la salud, también es necesario la desarticulación de los sis¬ 
temas nacionales del ramo, y la conversión de la autoridad nacional de la salud en 
ente regulatorio de su mercado. Es decir, en un árbitro para el sector privado. El 
sistema de seguros de salud no puede operar con sistemas públicos, nacionales e 
integrados de salud preventiva, comunitaria y familiar. El espacio que les falta es 
aquel que hay que restar a ese sistema público de salud y, por tanto, a la sociedad. 
Como condición sine qua non, los seguros privados de salud necesitan del mayor 
espacio posible y eso solamente se logra con la desarticulación de lo público. 

El mercado de la enfermedad y la industria del fármaco, expulsa lo preventivo y 
también lo público. Eso permite comprender la feroz resistencia de las asegura¬ 
doras privadas de la salud en EEUU en contra de Medicare, por ejemplo. Pero 




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Pablo Dávalos 


trabajar el riesgo en la industria de la salud es difícil. Asegurar la salud de una 
persona, imponer un precio que compense el riesgo y asegure el beneficio, defi¬ 
nitivamente, es complicado. Por ello, lo que el contratante de la póliza de salud 
dice es tan valioso como aquello que calla. La economía moderna le ha dado el 
nombre de asimetrías de la información a ese comportamiento estratégico entre 
decir y callar. La póliza de salud debe adivinar cuánto se dice y si aquello que se 
dice cubre lo que se calla. Quizá lo mejor, en ese sentido, sea que se compartan 
los riesgos con el Estado (como lo propone el Teorema Rothschild-Stiglitz'’), pero 
quizá sea mejor aún excluir aquello que se calla del contrato. Si en el contrato 
nada se decía de “pandemia”, entonces, piensa la empresa de seguros de salud, el 
covid -19 no es “nuestro” problema. Y si es finalmente “nuestro” problema, enton¬ 
ces cabe saber hasta dónde puede extenderse el deducible de la póliza respectiva. 


Es una industria que solo actúa bajo certezas 
y decisiones previsibles 

Pero la peste es la incertidumbre y la indeterminación pura. La peste no admite 
previsiones, por eso su carácter aleatorio y su cadena de contagios es impredeci¬ 
ble. La industria del riesgo de la salud, adscrita a la enfermedad como mercancía, 
no tiene posibilidad alguna ante la peste. Se demuestran sus límites y posibilida¬ 
des. Es una industria que no tiene idea de lo que significa un vector de salud. En el 
mundo de lo aleatorio, de lo indecidible, el mercado del riesgo de la salud es otro 
más de los simulacros. La peste nos obliga a pensar que quizá sea mejor prescin¬ 
dir de los mercados privados del riesgo de la salud, y que esos recursos se orien¬ 
ten a lo fundamental, a la protección real de las sociedades. Si no aprendemos 
esa lección, quizá sea justo -a futuro- el precio que otra vez tengamos que pagar. 


La peste, la incertidumbre, lo social 

Incredulidad, incertidumbre, miedo, angustia, distancia, improvisación, solidari¬ 
dad, generosidad, indecidibilidad, en fin, la peste abrió el abanico de la humana 
condición. Había que buscar respuestas de su origen, de su consistencia, de su real 
virulencia. Después de todo, lo real es racional. Pero la peste demuestra, conforme 
lo decía Unamuno, que lo real va más allá de cualquier racionalidad que intente 


6 Ver: Rothschild, Michael and Stiglitz, Joseph:Equilibrium in Competitive Insurance Markets: 
An Essay on the Economics of Imperfect Information. The Quarterly Journal of Economics, 
Vol. 90, No. 4 (Nov., 1976), pp. 629-649. Published by: The MIT Press Stable URL: http:// 
www.jstor.org/stable/1885326Accessed: 21/01/2010 14:31 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


sujetarla. La peste se extiende y su heurística de temor rebasa condición de clase, 
etnia, nacionalidad, y nos descubre como seres humanos mortales, naturales, su¬ 
frientes. El capitalismo no puede ante ese núcleo más íntimo de lo humano y que no 
cede a ningún intento ni de simbolización ni de racionalización. Aquello que emer¬ 
ge en esas circunstancias, rebasa las determinaciones contingentes de la economía 
y de la mercancía y demuestra la frágil consistencia de lo humano. 

La primera forma de contención a la peste son los Estados nación, aquellos mismos 
Estados que sufrían profundas transformaciones desde dentro para crear condicio¬ 
nes de existencia a los mercados globales. La peste obliga a asumir prioridades. No 
es momento para el discurso de la autorregulación mercantil. Aquello que está en 
juego nada tiene que ver con el discurso neoliberal de la eficiencia de los mercados. 
Por vez primera, la globalización debe conjugar otra prosa que no sea aquella neoli¬ 
beral y lo único que encuentra es la signatura de la vida en sí misma. Las verdaderas 
respuestas y las acciones vitales de la humanidad, en ese momento, poco tienen que 
ver con la lógica de los mercados, con el tiempo del capital. 

El Estado-nación es la línea de contención de la peste. Es el Estado el que puede 
imponer prescripciones. Puede adoptar decisiones y movilizar recursos. Sancio¬ 
na, define, estructura, impone, decide, moviliza, promueve, informa, prescribe. 
Millones de personas, de grado o por fuerza, comprenden que su propia vida de¬ 
pende de la fortaleza de esa línea de defensa que representa el Estado. Ante la 
peste, todos regresan a ver al Estado. Le piden y exigen cuentas. Pero el Estado 
es lo público y lo público es lo social. Lo social no es ni aglomeración, ni masa, ni 
multitud. Es la conciencia individual que las propias condiciones de existencia 
del individuo dependen más de los otros que de sí mismo. El cuidado a sí mismo 
es la responsabilidad hacia los otros. De pronto, la humanidad descubre lo social, 
cuando años antes se le había insistido hasta la saciedad que la sociedad no exis¬ 
tía. Pero ¿representa el Estado a lo social? 


¿Dónde está Leviatán? 

El Estado, al menos en la tradición del liberalismo, también es el Leviatán que 
advirtió Hobbes. ¿Puede el Leviatán defendernos de la peste? ¿No se está tran¬ 
sigiendo demasiado a nombre de la biopolítica? ¿No estamos cediendo espacios 
irreductibles de libertad a un poder al que luego no sabremos cómo remitirlo? Se 
trata de una suspicacia fundada sobre todo en tiempos de neoliberalismo. Pero 
quizá las cosas sean algo diferentes. Lo que las personas tocadas por la peste re¬ 
claman es ayuda médica inmediata. No quieren morir y no quieren morir solos. 




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Pablo Dávalos 


No quieren entrar en esa maquinaria tanatopolitica en la que los muertos se con¬ 
vierten en cifras y la muerte pierde la dignidad de lo absoluto. Los pobres piden 
algo de ayuda para poder sortear la cuarentena. Lo que los médicos, enfermeras 
y personal sanitario reclaman son recursos mínimos e indispensables para po¬ 
der atender a los enfermos y no ser víctimas de la peste. Los Estados tratan de 
controlar al vector de la peste a través de estrictos protocolos de aislamiento y 
están obligados a usar el monopolio legítimo de la fuerza para contener la peste 
y obligar a los ciudadanos a que cumplan con esos protocolos de aislamiento y 
cuarentena. Se trata de un recurso que viene al menos desde la Edad Media. 

Cuando la peste nos asóla, acudimos a poderes que nos rebasan para intentar con¬ 
tenerla, porque la peste nos rebasa. Antes era la apelación a lo sacro, hoy es la exi¬ 
gencia al Estado. Donde antes estaban los dioses y los sacrificios, ahora están la po¬ 
lítica y las instituciones. Sin embargo, como hacíamos antaño, también recluimos 
los espacios pestíferos. Los cerramos y los excluimos de su posibilidad de contagio. 
Antes los expurgábamos con liturgia y sacrificios, ahora los desinfectamos. Obli¬ 
gamos a la cuarentena. Cumplimos el ritual de la purificación. Un expediente que 
también consta en el registro de la historia. Acudimos a poderes sacros o profanos, 
pero poderes que pueden contener ese enemigo invisible, pernicioso. Estamos tan 
frágiles en esas circunstancias que no dudamos en transferir soberanía a cambio de 
protección. La peste es el escenario perfecto para ello. Pero el Leviatán moderno, 
ante la peste, es cojo y manco. Ha sido desmantelado a nombre de la eficiencia mer¬ 
cantil. En los países más ricos del mundo, enfermeras y médicos reclaman lo esen¬ 
cial, lo básico, apenas una mascarilla, un par de guantes, un respirador, un tanque 
de oxígeno y un mínimo de protección ante la peste. En los países más pobres igual. 
De hecho, las principales y primeras víctimas de la peste han sido ellos. 

Los sistemas de salud acusan el deterioro de varias décadas que los convirtieron 
en la variable de ajuste fiscal. La austeridad se cebó sobre la salud pública. Se 
sacrificaron, en efecto, la salud, la educación y la protección social para que pue¬ 
dan sobrevivir, expandirse y consolidarse los mercados de la enfermedad, y la 
industria de los fármacos. La imposición de la escasez fue implacable con la salud 
pública. El Leviatán, definitivamente, no está en el sector de la salud. Tampoco en 
aquel de la seguridad y protección social. Tampoco en la educación pública. El Le¬ 
viatán está en otro lado y, paradójicamente, está donde menos se lo espera. Aho¬ 
ra, el Leviatán está en esas redes sociales cada vez más panópticas y al servicio de 
los poderes de turno. Está en la sociedad del espectáculo; está en los mecanismos 
de vigilancia, control y administración de los mercados de consumo de las gran¬ 
des transnacionales. El Leviatán está en las corporaciones transnacionales. En la 
globalización neoliberal el Estado es apenas el simulacro del verdadero Leviatán. 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


El Leviatán corporativo 

Algunos teóricos (Byung-Chul Han^, Ínter alia), tienen aprehensiones con el rol del 
Estado en la gestión de la peste. Los Estados fuertes asustan. Lo consideran el Le¬ 
viatán que utiliza el poder biopolítico para imponer su control sobre la sociedad; 
muchos de ellos piensan que luego que la peste se termine, emergerá con toda la 
legitimidad de la co5amtura, Estados panópticos, totalitarios y fascistas. Piensan, 
soterradamente, en China, en el Partido Comunista, en el control panóptico, disci¬ 
plinario de ese Estado y ese sistema político. Sin embargo, fue gracias a ese control 
panóptico que China, entre otros países, sobre todo asiáticos, pudieron controlar 
la peste. El temor, obvio por lo demás, es que la peste sea la patente de corso para 
la emergencia de nuevos totalitarismos. Que el estado de indefensión de los ciuda¬ 
danos se convierta en situación permanente sobre la que actúen el Gran Hermano. 

Para controlar la peste, los ciudadanos han tenido que ceder su libertad a un po¬ 
der que impondrá, a futuro, sus prescripciones. Que utilizará las tecnologías de 
control personal y el Big-Data como instrumentos políticos de dominación. Pero 
quizá se extrapole el comportamiento de un Estado en particular a la dinámica 
de la peste. El Estado Chino tiene un modelo de dominación política de forma in¬ 
dependiente de la pandemia. Que lo haya utilizado para controlar esa pandemia 
forma parte de sus propias capacidades y sus propios cálculos. Pero no necesita el 
expediente de la peste ni para ejercerlo ni para legitimarlo. 

El verdadero peligro no está, paradójicamente, en los Estados, sino en los cen¬ 
tros de poder de la globalización: las corporaciones transnacionales y la finanza 
corporativa internacional y su estrecha relación con la industria de la guerra y las 
agencias de vigilancia global. Si hay un Leviatán, es ahí donde hay que buscarlo. 
Las corporaciones transnacionales han desarrollado mecanismos panópticos de 
control a los consumidores en los cuales los comportamientos humanos se han 
inscrito en las coordenadas del neuro-marketing corporativo. Toda actividad de 
los consumidores es vigilada, anotada, prescrita, inscrita y sometida a evalua¬ 
ción, control, monitoreo y previsión por parte de estas corporaciones. Acusar a 
los Estados de convertirse en el Gran Hermano y tratar de utilizar la peste para 
legitimarse desde el control panóptico a sus ciudadanos, quizá sea una precau¬ 
ción exagerada cuando los mecanismos de vigilancia global han sido denunciados 
(lo hicieron ya J. Assange y E. Snowden) y todo apunta a esa simbiótica relación 
entre corporaciones y agencias de seguridad del gobierno norteamericano. 


7 Byung-Chul Han: La emergencia viral y el mundo de mañana. En: Varios Autores: Sopa de 
Wuhan, ASPO, 2020, pags. 97-112. 




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Pablo Dávalos 


Trump ganó la presidencia de EEUU por la forma amoral e inescrupulosa de uti¬ 
lizar los datos de Eacebook por parte de Cambridge Analytica. Google sabe más 
de nosotros que nosotros mismos. Nuestra vida cotidiana está inscrita y desple¬ 
gada en los motores y robots de Google. Para ellos ninguna de nuestras decisio¬ 
nes escapa de su control. Toda nuestra información más sensible es vendida a 
empresas de seguridad, a empresas de espionaje, a corporaciones transnaciona¬ 
les, a empresas de seguros de salud, de seguros de vida, de turismo, de viajes, 
de alimentación, de vivienda, en fin. Estamos sometidos a una red invisible de 
control, previsión, cálculo, monitoreo, constante, permanente. Estamos discipli¬ 
nados, encerrados, vigilados, todo el tiempo. Cada uno de nuestros movimientos 
se registra, se anota y se vende. Y no es el Estado. Son las corporaciones, la indus¬ 
tria de la guerra y las agencias de vigilancia y espionaje global. Es ahí donde está 
el Leviatán. El verdadero Leviatán. Y, fuerza es decirlo, ese Leviatán nunca hizo 
nada por ayudar a la humanidad a superar la peste. 


Aislamiento, distancia 

Durante la peste, la estrategia de salud pública que imponen los Estados y la 
QMS va a contrapunto de la globalización neoliberal: el aislamiento, la distan¬ 
cia y la cuarentena. Si somos el vector de la peste, entonces necesitamos neu¬ 
tralizarnos y, para eso, hay que reducir a cero toda capacidad de movilidad. 
Una parte importante de la humanidad (salvo excepciones por supuesto), se 
inmoviliza. Sin movilidad humana, no hay globalización en el sentido neoliberal 
del término. Por vez primera, la globalización de los mercados es puesta entre 
paréntesis; empero emerge otra globalización, aquella de la preocupación por 
los demás, aquella que se duele de los otros, porque los otros son condición de 
existencia de uno mismo. Aquella que hace de las noticias de la pandemia el 
centro de sus preocupaciones. 

La humanidad contiene el aliento y, expectante, acata, cumple, y exige que se 
verifiquen los protocolos de aislamiento y distancia de todos y para todos (con 
excepciones por supuesto). Un sentido de responsabilidad que parte desde la 
ética del cuidado de sí mismo. En el aislamiento, los seres humanos empiezan a 
descubrirse a sí mismos sin las mediaciones del capital y la globalización. Es un 
periodo latente que sirve para la reflexión sobre lo que hemos construido hasta 
ahora. Esa reflexión tiene en las redes sociales un tráfico de información que, 
independientemente de su contextura banal o trascendente, se convierten en el 
vínculo que restaura, aviva, consolida y extiende el contacto humano y forma 
lo social. 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


Se produce la paradoja en la cual la sociedad se convierte en virtual, y la concien¬ 
cia de lo social nace desde el aislamiento y la distancia. Mientras el neoliberalis- 
mo concentraba mercados, obreros y consumidores, nunca emergia ninguna pre¬ 
ocupación por lo social. Es la pandemia la que obliga al aislamiento y es desde el 
aislamiento que nace la percepción de lo social. La aporia de la presencia de la au¬ 
sencia, rememora que somos seres sociales. Extrañamos lo social, porque desde 
ahí nos deñnimos, nos constituimos. Es ahí, en esos momentos quizá de soledad, 
pero de aislamiento, cuando constatamos la contextura de lo social. Extrañamos 
el contacto como una forma inmediata y fenoménica de lo social. En esa carencia 
tan inmediata, en esa nostalgia que extraña lo que siempre estuvo ahí, emerge la 
sociedad que nace de la necesidad del vínculo, del contacto, de la presencia. Si el 
inñerno son los demás, la peste nos obliga, sin embargo, a elegirlo. 


Estábamos solos, y no lo sabíamos 

En la peste estuvimos aislados en virtud de los protocolos de salud pública que 
adoptaron los Estados. Las redes, en esa circunstancia, fueron la ventana al mun¬ 
do. Las noticias daban cuenta del avance implacable de la pandemia. Ahí, en la 
soledad, o quizá en familia, pero siempre en el aislamiento, emergió la aporia de 
la presencia de una ausencia, y nos constatamos como seres sociales. La sociedad, 
paradójicamente, se conñrmó en el aislamiento. El vínculo de lo social se hizo 
transparente cuando el aislamiento nos prohibía ejercerlo. Llegamos al extremo 
de extrañar aquello que normalmente o rechazábamos o nos era indiferente. 

Pero esto no signiñca que antes de la peste ese vínculo se haya construido y deñ- 
nido de manera cabal. Antes de la pandemia, curiosamente, también estábamos 
aislados pero no lo veíamos y tampoco lo comprendíamos, o lo sentíamos. Se 
trataba de un aislamiento que nos obligaba a replegarnos sobre nosotros mismos. 
La presión que el capitalismo ejercía sobre nuestras vidas hacía que optáramos 
por el repliegue estratégico, erigiendo una distancia bloqueadora de cualquier 
vínculo social. Sentíamos esa presión a través de su nombre más trivial y cono¬ 
cido, lo llamábamos estrés. Pero esa exigencia a mantener siempre una atención 
permanente, a estar en un estado de alerta constante, a prepararnos siempre para 
lo peor, nos llevaba al agotamiento existencial, y en esas condiciones era imposi¬ 
ble restaurar o avivar el vínculo de lo social. En casa nos derrumbábamos porque 
el estrés había consumido nuestra energía. Era un escenario de lucha constante. 
De estrategias y tácticas permanentes y en las cuales, un descuido podía ser fatal. 
Desde el más humilde vendedor del mercado hasta el CEO de una gran empresa, 
todos estábamos circunscritos e inscritos en ese ambiente de sobrevivencia, de 




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Pablo Dávalos 


estrategia, de cálculo, de previsión. Por ello, como un expediente de defensa cons¬ 
tante, la aproximación hacia los demás era estratégica, conflictiva, utilitaria y po¬ 
cas veces solidaria. El vínculo cedía al cálculo. Los otros eran medios, nunca fines. 

Pero en el aislamiento esa presión del sistema sobre nuestras vidas se debilitó. El 
estrés cedió a preocupaciones más fundamentales. Eueron las circunstancias ex¬ 
cepcionales de la peste las que crearon otro tipo de prioridades. Había que guar¬ 
dar imperiosamente cuarentena a riesgo del contagio. Por supuesto que todo lo 
que tiene que ver con el trabajo, con los ingresos, con las expectativas, estaba 
ahí latente, pero la presión que cotidianamente el sistema ejercía sobre nuestras 
vidas, se atenuó. Esa sensación de derrumbe cotidiano por agotamiento se trans¬ 
formó en otra cosa. El día a día pasaba por fuera del estrés cotidiano y exigente de 
la maquinaria del capital. Eue por esa circunstancia tan excepcional que pudimos 
apreciar y vislumbrar el vínculo social sin las mediaciones del capital y la aliena¬ 
ción. El aislamiento creó una situación límite en el cual se amortiguaron muchas 
de las formas que condicionan permanentemente nuestra existencia. 

Ahí comprendimos que el estrés es un mecanismo de dominación política. Que 
nos impedía ver y forjar los vínculos sociales. En un plano de analítica existen¬ 
cia!, la preocupación de ser en el mundo, cedió el paso al cuidado de estar para 
el mundo. Por eso, cuando dejamos de sentir el estrés que nos genera la ma¬ 
quinaria del capital, pudimos captar la solidaridad que emerge desde el vínculo 
social. Aprendimos a necesitarnos porque empezamos a visualizarnos sin otra 
mediación que la existencia en sí misma. Aprendimos que la solidaridad implica 
responsabilidad, y que el compromiso del cuidado con uno mismo empieza con la 
preocupación por los otros. 


Siempre fuimos seres sociales 

Pero también se produjo su antítesis. Aquellos que reclamaban contra el aislamien¬ 
to porque lo consideraron un atentado a su derecho humano fundamental a la li¬ 
bertad de movimiento. Aquellos que, incluso en plena pandemia, salieron a pro¬ 
testar contra los protocolos de salud pública porque los consideraban restrictivos y 
atentatorios a sus derechos. Hay, al respecto, una imagen icónica que recorrió las 
redes sociales, cuando en EEUU un grupo de manifestantes se negaban a utilizar 
mascarillas, guantes, y guardar las medidas de aislamiento, distancia y cuarentena 
y apoyaban a Trump y, frente a ellos, el personal de salud que quería convencerlos 
de utilizarlos y de respetar esos protocolos. Hay en ese hecho la posibilidad de una 
hermenéutica que permite transparentar el verdadero significado de lo público. 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


La manifestación que confundia salud pública con derechos civiles, permitía cons¬ 
tatar los equívocos que suscita la noción de lo público y la incomprensión de los 
alcances de la peste. Ante el covid-19 no habla contexturas políticas ni de ninguna 
otra especie que no sea la salud pública. Es un virus cuya letalidad fue importante 
y su capacidad de contagio impresionante^. Desfilar en plena pandemia sin la de¬ 
bida protección de salud (mascarilla, guantes) revelaba un gesto inútil y al mismo 
tiempo peligroso e irresponsable para la salud tanto de los manifestantes cuanto 
de sus familias y de su sociedad. Fue una falta de ética que incluso haya tenido 
consecuencias fatales para quienes estuvieron ahi. Aquello que constaba y emergía 
en esas circunstancias era la resistencia de una parte de la sociedad a asumir con 
responsabilidad la noción de lo público. Consideraban que lo público implicaba un 
pérdida de sus derechos individuales porque lo confundían con el gobierno y sus 
prescripciones de salud pública. Someterse a los protocolos de salud pública signi¬ 
ficaba, en su particular interpretación, ceder libertades individuales irrenunciables. 

Empero el cumplimiento de los protocolos de salud pública en contextos de pan¬ 
demia, no era solo para la protección personal, sino para la protección de los 
demás, sobre todo de los más vulnerables. El compromiso de cumplir con esos 
protocolos era una señal que advertía que el cuidado de uno mismo pasa por la 
responsabilidad de los demás por cumplirlos. La epidemiología, de esta manera, 
restauró un vínculo que se había perdido en el capitalismo: la salud y la vida de 
cada uno de nosotros mismos, dependía de los demás. Cumplir con los protocolos 
de salud pública no tenía nada que ver con libertades civiles sino con un imperati¬ 
vo ético de proteger a la sociedad ante una amenaza común. Si se incumplían con 
esos protocolos, se ponía en riesgo la vida no solo de los más vulnerables sino de 
nosotros mismos y de nuestro entorno más inmediato. 

Emerge de forma nítida, la noción de lo público como responsabilidad social. Ese 
lazo que nos vincula a los demás y que está hecho de solidaridad, responsabilidad 
y compromiso es lo que nos constituye como sociedad. Nuestras propias condi¬ 
ciones de salud y de vida, tanto para nosotros, cuanto para aquellos que amamos 
y cuidamos, dependen de las decisiones que adopten los demás. Es cierto que son 
decisiones dificiles, y por eso precisamente emerge el Estado, como un poder con 
capacidad de imponerlas, empero lo que subyace en todo ello es lo social como 
condición de existencia y fundamento de lo individual. Siempre fuimos seres so- 


8 “Las principales mentes científicas todavía no logran descifrar sus mecanismos biológicos. 
Alguna vez considerado un patógeno que atacaba principalmente los pulmones, el virus ha re¬ 
sultado ser un enemigo mucho más formidable, impactando casi todos los principales sistemas 
de órganos del cuerpo”. Eunjung Cha, Ariana: Jóvenes con síntomas leves de COVID-19 están 
muriendo por accidentes cerebrovasculares. The Washington Post, 28 de abril de 2020. 




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Pablo Dávalos 


dales. La ideología de la individualidad es una construcción social hecha desde 
mecanismos de poder y dominación. Esa ideología se antepuso, en un contexto tan 
dramático como una pandemia, como una forma de evitar la construcción de lo 
social. Pero no había posibilidad alguna de contener a la peste sino desde lo social. 

La peste nos obligó a recuperar aquello que habíamos perdido. La comprensión 
que como seres sociales, aquello que nos hace humanos son los demás. Aquello 
que determina nuestras posibilidades, en tanto personas, son los otros. El espacio 
que ganamos como personas, si se construye sobre la pérdida del espacio de los 
otros, nos afecta tanto a ellos como a nosotros mismos. Se convierte a la larga en 
un juego de suma nula. El imperativo ético, en esos momentos, fue protegernos a 
nosotros para proteger a los demás. Ahí emerge con toda claridad la noción de lo 
público. Es la modernidad la que adscribe lo público al Estado para otorgarle un 
formato político que permita, precisamente, defender lo público (el interés gene¬ 
ral). Y es el neoliberalismo el que manipuló la noción de Estado y la contrapuso a 
la libertad individual. Lo público es la sociedad, somos nosotros mismos pero en 
sociedad. El Estado es una creación que parte desde la sociedad para defender y 
articular lo público. No hay libertad individual sin sociedad. No hay sociedad sin 
el “nosotros”. La pandemia reveló lecciones que estaban claras ya en la Ilustra¬ 
ción, pero que habíamos perdido por la globalización neoliberal. 


Y el capitalismo quiere rentabilidad incluso 
más allá de la peste 

El discurso de la austeridad fiscal estuvo obligado a ceder sus prescripciones ante 
el principio de realidad de la peste y la heurística del miedo que emerge des¬ 
de el contagio. Nadie estuvo libre. Ene un virus democrático. Ante el miedo, se 
asumieron posiciones de pragmatismo absoluto: la austeridad se suspende hasta 
nuevo aviso. Con ello se demuestra que el discurso de la austeridad fiscal nunca 
tuvo sustento alguno con lo real. Siempre fue un discurso hecho desde el poder 
financiero y corporativo. Creaba de forma artificial la escasez para sustentar una 
injusta distribución del ingreso. Siempre fue un simulacro con una cobertura de 
legitimidad epistemológica y técnica. Cuando los mercados prácticamente están 
colapsados y la globalización se suspendió, la única forma de reactivar la econo¬ 
mía mundial fue a través de la interrupción de la ideología de la escasez. 

De pronto, se piensa nuevamente en Keynes: las decisiones más importantes para 
reactivar la producción y el tiempo del capital, están en el consumo, es decir, en 
la sociedad, en el tiempo social. El dinero se convierte nuevamente en el eslabón 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


que vincula el tiempo presente con el futuro. Pero se trata de una estrategia que 
intentará restaurar el mundo que fue antes de la peste, en un contexto que ya no es 
el mismo: reactivar la globalización desde lo público para luego garantizar su dis¬ 
tribución desde lo privado. Se apela al keynesianismo para, en el fondo, restaurar 
el neoliberalismo. Las decisiones de politica monetaria de los centros capitalistas 
más importantes inyectarán liquidez a los mercados mundiales, para sostenerlos 
en tanto mercados, para reactivarlos y volver al mundo que fue antes de la peste. 

Por una curiosa paradoja, esos anuncios de inyección de miles de millones de 
dólares a una alicaída economía global, representan más una apuesta por restau¬ 
rar el pasado que por construir el futuro. El tiempo del capital ahora detenido, 
quiere que la maquinaria se ponga en funcionamiento lo más pronto posible. El 
molino satánico necesita del tiempo de todos para volver a recrear el mundo que 
fue antes de la peste. Si pasa eso, finalmente nada habremos aprendido. Para 
algunos pensadores, el neoliberalismo sobrevivirá a la peste (Byung-Chul Hal), 
para otros, quizá sea el momento del comunismo y el capitalismo esté herido de 
muerte (Slavoj Zizek). Pero quizá la respuesta esté en otro lado. 

El tiempo del capital, en medio de la peste, reclama sus prioridades y exige su cum¬ 
plimiento. Las grandes fortunas saben que su riqueza depende del tiempo del mun¬ 
do, y ese tiempo se sustenta en el trabajo anónimo y de todos los días de millones 
de personas. Cada día de interrupción les significa menos riqueza. Reclaman a los 
Estados por esa riqueza que no pudieron acumular durante la peste, y los Estados 
escuchan ese pedido y se transforman, de pronto, en Estados keynesianos. Les di¬ 
cen a esas grandes fortunas que no se preocupen, que serán resarcidos, que solo 
es un pequeño accidente en el camino. Ponen en funcionamiento la maquinaria 
monetaria para garantizar al tiempo del capital que todo está y siempre estará en 
orden. Las grandes fortunas, ante esos anuncios, empiezan a especular y a repar¬ 
tirse el pastel que se creará a futuro. Tienen en sus manos, para garantizarlo, un 
instrumento poderoso: la administración de la escasez. Son ellos en definitiva y 
según su propia versión quienes “crean” empleo, es decir, el tiempo y la riqueza. 

Todo lo que la doxa neoliberal había enseñado y predicado anteriormente ahora 
cae en el olvido: la expansión monetaria nada tiene que ver con la inflación se 
dice ahora, cuando días antes se sancionaba y se prohibía toda emisión mone¬ 
taria porque se la acusaba de inflacionaria. Los gobiernos, al volverse keynesia¬ 
nos, también se demuestran cínicos. Quieren reparar la maltrecha maquinaria 
del capital y no importa archivar sus dogmas de antaño. La Comisión Europea 
decide aplicar las cláusulas de escape del rigor de la austeridad fiscal. La Ad¬ 
ministración norteamericana de Trump anuncia un fabuloso programa de re- 




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Pablo Dávalos 


activación de varios billones (sí, billones) de dólares. El Presidente de Francia, 
se revela ke5niesiano y partidario del Estado de Bienestar cuando días antes 
presionaba por la privatización de la seguridad social y reprimiría ferozmente 
a los gilet jaunes que defendían lo público. En fin, el cinismo del capital de¬ 
muestra que saben lo que hacen y no les importa. Pero ¿las sociedades? ¿Qué 
piensan ahora ellos, los ciudadanos? ¿Qué experiencia ha dejado la peste en su 
conciencia? ¿Qué exigen ahora a la política, a la economía? ¿Volverá el mundo 
a ser como antes? 


Quisimos, en nuestra arrogancia, 
calcular la economía de la peste 

Si el tiempo es valor y el valor es tiempo, al menos tal como constan en las com¬ 
plejas fórmulas matemáticas de los derivados financieros, entonces ¿cuánto dejó 
de valorizarse mientras la maquinaria estuvo parada? Si cada nanosegundo cuen¬ 
ta, ¿cómo contabilizar todo aquello que la maquinaria del capital dejó de percibir 
mientras la peste la encerraba? ¿Cabe en sus conceptos cuantificar la magnificen¬ 
cia de las pérdidas del capital? 

Una cosa es clara, los conceptos, instrumentos, técnicas, que se utilizaban para 
medir la riqueza cotidiana del capital, se revelan impotentes, inútiles, ineficaces 
para medir la magnitud de lo ocurrido, porque la noción de PIB no basta, porque 
los miles de millones de dólares que se perdieron durante la interrupción global 
del capitalismo tampoco dan cuenta de lo que verdaderamente ocurrió. El PIB es 
un buen simulacro cuando todo está en orden y dentro de las prescripciones del 
capital, empero, cuando la indeterminación y la incertidumbre se convierten en 
la regla, el PIB sirve muy poco. 

Si durante varios meses miles de millones de seres humanos no pudieron consu¬ 
mir sino lo imprescindible, entonces el consumo ya no puede convertirse en un 
baremo confiable para determinar ni pérdidas ni ganancias. Cada día que se paró 
esa maquinaria desquició la especulación financiera, las expectativas de lucro fu¬ 
turo, y quizá la mejor metáfora fueron los precios negativos del petróleo. La peste 
era irreductible a la economía. No había cómo asumirla a través de los tradiciona¬ 
les instrumentos de contabilidad nacional. Intentar describirla, acotarla, nume¬ 
rarla, cuantificarla, se revelaba un acto de arrogancia inútil. ¿De qué valían esas 
cifras cuando eran solamente un simulacro? No había contabilidad posible para 
la peste que no sea aquella de los muertos, los sobrevivientes, los contagiados, los 
amenazados. Cuando la peste remitió, el mundo tuvo que revivir los simulacros. 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


pero sabiendo que eran simulacros. Que el PIB era una simulación que media 
cualquier cosa menos lo necesario para la sociedad. 

Empero, ahi subyace un proceso necesario de definir con más precisión y rigor, el 
indicador del PIB demostró su irrelevancia por la forma de su construcción que, a 
su vez, tiene relación con la estructura epistemológica que lo sostiene. El PIB solo 
muestra un lado de la economía, aquel de la producción global de bienes y servicios, 
pero no la cantidad de dinero, a través del crédito, que fue necesario para crearla. 
Y no lo muestra porque el crédito ha sido separado radicalmente de la producción 
por la economía neoclásica, que aísla la economía real (o productiva) de la econo¬ 
mía monetaria. Ese procedimiento teórico lo denominan: neutralidad monetaria. 

Para comprender la riqueza real del mundo se necesitan de los valores tanto de 
la producción real cuanto del crédito mundial. El problema está en que el crédito 
mundial está manejado exclusivamente por bancos privados que han utilizado 
una parte del crédito de la producción para destinarlo a la especulación financie¬ 
ra. Es por eso que las cifras no cuadran. Se habla de miles de millones de dólares 
de pérdidas, pero son pérdidas que integran tanto la producción real cuanto el 
crédito que necesitó esa producción. El silencio y la oscuridad sobre esas cifras 
corresponde al hecho que los bancos no quieren transparentar cuánto dinero han 
expuesto en sus juegos especulativos. Cuánto crédito han destinado para la eco¬ 
nomía de casino y cuánto para la economía real. Y no quieren transparentar esas 
cifras porque no quieren saber nada de regulación, control y rendición de cuen¬ 
tas. Cuando el PIB incorpore en sus cifras aquellas del crédito para la producción, 
quizá tengamos una aproximación de la magnitud de la riqueza mundial. 


Ante lo absoluto emergen los límites 

Llevados al límite los absolutos imponen sus términos. En nuestra vida no hay 
absolutos. Hacemos todo lo posible por construir una brújula que nos dé certezas, 
que nos defina y concentre el caos del mundo dentro de lo previsible de la coti¬ 
dianidad. Tenemos espacio para lo fasto y lo nefasto. Lo impredecible asusta. Por 
ello ante lo nuevo siempre dudamos. Nietzsche decía que “comprendemos lo an¬ 
tiguo y estamos muy lejos de ser suficientemente fuertes para lo nuevo” (Nietzs¬ 
che E., La voluntad de poder, Edaf, Madrid, 2000, p. 73). Siempre buscamos 
certezas, aunque sepamos que es un artificio, o un puro simulacro. Buscamos cer¬ 
tezas afectivas cuando sabemos de lo inestable y pantanoso que es su contextura. 
Certezas económicas cuando a diario tenemos una espada de Damocles sobre el 
pan que llevamos a casa. Certezas de vida para nosotros y los que amamos cuando 




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Pablo Dávalos 


sabemos lo frágil que es la vida. Empero de ello no hay absolutos en nuestro dia¬ 
rio convivir. No estamos para eso. Vivimos de lo contingente y en la contingencia. 
Hacemos del accidente, condición de suficiencia para el mundo. 

No obstante, la peste nos pone frente al espejo de lo absoluto y no queremos reco¬ 
nocer el reflejo de ese espejo, por numinoso, por monstruoso. La peste ha trasgredi¬ 
do las certezas. Ha abolido las determinaciones de lo decidible. Nos demuestra tal 
cual somos. Camus decía que en la peste emerge lo más profundo del alma humana 
y que ese espectáculo es desolador. Somos eso, somos la construcción de un siste¬ 
ma social e histórico que apostó al egoísmo y nos cortó todo lazo de solidaridad con 
nuestra propia sociedad, con nuestra propia historia, incluso con nosotros mismos. 

Pero el absoluto está ahí, nos reclama, nos pone al filo del abismo. Quizá veamos a 
la peste a través de la mediación de los demás hasta que golpea a nuestra puerta y 
sabemos que ahora es nuestro turno. Ahí emerge lo absoluto. Ahí emergen las prio¬ 
ridades fundamentales. Ante el absoluto de la peste, solo podemos oponer el abso¬ 
luto de la vida, el absoluto de las únicas certezas que tenemos y que, generalmente, 
son afectivas. No son económicas porque lo económico es contingencia. Aferrarse 
a lo contingente cuando el absoluto llama a la puerta se revela ridículo, grotesco. 
Sin que nos hayamos propuesto, nos convertimos en seres reflexivos. Constatamos 
y evaluamos. Ponemos en la balanza lo necesario (la vida) y lo contingente (lo eco¬ 
nómico). Y eso nos da una perspectiva que nunca antes habíamos utilizado. Quizá 
porque el encuentro con lo absoluto nos exige en nuestra condición un límite al que 
siempre soslayamos. Y ahora sabemos lo frágil que es. Lo vulnerables que somos. 

El tiempo se ha suspendido. La maquinaria del capital se ha reducido al mínimo. 
Ante el espejo de lo real emerge lo numinoso. Pero emerge también un tiempo 
que, por vez primera, nos pertenece. Al suspenderse el tiempo del capital, nos 
quedamos al socaire y nos enfrentamos a un tiempo que, por fin, es nuestro. Y 
no sabemos qué hacer con él. Nos aburre. Nos abruma. Contamos los días, como 
los condenados en su celda, para que la peste remita y poder vivir nuevamente 
en el tiempo del capital, el único tiempo en el que nos reconocemos. Pero ahora 
somos presos de nosotros mismos. Estamos ahí, ante un tiempo que discurre ante 
nosotros y dentro de nosotros. Poco a poco, empezamos a comprender, por los 
intersticios de ese tiempo, que quizá podamos hacer cosas que nada tienen que 
ver ni con el tiempo del capital ni con el tiempo del espectáculo. 

Y lo primero quizá sea confrontarnos a nosotros mismos. Es la primera vez que 
podemos hacer eso sin la mediación del tiempo del capital. El espejo está ahí. Nos 
devuelve no solo un rostro sino también una circunstancia. No es el reflejo instan- 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


táneo para acomodar la máscara. Ya no son necesarias esas máscaras. En el espe¬ 
jo está un ser humano transido de su condición y que ahora, gracias a la peste, se 
sabe frágilmente mortal. Se asume que cualquier momento puede ser el último. 
Un ser humano que ya no posa frente al espejo porque, finalmente, sabe que es 
inútil. Es el encuentro con una mirada que viene desde el fondo de cada uno de 
nosotros y que interpela al presente por las dudas fundamentales del futuro. Ahí, 
en esa duda, nace la posibilidad de un tiempo sin máscaras y sin simulacros. 


Y sin ese ruido de fondo, quizá era necesario 

empezar a pensar 

Si el tiempo de la globalización mercantil se ha detenido, si emergen de pronto los 
absolutos, si entendemos lo contingente y si la peste nos lleva al filo del abismo, ¿no 
es momento entonces de repensar al tiempo? ¿de recuperarlo para nosotros? ¿de 
construir otro sentido de tiempo social? Quizá P. Lafargue y E. Schiller tenían razón 
después de todo: necesitamos un derecho a la pereza, necesitamos una ética del 
juego. Schiller decía que solo en el juego los seres humanos somos plenamente hu¬ 
manos. Quizá la peste nos permita una apertura hacia algo que siempre estuvo ahí 
pero no podíamos inscribirlo en el horizonte de posibilidades: salir del ethos capita¬ 
lista del tiempo y construir una sociedad del tiempo libre y de seres humanos libres. 

La peste nos obligó a recluirnos en nuestro espacio. Nos liberó, relativamente, de 
la carga del tiempo del trabajo. Ene una especie de huelga general universal. Si 
bien es cierto que millones de seres humanos trabajaron en el aprovisionamiento, 
en el cuidado, en la distribución, entre otros aspectos, también es cierto que el 
tiempo del capital se detuvo. Avenidas y bulevares silenciosos y sin transeúntes. 
Centros comerciales detenidos. Líneas enteras de producción detenidas. El co¬ 
mercio mundial interrumpido. Bolsas de valores que empezaron a especular en el 
vacío. Sistemas políticos rebasados por las circunstancias. Líderes políticos que 
se contagiaron o que, incluso, murieron. 

En ese ambiente, tuvimos que reconocer que eran circunstancias únicas, inéditas. 
Cualquiera que haya sido nuestra condición de aislamiento y cuarentena, pero en 
esa oportunidad tuvimos que escucharnos a nosotros mismos sin el fárrago del 
ruido del capital como mediación y fondo. Es cierto que todos estábamos preo¬ 
cupados por nuestro trabajo, por nuestros ingresos, por nuestro futuro y por la 
realización de nuestras expectativas, pero también es cierto que la prioridad en 
esas circunstancias fue cuidar y proteger a los que amamos y a nosotros mismos. 
Quizá para otra oportunidad se pueda pensar en lo contingente. Pero en ese tiem- 




53 


Pablo Dávalos 


po que la naturaleza nos había regalado podíamos situar otras formas de ser en el 
mundo, y una de ellas tenía que ver, precisamente, con la pregunta por ese ser en 
el mundo. Sin darnos cuenta, nos volvimos ontológicos. 


Lo esencial debe ser visible para los ojos 

¿Qué es el tiempo sin la determinación contingente del capital? En ese intersticio se 
puede vislumbrar una otredad a aquella de lo real. ¿Qué mundo queremos construir 
cuando la peste remita? Hay algunas intuiciones básicas. La primera es aquella de 
comprender la contingencia y separarla de la necesidad: los mercados, el capitalis¬ 
mo, la productividad, la competitividad, la austeridad, son contingencias. La vida, 
la salud, los afectos, los desafectos, son las coordenadas que definen lo necesario. 

Lo que asombra es que son tópicos y parten de la lógica de Perogrullo. Pero, ¿qué 
mundo se construyó en el cual lo más simple, elemental y básico se convirtió en 
subversivo, irreverente y radical? Lo necesario, lo fundamental, lo trascendente, 
en la era neoliberal, aterrizó en los textos de autoayuda. Era en ese espesor banal 
de esa sub-literatura que acogió los valores que nos definen como humanos. Pero 
se trasfiguraron. Adoptaron una dimensión grotesca. La autoayuda se reveló una 
especie de inmunización de lo humano y lo social. En esos textos, la axiología y 
la ética se transformaban en la ideología que el capital necesitaba: ayúdate a ti 
mismo que tú puedes, estás solo en el mundo, pero el universo se eonfabula para 
que cumplas tus sueños, eonfia en tus habilidades y serás una persona de éxito, 
son tus represiones lo que te impiden aleanzar el éxito, pero lo puedes lograr, 
mira todos los que han podido haeerlo porque sabían eómo haeerlo, solo nece¬ 
sitas eonfiar en ti mismo... La autoayuda convertía la solidaridad en pedazos de 
sociedad y vendía placebos ideológicos. 

Convencía en la pertinencia de la ideología del éxito individual. Pero en esa tras- 
gresión subyacía la necesidad social por una dimensión ética que el neolibera- 
lismo y la maquinaria del capital habían destrozado. Habíamos relegado, como 
sociedad, esa sub-literatura, por su banalidad, por su conformismo, por aparente 
insignificancia, a una esquina permitida, pero por fuera de toda reflexión seria, 
profunda, consistente. 

Por supuesto que sabíamos que lo esencial es invisible para los ojos, de hecho 
siempre lo hemos sabido, pero también sabíamos que la maquinaria del capital 
no perdona los descuidos y necesita que se crea en sus prescripciones con la fe 
del carbonero. Eue la peste la que nos obligó a mirar lo esencial y hacerlo visible 




54 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


para los ojos. Y cuando lo vimos, descubrimos un rostro en el espejo que se pa¬ 
recía mucho a nuestro rostro, pero costó mucho reconocerlo. ¿Cómo recuperar, 
entonces, lo necesario, lo humano, lo esencial, sin caer en lo banal y el tópico? 
La peste ameritaba su propia ética. Su propia moral. 


¿Éxito? No, gracias 

¿Qué es el éxito? ¿Existe realmente? Desde la perspectiva de la peste emerge 
una comprensión que puede transformarse en lucidez. En ese breve instante de 
la historia en el que la peste encerró al mundo bajo su dominio, se vivió en si¬ 
tuaciones limites. Y fue ahí, en esos límites, que muchos referentes aparecieron 
desnudos de ideología y, verlos de esa manera, fue grotesco. Como si al derretir¬ 
se ese espeso maquillaje apareciese un rostro irreconocible por monstruoso. De 
esas caricaturas grotescas, como un carnaval de sombras, que emergió desde la 
peste, quizá aquella que hacía referencia al “éxito” se reveló como la más irreal. 
Si la autoayuda se convertía en la metafísica del éxito, con sus fórmulas, sus tó¬ 
picos, sus certezas, sus arcanos, sus pronósticos, el éxito, en cambio, se revelaba 
en todo su vacío. Zizek lo habría llamado “significante vacío”. 

El éxito que se pregona tiene como materia prima el fracaso de los demás (preci¬ 
samente de aquellos que compran y leen los textos de autoa5aida). Para construir 
el éxito de una persona se necesita del fracaso de miles. Así, la ideología del éxito 
no es ética porque nos convierte en medios, en materia prima. Nuestro fracaso 
es la determinación y condición de existencia para el éxito de otro. Donde hay un 
triunfador hay miles de fracasados. Es una dialéctica perversa. Un juego de suma 
nula. La construcción del éxito implica la construcción de su distancia con el fra¬ 
caso. Y los fracasados, como los Buendía de Macondo, no tienen una segunda 
oportunidad sobre la Tierra. 

Pero en una situación límite, cuando la pandemia nos recluyó, y nos constató en 
lo más frágil de nuestra humana condición, pudo constatarse que el “éxito”, al me¬ 
nos en esos términos, efectivamente es un concepto vacío. Que nunca existió nada 
parecido en la contextura real de la sociedad. Que el sacrificio al que apelaba y los 
signos que investía, solamente eran el simulacro de ese vacío. No había ni éxito ni 
fracaso ante la peste. Habían seres humanos arrinconados, temblando de existen¬ 
cia y aferrados a toda esperanza posible. Con la ilusión que la peste remita para 
volver a lo de siempre. Sísifos que olvidaron que aquella roca y esa montaña eran 
un suplicio, no un deber. Émulos de Tántalo que no sabían que luchar por el éxito 
implicaba ya el fracaso. Pero ahí, en esa suspensión temporal del tiempo del capi- 




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Pablo Dávalos 


tal, tuvimos la posibilidad de pensar que aquello que se nos habia inculcado como 
éxito quizá debería tener otra contextura. Que eran los médicos los que tenian éxito 
cuando lograban recuperar a los enfermos de la peste. Que eran las sociedades las 
que lograban el éxito al detener a la pandemia. Un éxito sin fracasos. Un éxito en 
el cual o ganábamos todos, o todos perdíamos. Que solamente era el resultado del 
sacrificio y el esfuerzo; de la responsabilidad y el compromiso. Un éxito sin exclu¬ 
siones y que estaba conformado por el compromiso con la condición humana. 

Todos estuvimos expuestos al virus y la posibilidad de contagio fue real para todos. 
Hubo una especie de democracia viral que tuvo un efecto de aprendizaje impor¬ 
tante. Por supuesto que la clase obrera pagó su tributo en vidas. También cayeron 
bajo el flagelo muchos profesionales de la salud. Pero el virus también atacó a la 
burguesía, a los inversionistas, a los políticos. Actores famosos, obreros, desocu¬ 
pados y migrantes, cayeron bajo el radar del virus. Por eso, la peste tuvo un marco 
de enseñanza para la analítica existencial de los individuos modernos, como pocas 
veces sucede. Al trasluz de esa lección, muchas nociones pierden su ropaje ideoló¬ 
gico y solamente aparece un vacío. Como nociones ideológicas a su interior podían 
caber todos los sentidos imaginables. 

La noción de “éxito” y su falsa dialéctica con aquella del “fracaso”, perdió toda efi¬ 
cacia ideológica en un mundo transido por la angustia y confrontado a su propia 
existencia. El éxito y su correlato, el fracaso, se convertían en simples dispositivos 
ideológicos hechos desde el poder. Pero emergieron otros significantes que nos 
permitieron recuperar el sentido original de muchas palabras. A futuro, cuando 
hablemos de una persona de éxito, pensemos en ese profesional de la salud que 
lo arriesgó todo, incluso su vida, para salvarnos, y cuando lo logró, se convirtió en 
una persona de éxito. Porque su fracaso era también el nuestro. Ese aprendiza¬ 
je no puede perderse luego de la peste. El sacrificio realizado debe servirnos para 
comprender de mejor manera el mundo en el que vivimos y la sociedad que coti¬ 
dianamente creamos. Pero hay que advertir que esa noción alienada de “éxito” y 
su dialéctica con el fracaso, está vinculada con otra noción ideológica y, asimismo, 
vacía: el homo economicus. La piedra angular de la economía moderna. Al trasluz 
de la peste, esta noción también revela su inconsistencia y su condición de absurdo. 


La soledad del homo economicus 


Los seres humanos somos complejos, contradictorios, pasionales y, muchas ve¬ 
ces, incongruentes incluso con nosotros mismos. De lo divino a lo profano a veces 
solo media una intención. Sin embargo, para la economía moderna, esa comple- 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


jidad de lo humano desaparece. En sus marcos analíticos, los seres humanos nos 
convertimos en frías máquinas de cálculo egoísta, en las cuales ha desaparecido 
toda pasión y com-pasión. Máquinas previsibles. Instrumentos ciegos de una ló¬ 
gica determinada por el costo-beneficio. Inmunes a los desvarios de la humana 
condición, la teoría económica moderna crea una hipótesis quizá racional pero 
totalmente equívoca. 

Para la teoría económica, los consumidores tienen un comportamiento pre-esta- 
blecido. Su egoísmo lo lleva a buscar una satisfacción que oscila entre el hedonis¬ 
mo y el deseo mimético (lo quiero porque tú también lo quieres). Para la teoría 
del consumidor moderno, esa máquina que maximiza las circunstancias que lo 
rodean sin tomar en cuenta a nada ni nadie, se resume en la teoría del homo eco- 
nomicus. Gracias a esa hipótesis se han construido modelos de comportamiento 
cada vez más complejos y que incorporan las matemáticas de los modelos neuro- 
nales hasta la teoría de juegos. Como construcción teórica quizá aparezca elegan¬ 
te, aunque epistemológicamente sea defectuosa. 

Pero la peste, otra vez, puso las cosas en su sitio. ¿Qué piensa el homo econo- 
micus ante la peste? ¿Cómo reaccionaría en tanto homo economicus y en tanto 
comportamiento predecible? Se trata de cuestiones absurdas, porque la hipótesis 
del homo economicus también es absurda. Ante la peste, no hay y no puede haber 
ningún comportamiento ni estratégico ni hedonista, porque aquello que subya¬ 
ce, en esas circunstancias, es el miedo más primario de defender la vida, tanto 
la propia cuanto la de aquellos que amamos. No hay marco teórico posible para 
situar coordenadas mínimamente coherentes de una economía de la peste. Por 
supuesto que hubo quienes lucraron de ella. Por supuesto que existieron quienes 
la traficaron y quienes buscaron aprovechar circunstancias tan únicas. Pero son 
aspectos externos a la peste. Son comportamientos de ocasión. 

No hay, nunca hubo homo economicus, y la peste lo puso en evidencia. Al llegar 
a los límites, ahí cuando se constata lo verdaderamente humano, en ese territorio 
no había posibilidad alguna de que una hipótesis tan descabellada como el homo 
economicus tenga algún sentido. Es una construcción ideológica para sostener la 
irracionalidad del sistema. La peste alumbra de otro modo circunstancias que, 
de ordinario, permanecen en la sombra. Si se retorna a la hipótesis del homo 
economicus será esta vez desde el simulacro y el cinismo. Significa que habremos 
aprendido muy poco. Pero si se evacúa la hipótesis del homo economicus, todo 
el edificio conceptual que se construyó desde esas bases se desmorona, como un 
Golem de pies de barro. Si ese discurso se desmorona, cae con él toda la discur- 
sividad de la maquinaria económica. Salvar al homo economicus se convierte en 




57 


Pablo Dávalos 


condición de posibilidad para mantener la consistencia de un discurso politico, 
que tiene poco de científico y mucho de hegemónico. Pero se hizo tan normal pen¬ 
sar que el homo economicus existía de verdad, hasta que vino la peste y demostró 
que el rey estaba desnudo. 


Nada hay más peligroso que la normalidad 

La situación límite tiene un recurso heurístico valioso. En las situaciones límites 
las coordenadas de lo normal se alteran. La peste fue una situación límite. Alteró 
todas las coordenadas de lo previsible, de lo cierto, de lo establecido de lo decidí- 
ble. Al transformarlas, el mundo, nuestro mundo, se hizo irreconocible. Podemos 
regresar a ver la normalidad de lo existente y, paradójicamente, aparece extra¬ 
ña. Nos asombra que hayamos vivido en esa normalidad y sus incongruencias. 
¿Era normal acaso que la enfermedad se haya convertido en una mercancía y 
que mientras más enfermos mejor? ¿Era normal pensar que el homo economi¬ 
cus existía de verdad? ¿Es normal que cuando finalmente tenemos tiempo para 
nosotros no sabemos qué hacer con él? ¿Era normal que se haya visto la muerte 
de miles de ancianos ante la peste como un eventual mecanismo de recuperación 
económica? Cuando veíamos complacidos las cifras de millones de dólares por 
un jugador de fútbol ¿por qué nos parecía normal una circunstancia como esa? 

En las Tesis de la Historia Walter Benjamín escribía que la utopía debía servirnos 
para iluminar aquello que debe ser destruido. La situación límite ilumina con una 
faz diferente aquello que siempre fue el escenario de nuestros propios simulacros. 
Pero ahora los advertimos de esa manera, como escenarios, y como simulacio¬ 
nes. En ese tiempo que se instilaba y transcurría durante el confinamiento, la 
situación límite emergía y cuestionaba lo existente. Si se entraba en el radar de la 
peste, el mundo adquiría, definitivamente, otra contextura. 

Pero quizá necesitemos de otras experiencias humanas para iluminarlas. En 
situaciones límite quizá haya que apelar a otras parecidas para comprender la 
contextura de aquello que vivimos y extraer sus conclusiones. Primo Levi cuenta 
que en el Lager, quizá el límite de todos los límites, también había su cotidiani¬ 
dad, sus códigos, sus referentes, sus normas no escritas. En el Lager, cuando el 
hambre corroía desde dentro la humana condición y la doblegaba al extremo de 
suspenderla, textualmente entre la vida y la muerte (los llamaban “musulmanes” 
a aquellos que no se sabía si estaban vivos o muertos), la moneda de transacción 
del Lager eran los mendrugos de pan o el tabaco. De esa “moneda” dependía, 
literalmente, la vida. Así, el Lager iluminaba de otra manera la política moneta- 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


ria del universo concentracionario. Lo paradójico es que el lager tenía su propia 
cotidianidad, su propio ritmo, su propia normalidad. Esa moneda del lager tenía, 
por increíble que parezca, sus propias leyes de oferta y demanda. Sus “efectos 
multiplicadores”, su “elasticidad monetaria”. La “economía” del lager se inscribía 
y se naturalizaba dentro de lo cotidiano. 

Es impresionante el poder que tiene lo cotidiano de absorber dentro de sus coor¬ 
denadas las situaciones más absurdas, grotescas e inimaginables. Los testimonios 
de la cotidianidad del gulag también son asombrosos. Se puede vivir, incluso en 
el cadalso. Mutatis mutandis, la peste también nos permite iluminar esas zonas 
de confort, esos espacios de simulación cotidiana, esas carencias absolutas que se 
llenan con placebos. Esos discursos que encubrían situaciones que habrían debi¬ 
do suscitar indignación pero que terminaban por normalizarse. Einalmente, ter¬ 
minábamos votando por esos indignos, y las contradicciones del mundo se sos¬ 
tenían sobre nuestra silente complacencia e indiferencia. En el lager el absurdo 
cobró carta de naturalización. El mal radical lo naturalizó y lo inscribió dentro de 
lo cotidiano. Es eso justamente lo que debe ser iluminado y puesto en evidencia. 

Esa construcción de la normalidad, de la cotidianidad, que detrás de su banalidad 
encubría un sistema absurdo, ameritaba al menos una deconstrucción, una pues¬ 
ta en alerta. Porque era absurdo que se debiliten los sistemas de salud pública, y 
más absurdo aún que los enfermos de la peste no hayan podido ser atendidos por 
ese sistema de salud porque no tenían seguro que les cubra. Era absurdo que se 
cuestione la ayuda humanitaria de otros países, o que los países empiecen la reba¬ 
tiña por insumos médicos para la peste, cuando un mínimo de coordinación era 
más que suficiente. Era absurdo que el Presidente de la potencia capitalista más 
importante del mundo, haya recomendado a sus ciudadanos tomar detergente 
de cocina para combatir la pandemia. Era absurdo emprender acciones legales 
contra un país acusándolo de ser el causante de la peste. También era absurdo 
acusarse mutuamente al tenor de la teoría de la conspiración. Pero todas esas 
situaciones se produjeron. Y se inscribieron dentro de la normalidad, de la coti¬ 
dianidad. 

Sí, definitivamente, Brecht nos decía que nada hay más peligroso que la norma¬ 
lidad, y tenía razón. Cuando sentimos que no podíamos caber dentro de esa nor¬ 
malidad, comprendimos que se trataba de una impostación. Habíamos cedido 
demasiado a un mundo absurdo. Habíamos tapiado puertas y ventanas para evi¬ 
tar que entre la luz y nos permita ver la realidad del mundo y de nuestra cotidia¬ 
nidad. En esa apertura momentánea que produjo la peste, comprendimos que 
la normalidad del mundo era demasiado peligrosa. Sin embargo, era la primera 




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Pablo Dávalos 


vez que podíamos visualizar ese fenómeno de manera global. Lo cotidiano, en la 
globalización, está transido de esquizofrenia. No estaban descaminados Deleuze 
y Guattari cuando relacionaban capitalismo y esquizofrenia. La normalidad del 
capital era aquella del esquizo. 


Una necesidad de ontología para ratificarnos 

en el mundo 

Es paradójico que una de las reflexiones fllosóflcas más potentes del siglo XX 
la haya hecho un filósofo partidario del nazismo. Alguna vez dijo que ello fue 
una gran equivocación pero no por eso dejó de pagar puntualmente sus cuotas 
al partido nazi hasta el Anal de la guerra. Ese filósofo es Martin Heidegger. En su 
reflexión rescata a la ontología de la teología y de la metafísica para convertirla 
en una analítica de la existencia del individuo moderno. Para Heidegger, el indi¬ 
viduo moderno es un ser que ha caído en el mundo, está ahí, en el mundo, que se 
le presenta “ante los ojos”. Es un Dasein (ser-ahí). Como ser-ahí en el mundo, su 
praxis cotidiana es la solicitud por y en el mundo y la cura en el mundo. Puede 
adscribirse a la noción de cura aquella de pre-ocupación, y puede ampliarse la 
analítica ontológica de la existencia hacia lo cotidiano del ser-ahí. 

Empero, en esa reflexión quizá conste la ventana ontológica para vislumbrar a los 
individuos en un contexto tan complejo como aquel de la peste, ya que esta nos 
obliga a ser ontológicos. A mirar por la ventana de la ontología y distinguir lo con¬ 
tingente de lo necesario por fuera de las determinaciones temporales del capital. 
Necesitamos de una ontología de la peste. Porque quizá necesitamos de circunstan¬ 
cias extremas y al límite para iluminar aquello que hemos construido hasta ahora. 

En esa ontología y en esa analítica de lo existente, somos en el mundo de forma 
ontológica. Somos una presencia (parousia) que constata su existencia a través 
de la construcción de ser en el mundo. Pero esas coordenadas del mundo se nos 
han escapado. A la ontología de la presencia metafísica del ser en el mundo (Da¬ 
sein) quizá deberíamos también incorporar, como un vector, la alienación del 
Dasein. El Dasein es y está en el mundo, lo crea mundo, pero ese mundo no le 
pertenece. Quizá nace de ahí la angustia del Dasein. No siente en absoluto que 
aquello que ha creado sea parte de su propia creación. 

Hemos construido la globalización. De grado o por fuerza, todos hemos participa¬ 
do en su conformación. Pero sentimos a la globalización fuera de nosotros. Como 
un proceso que nunca nos ha pertenecido. Como algo que está ahí fuera de núes- 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


tra cotidianidad. Pero la analitica de la existencia nos demuestra que nuestra co¬ 
tidianidad es ontológica, porque construye el ser en el mundo. Es la peste la que 
ahora nos permite comprender la globalización, pero la miramos de otra manera. 
Fuimos nosotros el vector de la peste. Fuimos nosotros la que lo llevamos a todas 
partes del mundo. La peste nos reveló la forma por la cual la globalización, ese ser 
en el mundo, existe y persiste a través nuestro. Vemos lo que pasa en la Lombar- 
dia y nos sobrecoge. Las caravanas de camiones militares llevando los cadáveres 
de la peste son abrumadores. Pero fue también abrumador lo que pasó en New 
York, y ahora sentimos a la ciudad de Guayaquil como parte de una heurística del 
terror que provocó la peste. Sus cadáveres en la calle nos impelen a considerar al 
mundo de la peste bajo una dimensión ontológica: finalmente somos el mundo, 
somos la globalización. La peste nos ha devuelto esa dimensión ontológica que no 
sentiamos de ninguna manera antes de su presencia. 


Y ese espacio de tan cotidiano, se nos hizo extraño 

La peste y sus protocolos nos encerraron dentro de un espacio que, al menos 
teóricamente, era nuestro ¿Cómo son nuestros hogares? ¿Cómo es su geografía? 
¿Qué aspectos tiene esa topología de lo cotidiano que en tiempos de aislamiento 
se nos presentó incluso como algo extraño? Y la primera constatación es que ese 
espacio tan nuestro, en realidad quizá nunca lo fue. Nunca se convirtió en el refu¬ 
gio que esperábamos que fuese en medio de la tormenta. Lo tuvimos que re-cons- 
truir como quien improvisa. La arquitectura de ese espacio, su distribución topo- 
lógica, quizá estuvo bien cuando nuestra vida se desarrollaba básicamente fuera 
de él, pero ahora que todas nuestras preocupaciones se concentran y se definen 
desde ese espacio, hemos comprendido que esa arquitectura no era convivial ni 
con nosotros, ni con el sentido de refugio al que apelábamos y que necesitábamos. 

Las comodidades, en el supuesto que podamos hablar de ellas en un mundo tran¬ 
sido por la escasez y la pobreza, quizá eran artilugios que se adscribían más al 
fetichismo de la mercancía que a nuestra necesidad de convertir a ese espacio 
en una dimensión más de nuestra ontología. No había ninguna ontología en esa 
topología. Eran espacios vacíos de humanidad. Desoladores a veces. Quizá con 
excepciones, pero se nos hizo muy dificil el tele-trabajo, la tele-educación, en esas 
circunstancias. Incluso la convivencia se demostró problemática. Poco a poco, 
estuvimos ante el imperativo de transformar esos hogares no en espacios de pre¬ 
sencia esporádica, sino en espacios permanentes y tuvimos que luchar contra la 
normalidad del espacio, la persistencia de una decoración a veces absurda y una 
cotidianidad incongruente. Así, la decoración de nuestro espacio partía de una 




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Pablo Dávalos 


estética del alejamiento, no de aquella de la presencia. Era una decoración sin 
utilidad alguna, incluso para un mínimo de disfrute estético, porque partía y se 
estructuraba desde la alienación de la mercancía. 

Había un despliegue de cosas para crear un efecto demostración sobre los demás, 
pero no sobre nosotros mismos. Y cuando ese espacio tenía que convertirse en re¬ 
fugio ante la peste, pudimos comprender que habíamos construido espacios más 
en función de la distancia que en función de nuestro ser en el mundo. Tuvimos 
que improvisar espacios sociales para la educación de los niños, y los jóvenes, y 
también para nuestro trabajo, y nuestra relación con las redes sociales. 

La peste, al recluirnos, nos hizo comprender que necesitamos una arquitectura 
más humana, más coherente con nuestras necesidades vitales. Una distribución 
del espacio, por pequeño que este sea, más acorde al mundo que vivimos. Los 
situacionistas tenían ñnalmente razón cuando criticaban la arquitectura y el ur¬ 
banismo de la modernidad y la acusaban de construir máquinas panópticas, uti¬ 
litarias y despiadadas. 

Comprendimos, gracias a la peste, que habíamos transformado el espacio más 
importante de nuestra vida, en algo ajeno. Quizá para el reposo y algún tiempo 
con la familia, pero todas nuestras expectativas estaban por fuera de sus fronte¬ 
ras. Los amigos, el trabajo, el deporte, la socialización, la diversión, en ñn, todo 
ello no estaba precisamente contenido ni inscrito en las dimensiones de nuestro 
espacio más cotidiano. Para ejercernos como seres sociales necesitábamos salir 
de esas coordenadas. Empero, hay millones de personas que ni siquiera tienen 
ese espacio. Que tienen que insistir en socializarse desde la calle. Ellos son la car¬ 
ne de cañón del sistema. Para ellos no hay arquitectura, no hay estética de la vida. 
Las preocupaciones de cómo articular la topología de lo cotidiano en momentos 
de peste se convierten en cruel ironía. Hacinamiento, falta de servicios básicos, 
violencia, en ñn, el mundo de su vida era ya la presencia cotidiana de otra peste, a 
la cual rendían todo el tiempo sus víctimas, aquella del neoliberalismo. 


Tiempos de codicia, tiempos de rebatiña, 
tiempos contradictorios 

¿Sálvese quien pueda? Tiempo de codicia. Tiempo de preocupación. Tiempo de 
angustia. También de generosidad. La peste tensionó al extremo aquello que en 
el siglo XX se denominó “geopolítica” y que tenía relación con la dominación 
política de una sociedad, la norteamericana, sobre el resto del mundo. Una so- 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


ciedad que impuso sus propias ideas, como las ideas dominantes. Al tensionar la 
geopolítica, acusó la necesidad de encontrar argumentos más allá de toda legali¬ 
dad posible y encontrar la necesidad de la sobrevivencia. La peste fue global, pero 
constató la inexistencia de un actor hegemónico. Un puesto vacío que tensionó a 
toda la arquitectura institucional que se había creado hasta ese entonces y que se 
había construido desde la presencia hegemónica de EEUU. 

En geopolítica no son compatibles las nociones de ausencia y hegemonía. Alguien 
siempre tiene que ejercerla. Sin un liderazgo global, con países que hacían lo que 
podían, con sistemas políticos rebasados por las circunstancias y descubiertos 
en sus simulacros, con políticos que pretendían ser globales, pero la crisis los 
demostró en su provincianismo, la pandemia demostró que la geopolítica había 
sido también un simulacro, que las construcciones institucionales de acuerdos de 
integración entre varios países estaban tenuemente soldados, y que otro huracán 
podía hacerlos estallar por los aires. En medio de la crisis sanitaria global, la po¬ 
tencia mundial hegemónica, EEUU, se dedicó a la rebatiña de insumos médicos 
para su población, planeó una invasión militar a otro país y recortó sus aportes a 
la QMS, en los momentos más críticos de la pandemia. Nunca se apeló a las insti¬ 
tuciones existentes: el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, por ejemplo. 

La Unión Europea, la apuesta más importante de integración política regional del 
mundo, empezó a dudar entre defender su contextura comercial y neoliberal o de¬ 
dicarse a asumir en serio aquello que alguna vez Monet llamaba la Europa Social. 
Lo mismo sucedió con otras instituciones supranacionales como Unasur, o la OEA. 
En realidad, emergieron los comportamientos estratégicos de países que se refu¬ 
giaban en sí mismos y se negaron a utilizar cualquier marco supranacional para 
confrontar la peste. En América Latina, toda la arquitectura institucional que se 
construyó en la década anterior: Unasur, Alba, Celac, entre otras, también fue in¬ 
oficiosa e inoperante. La peste demostró que no había ningún marco supranacional 
consistente, al menos para resolver un problema tan concreto como la pandemia. 
Que toda la arquitectura internacional creada no servía para mucho en esas cir¬ 
cunstancias. Incluso la institución más importante en esa coyuntura, la QMS, fue 
objeto de disputa y confrontación. El mundo vivió sus peores momentos de integra¬ 
ción suprarregional. En realidad, esa arquitectura había sido construida en función 
de las necesidades geopolíticas de la potencia dominante y sus pragmáticos intere¬ 
ses mercantiles. Su declive implicó la caída de esos acuerdos y de esa geopolítica. 

Médicos cubanos fueron recibidos por autoridades italianas que semanas antes 
habían apoyado el bloqueo a ese país. China y Rusia enviaban a5aida humanitaria 
incluso a EEUU y disputaban la simbología pertinente del estatuto hegemónico, a 




63 


Pablo Dávalos 


pesar de las sanciones que EEUU les había impuesto. El Eoro de Davos, el Gy, el 
G20, y muchos espacios de la geopolítica hicieron mutis en el foro. Definitivamente, 
fue un escenario que cambió las fichas en el tablero de ajedrez de la hegemonía. Los 
marcos institucionales y supranacionales que podían haber a5aidado a compartir 
información y recursos, a evitar la duplicación de esfuerzos, a generar salidas comu¬ 
nes, simplemente no existieron. La peste demostró que la arquitectura que se había 
creado eran literalmente instancias ad hoc, cuyo rol realmente había sido impedir la 
conformación de una arquitectura internacional más sólida, más coherente. 

El mundo, tendrá que construir a futuro marcos institucionales más sólidos y que 
no dependan de la coyuntura. En medio de la pandemia, muchos países empeza¬ 
ron a acusar a otros, en especial a China, el supuesto lugar de origen del covid-19, 
como el responsable de la peste. No era ni el momento ni la circunstancia para 
hacerlo, pero lo hicieron. Esas acusaciones debilitaron las posibilidades de siner¬ 
gias globales para detener, atenuar y combatir la pandemia. Obligaron a los paí¬ 
ses a comportamientos defensivos. China tuvo que salir del área del dólar y, con 
esa decisión y habida cuenta de su importancia en el comercio y producción mun¬ 
dial, altera las coordenadas monetarias que se habían establecido hasta antes de 
la peste. Pero esa fue la contextura de lo que se había construido. La peste des¬ 
nudó la geopolítica. El mundo, vacío de hegemonía, empezó la construcción de 
otros contextos. Vencer a la peste se convirtió, en esos momentos, en una apuesta 
geopolítica clave. De esa apuesta surgirán las potencias dominantes del futuro. 


A pesar de todo, se persiste en el error 

¿Brexit? ¿Qué es eso? Boris Johnson, premier de Inglaterra fue una de las vícti¬ 
mas de la peste. Cuando ésta hacía estragos en varias partes del mundo, indicó 
que no cabía tomar las medidas de aislamiento porque eso pondría en riesgo la 
economía del país. Semanas después estaba en terapia intensiva por el coronavi- 
rus. Johnson fue uno de los políticos más proclives a la separación de Inglaterra 
de la Unión Europea. Sin embargo, los países europeos, los más devastados por la 
peste, aprenden ahora que una estrategia integrada es mucho mejor que una tác¬ 
tica individualizada. Actuar como bloque otorga más margen de maniobra, para 
contener a la peste y posibilitar la recuperación económica, que el aislamiento. 
Siempre y cuando la Comisión Europea y el Banco Central Europeo no se convier¬ 
tan en trabas para la recuperación. 

El Brexit nació desde la manipulación de la conciencia vulnerada por la globali- 
zación. Aquellas personas cuyo vínculo con su propia realidad era tan precaria 




64 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


que necesitaban buscar una víctima propiciatoria que les permita comprender 
el porqué de su precariedad en el mundo, no hicieron mucho esfuerzo para tras¬ 
ladar esa culpa al otro, al migrante, al extraño. Pero la globalización por defi¬ 
nición es el espacio del otro, es el encuentro y el desencuentro desde los otros. 
La globalización integra, de grado o por fuerza, a sociedades disímiles. Posibilita 
transferencias, migraciones, búsquedas, contactos, acercamientos, en fin, todo 
un movimiento demográfico de vastas proporciones. 

Criminalizar a los migrantes, acusarlos de ser los responsables de los efectos de 
las políticas de austeridad, apelar a cerrarse a la globalización de las personas al 
tiempo que se abre a la globalización de los capitales es incongruente, es irracio¬ 
nal. Inglaterra, ahora, sufre de soledad y aislamiento. El país que alguna vez creó 
el imperio más grande del mundo, ahora se refugia en una esquina de ese mundo 
que construyó, porque no soporta tanta realidad. Ahora, desde esa esquina, com¬ 
prende que el Brexit fue un error. 

Pero los cálculos políticos insisten y persisten en ese error. La recuperación en 
condiciones de aislamiento y soledad no son las mismas cuando se pertenece a un 
conjunto más amplio, es una verdad de Perogrullo. Si la peste obliga a reaccionar 
a la sociedad europea, si sus políticos retoman el proyecto original de la Europa 
Social de Monet y Delors, quizá haya la posibilidad de aprender del sufrimiento 
de la peste. Quizá sea la ocasión para abandonar una manera de comprender 
al mundo desde el neoliberalismo y que resulta impracticable para el futuro. El 
filósofo esloveno, S. Zizek dice que la peste le dio un golpe de gracia al capitalis¬ 
mo, y no le falta razón. Luego de la peste, retornar al neoliberalismo, a las polí¬ 
ticas de austeridad, a las injusticias del capitalismo, al parecer, no debe constar 
en las prioridades que ahora reclaman las sociedades. Pero la estructura del po¬ 
der corporativo y financiero no va a permitir de ninguna manera que el sistema 
cambie. La peste puede convertirse en una oportunidad para hacer negocios. El 
giro keynesiano es una estrategia para recomponer al capitalismo y garantizar 
la pervivencia de las corporaciones y su poder global. Se avecina, una tormenta. 
Debemos comprender que el mundo que empieza a emerger puede ser nuestro, 
si nos lo proponemos, caso contrario, ya sabemos quiénes serán sus probables 
ganadores. 





66 


Y empieza a emerger un mundo nuevo: 

La Renta Básica universal 
y sin condiciones 


En todos los informes económicos del FMI, del Banco Mundial, de la Comisión 
Europea, de la Ocde, de la Cepal, se anunciaban las consecuencias económicas de 
la peste. Todos ellos coincidian en señalar que la interrupción de la maquinaria 
capitalista traía consecuencias graves, expresadas en una caída de la economía 
global, con desempleo, pobreza, inseguridad, incertidumbre. Matices más o ma¬ 
tices menos, la situación económica post-pandemia oscilaba entre la crisis eco¬ 
nómica más aguda y la catástrofe. Se trataba de una situación hasta cierto punto 
contradictoria y paradójica porque las condiciones materiales de la producción 
de riqueza (las fuentes de energía, las materias primas, las tecnologías de la pro¬ 
ducción, las cadenas de la logística de la distribución, la infraestructura vial, etc.), 
estaban intactas, como también lo estaba intacta la fuerza de trabajo, a pesar de 
la pandemia. Se había detenido, efectivamente, la maquinaria del capitalismo por 
un tiempo relativamente breve (algunos meses) pero el grueso de su estructura 
productiva estaba ilesa. La historia daba cuenta que en los escenarios post-pan¬ 
demia las sociedades cambian y a veces esos cambios son civilizatorios. Sucedió 
con la peste negra que fue condición de posibilidad para la emergencia del Rena¬ 
cimiento. Pero es difícil aceptar que el mundo sea el mismo luego de la pandemia. 
Las sociedades han sufrido un evento traumático y retornar a las condiciones que 
lo hicieron posible no son muy factibles. A pesar del escepticismo y el pesimismo, 
pero el cambio es inminente y, además, necesario. La crisis económica podía ser 
más bien el escenario de una transición que la confirmación de una situación a 
largo plazo. Quizá sean los dolores de parto de una sociedad diferente. 

Entonces, ¿porqué la situación económica se presentó de forma tan catastrófica? 
Por supuesto que vastos sectores, sobre todo del sector servicios, sufrieron graves 
consecuencias económicas con la interrupción de la economía global, como por 
ejemplo el turismo, viajes, bares, restaurantes, cierto tipo de comercios e industrias 
(como la aviación), etc., pero eso ¿justificaba el ambiente de apocalipsis económico? 
Si las políticas de estímulo monetario se ponían en funcionamiento, como varios 
países lo anunciaron, ello habría atenuado el impacto económico de la pandemia y, 
por tanto, las expectativas a futuro. Evidentemente que la recuperación económica 
era inminente y era solo cuestión de tiempo, y que arreglos institucionales, sobre 
todo en el sector financiero, podrían aliviar a los deudores de bancos privados; en 



67 


Pablo Dávalos 


efecto, una moratoria de varios meses, sin costos de transacción ni penalidades, 
también era suficiente para crear condiciones para el remonte de la economía des¬ 
de el lado del consumidor. Seria necesario un pacto social para las utilidades cero 
para el sector financiero tal como se plantearon algunos países. 

Empero, la amenaza de la crisis era real. Nadie dudaba de su presencia. La dispu¬ 
ta estaba en su profundidad. Hubo una especie de subasta de quién apostaba por 
los valores más negativos y los escenarios más pesimistas. La crisis económica, en 
realidad, reflejaba los efectos de una distorsión de la economía que la pandemia 
puso en evidencia: el sometimiento de la economía real, o economía productiva, 
a la economía de casino o economía especulativa. Efectivamente, toda la produc¬ 
ción mundial se sujetaba al corsé de la especulación financiera. Los valores que 
se creaban desde el sector real se reflejaban en la especulación financiera para 
producir el espejismo de valores que se reflejaban a sí mismos ad infinitum. Su 
límite era la imaginación. Esa forma de adscribir lo real a lo imaginario es lo que 
se fracturó en la pandemia. Eue la esfera especulativa la que tuvo que crear los 
precios negativos para salir de sus propios laberintos. 

Pero el ambiente de pesadumbre, incertidumbre y casi apocalipsis, tenía también 
otro objetivo: demostrar al mundo que las consecuencias de haber parado la ma¬ 
quinaria del capital tendría secuelas devastadoras para todos. No tanto por sus 
efectos reales en la riqueza, sino por sus probables consecuencias políticas. Duran¬ 
te la peste, millones de personas vivieron con lo indispensable, y comprendieron 
que, relativamente, no necesitaban de lo demás. Ideas que antes estaban proscritas, 
como el decrecimiento, empezaron a adquirir otra contextura de plausibilidad. 

Entonces, no solo había que poner la maquinaria del capital en movimiento, sino 
también esa creación de necesidades artificiales que alimentaban a esa maquina¬ 
ria. El capitalismo no puede sobrevivir con seres humanos sobrios, responsables 
y solidarios. Seres frugales y con otras prioridades por fuera de la acumulación y 
el consumo ostentoso, se revelan como un peligro para la maquinaria capitalista 
que vive del despilfarro y de necesidades ficticias. El capitalismo tiene que crear 
necesidades crecientes, aunque ellas nada tengan que ver con lo que verdadera¬ 
mente se requiere. 

El capitalismo necesita de regreso a los circuitos de consumo a esos millones de 
consumidores golpeados por la peste y aislados por la cuarentena. Pero no solo 
eso, la pandemia demostró que la creación de valor está, precisamente, en los 
trabajadores. Que, en el mejor de los casos, los empresarios son una especie de 
interfaz de la producción, pero el aspecto más importante de ella siempre es el 




68 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


trabajo humano. Así, la crisis económica se debía y nacía desde la incapacidad 
de la empresa capitalista de generar mecanismos de amortiguamiento social en 
contextos de catástrofe. 

Era una maquinaria diseñada para no parar nunca. Las cifras de la catástrofe eco¬ 
nómica tenían como objetivo anular cualquier posibilidad de imaginar un mundo 
sin esa maquinaria. Impedir que una conciencia social de responsabilidad y soli¬ 
daridad se universalice y que piense en la posibilidad de crear esos mecanismos de 
amortiguamiento social. Empero, había también otro propósito en ese ambiente de 
catástrofe y apocalipsis. Se trataba, en un contexto de interrupción de los circuitos 
mundiales de la acumulación de capital, de defender la tasa de ganancia. Por medio 
de ese ambiente se obligaba a los Estados a poner en marcha la política monetaria, 
exactamente igual como se hizo durante la crisis de 2008, para proteger al capital 
corporativo. Los programas de ayuda a la producción, en realidad se convirtieron 
en recursos para despedir a trabajadores sin que las empresas tengan que poner 
recursos propios en esos despidos. También se utilizaron esos recursos para prote¬ 
gerse de las inclemencias económicas de la peste, a través de la especulación y, por 
esta vía, proteger su rentabilidad. Si esos recursos se hubiesen entregado directa¬ 
mente a los trabajadores, quizá la recuperación económica habría sido más rápida, 
más democrática, más real y de mayor alcance. 

Por eso en la sociedad, ante la situación límite que fue la peste, se hizo trans¬ 
parente la forma corporativa de la política económica, y precisamente por ello 
empezaban a surgir ideas del futuro que podría ser posible si las sociedades se 
deciden a asumir en serio el desafío de la democracia: ¿es factible otro tipo de 
consumo? ¿es tan necesario apostar todo por un crecimiento económico sin re¬ 
distribución? ¿y si separamos el empleo del capital?¿Y si la escasez, realmente no 
existe? En el contexto de la peste, emergieron ideas que ya constaban en el ima¬ 
ginario pero que las circunstancias las proyectaron con una contextura diferente, 
entre ellas la Renta básica universal y sin condiciones. Estaba en gestación un 
nuevo mundo. 


Ahí emerge algo que empieza a tener sentido: 
hay recursos para todos y la pobreza es política 

¿Cuántas veces hemos escuchado la palabra “competitividad”? Quizá demasia¬ 
das. Es un significante que se ha interiorizado en nuestra vida cotidiana. Le he¬ 
mos asignado una axiología a esa palabra: todo aquello que la limite, coaccione, 
regule o controle está mal visto. Todo aquello que la libere, tiene nuestra compla- 




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Pablo Dávalos 


cencía, nuestra aquiescencia. A nombre de la competitividad los contratos labo¬ 
rales se precarizaron, se impusieron políticas de austeridad, y se desmantelaron 
instituciones claves, entre ellas, la salud pública. Concomitante a la “competitivi¬ 
dad” estaba asociada aquella de productividad. Las cifras que se manejan al tenor 
de estos conceptos escapan a toda imaginación posible. 

Entonces surge una pregunta de sentido común, si las corporaciones han logra¬ 
do niveles tan altos de competitividad y anuncian cifras de rendimiento sobre la 
inversión realmente espectaculares y en miles de millones de dólares, porqué no 
hay empleo para todos, porqué hay cada vez más pobreza, más incertidumbre con 
respecto al futuro, ¿porqué los salarios son tan bajos? Son preguntas básicas, por 
supuesto, y que han atravesado las agendas políticas desde el populismo hasta la 
misma derecha. Inclusive el Foro de Davos se hace esas preguntas. 

Ahí subyace un fenómeno más profundo que debe ser evidenciado y que está en 
plena relación con la Renta básica universal y sin condiciones. Los indicadores 
de productividad, comercio, inversión, rentabilidad, entre otros, dan cuenta de 
sociedades que transitan hacia un escenario de post-escasez. El problema de las 
economías del siglo XXI cada vez tiene menos que ver con la producción y más 
con la redistribución. 

Los niveles de tecnificación de la producción, que ahora integran en una sola 
dinámica, técnicas de gobierno corporativo, con robotización, inteligencia arti¬ 
ficial, cadenas de valor global y mecanismos de logística y distribución de alto 
rendimiento, multiplican la creación de riqueza a niveles nunca antes vistos. Las 
economías del siglo XXI incorporan a la producción los avances de tres grandes 
dinámicas: la infotecnología, la biotecnología y la nanotecnología, de tal manera 
que su capacidad de crear riqueza es exponencial. La competitividad crea riqueza, 
pero, paradójicamente, expulsa al trabajo. Quizá puede demandar nuevos tipos 
de trabajo en otros sectores, pero en términos generales, trabajo y competitividad 
son términos antitéticos. 

Los datos muestran que la riqueza de las sociedades del siglo XXI es tan vasta 
que puede garantizar una distribución de ella de forma más equitativa sin que 
implique ningún cambio que altere radicalmente la estructura de la producción, 
al contrario, una mejor distribución beneficiaría a todos. Los desafíos, para la 
sociedad de la post-escasez, por tanto, no están en la producción, sino en la dis¬ 
tribución (los salarios) y redistribución (los impuestos directos). Entonces, si la 
humanidad no tiene, al menos por ahora, como problema central la producti¬ 
vidad ni el volumen de riqueza sino su equidad, es conveniente pensar en otra 




70 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


forma de considerar la producción, la riqueza y su redistribución. Comprender a 
la producción no como un fin en sí mismo, sino como un medio, porque hemos 
superado ese momento en el cual la escasez constreñía y acotaba la producción. 

Y quizá una de las ideas más fuertes para ello sea la Rento básica universal y sin 
condiciones. Las sociedades de ahora tienen los recursos suficientes para otorgar 
niveles de vida mínimos y al mismo tiempo dignos a todos sus ciudadanos. La 
pobreza, en el siglo XXI, es más un fenómeno político que económico; tiene más 
relación con las estructuras institucionales que con la productividad. Justo por 
ello el financiamiento a esa Renta básica universal debe provenir desde la redis¬ 
tribución de la riqueza social. Eso significa alterar los entramados de poder que 
sostienen la arquitectura institucional sobre la cual descansa la producción de 
riqueza y su distribución. 

La Renta básica universal y sin condiciones, para aplicarse, requiere de voluntad y 
fuerza política desde la sociedad. No es una idea nueva, pero el contexto le otorga 
otra dimensión. En sociedades tan complejas y tan integradas como las nuestras, 
una pandemia apela a resoluciones globales y públicas. La Renta básica universal 
y sin condiciones es una idea que contribuye, en la coyuntura de la pandemia, a 
fortalecer las normativas que se generan desde los protocolos epidemiológicos 
para garantizar el aislamiento y la cuarentena a poblaciones que, por razones 
políticas e institucionales, no pueden hacerlo. Al otorgar recursos monetarios a 
una población en riesgo, se garantiza el cumplimiento de los protocolos de salud 
pública, pero se crean, al mismo tiempo, las condiciones para una transformación 
más profunda y de más vasto alcance, aquella que permite considerar la separa¬ 
ción del ingreso asociado al empleo de la empresa capitalista como una nueva 
forma de contractualidad social. Es decir, aquello que nace desde una necesidad 
de salud pública, crea el expediente para repensar de manera radical la relación 
existente entre salario, empleo, producción y empresa capitalista. 

Esto nos plantea varios problemas analíticos, metodológicos y, por supuesto, po¬ 
líticos. Si el ingreso se separa de la empresa capitalista, entonces ¿cómo definir, 
concebir, estructurar y articular la producción y distribución en el capitalismo? La 
respuesta está en la presencia de dos grandes dimensiones de la producción que 
pueden emerger en estas circunstancias: una mercantil orientada a los mercados 
y a la acumulación de capital, y sustentada en productividad, salarios, y jornadas 
laborales; y otra producción definida, estructurada y articulada a las necesidades 
sociales y por fuera de aquellas de la acumulación de capital. Quizá la peste sirva 
como marco heurístico de esta idea. Una idea que proviene también desde la eco¬ 
nomía política del siglo XIX. Esos dos grandes ámbitos corresponden a lo que la 




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Pablo Dávalos 


economía política clásica denominaba los valores de cambio, y los valores de uso. 
La salud pública es un valor de uso. La enfermedad es un valor de cambio. 


¿Por qué urge crear la Renta básica universal 

y sin condiciones? 

¿Qué es la Renta básica universal? Una definición procedimental la conceptualiza 
como una cantidad de dinero en función de las capacidades adquisitivas de la 
población y su estructura productiva, que se otorga de manera libre y sin ningún 
tipo de condicionamientos a ciudadanos que la requieran y de forma sostenida 
en el tiempo. No está atada a ninguna condicionalidad (como las transferencias 
monetarias condicionadas del Banco Mundial), a ninguna circunstancia previa, 
que no sea la propia condición de ciudadanía, y es independiente y se añade a 
otras prestaciones sociales, como las pensiones por jubilación, el seguro de des¬ 
empleo, las transferencias monetarias condicionadas, e incluso el salario mínimo 
que los trabajadores puedan obtener en otro tipo de trabajos, etc. Es un monto 
mínimo, pero suficiente para lo indispensable. Su financiamiento provendría de 
tributación al ingreso, sobre todo de las grandes fortunas así como la aplicación 
de una especie de tasa Tobin a las transacciones especulativas financieras (eso es 
más difícil porque se requieren acuerdos internacionales, pero el grupo ATTAC 
ha trabajado para otorgar a esta propuesta su plausibilidad)^. 

No obstante, una visión más profunda la conceptualiza como parte de un esfuerzo 
social por separar el ingreso monetario de los trabajadores de la adscripción a 
la maquinaria del capital (la relación salarial) y, por esa vía, devolver al empleo 
su sustancia social. El objetivo, prima facie, es económico, pero en realidad es 
político y, también de ontología política porque al separar al ingreso de su férrea 
relación a la producción mercantil y a la forma salario, se fi'actura la administra¬ 
ción de la escasez y se crea un marco diferencial para comprender al trabajo y, su 
contraparte, el desempleo. 

La Renta básica universal y sin condiciones permite crear una base social para el 
empleo global que puede orientarse hacia otras actividades en vez de aquellas de¬ 
finidas desde la empresa y su búsqueda de lucro. Sectores sociales que demandan 

9 El grupo Asociación por la Tasación de las Transacciones financieras y por la Acción Ciudada¬ 
na, ATTAC, nació en Francia a mediados de 1998, como parte de la discusión sobre las derivas 
especulativas financieras del capitalismo. Se constituyó alrededor de los amigos de Le Monde 
diplomatique. Se ha extendido por varios paises del mundo y ha realizado importantes estudios 
para una tributación a los capitales especulativos a través de un impuesto conocido como Tasa 
Tobin. Se puede ver en linea: www.attac.org 





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Un manifiesto para el Siglo XXI 


empleo, por ejemplo la economía del cuidado, la economía de la solidaridad, el 
arte y la producción estética, entre otros, y que al momento se encuentran ado¬ 
sados a la maquinaria del capital, pueden obtener la condición de posibilidad de 
desarrollarse por sí mismos sin estar condicionados por la empresa y su formato 
mercantil y del lucro. Así, un conjunto de actividades sociales, pueden desarro¬ 
llarse por fuera de la esfera del lucro y pueden crear opciones de empleo que 
vayan más allá de la rentabilidad de las empresas. Es decir, gracias a la Renta 
básica universal y sin condiciones, se amplía el campo de posibles humanos para 
la noción de empleo (o trabajo), de tal manera que el trabajo recupera su esencia 
social y empieza a liberarse de su corteza mercantil. 

El empleo, en efecto, es la forma por la cual los seres humanos son en la sociedad 
y construyen al mundo y es la forma por la cual la mayoría de personas tienen un 
ingreso. Ese ingreso ha adoptado la forma salario y este, a su vez, está adscrito 
a la empresa capitalista. Hay un componente de ontología política en el empleo 
que fue ya identificado por la economía política clásica bajo la forma de la on¬ 
tología del trabajo (la forma valor-trabajo de la mercancía), pero también como 
trabajo alienado (lo que el trabajo construye no le pertenece). La forma de ser en 
el mundo es a través de una vinculación efectiva y orgánica con ese mundo que se 
establece desde el trabajo. El trabajo nos ratifica como seres sociales. Es el víncu¬ 
lo social con la moderna sociedad. A través del trabajo entregamos a la sociedad 
lo que hemos recibido de ella. Desde el trabajo construimos el tejido social y al 
construirlo también nos construimos a nosotros mismos. Pero el salario nos ena¬ 
jena del mundo. Se paga al trabajador para que no pueda disputar jurídicamente 
aquello que ha creado. El salario es la expresión de una cesura fundamental, la 
relación entre la creación y su creador. 

Los economistas clásicos del siglo XIX, aquellos que determinaron al tiempo del 
capital como su variable fundamental, no lo llamaban empleo, lo denominaron 
trabajo y le dieron una contextura histórica y ontológica: el trabajo crea al mun¬ 
do. Si el ser es-en-el-mundo, conforme la ontología, entonces ese mundo es crea¬ 
do desde el trabajo (lo otro, lo externo al trabajo es la naturaleza). Es la transición 
de la economía política a la economía pura, proceso que se consolida a inicios del 
siglo XX y con una economía capitalista en plena expansión, la que convierte al 
trabajo en empleo, y el empleo, a su vez, se relaciona y se valoriza con la utilidad 
marginal del tiempo (es decir, cómo distribuyo mi ocio que no me genera ningún 
ingreso, con el sacrificio de ese ocio por un ingreso esperado). Sin embargo, eso 
no quita el hecho que el empleo (o el trabajo) tengan una contextura social e 
histórica. Justamente por eso, la economía moderna considera que la responsa¬ 
bilidad del desempleo no recae en el empresario sino en el trabajador. Los traba- 




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Pablo Dávalos 


jadores se resisten a trabajar por el precio que les da el mercado. Sus expectativas 
son más altas y, por ende, deciden no emplearse. El desempleo, para esta visión 
hecha desde el poder, siempre es voluntario. 

El capitalismo, de su parte, ha creado una relación directa y unívoca entre empleo 
y capital. Salvo en ciertos sectores no lucrativos (Ongs, fundaciones, empresas sin 
fines de lucro, comercio justo, voluntariado, entre otras, y también en el sector 
público), empero toda forma de pensar el empleo está inscrita en las coordenadas 
del capitalismo y la empresa capitalista. Para la empresa competitiva, su ingreso 
depende del uso eficiente del capital y el empleo (los economistas la han formali¬ 
zado en una ecuación denominada Cobb-Douglas). Para millones de personas el 
empleo es la posibilidad de obtener ingresos y con ellos resolver sus necesidades, 
cualesquiera que estas sean. 

Pero la peste nos obligó a pensar de otra manera. En efecto, cuando se decreta¬ 
ron los protocolos de aislamiento, distancia social y cuarentena, para evitar la 
propagación del contagio, millones de parados (desempleados), de trabajadores 
por cuenta propia, de informales, de trabajadores del sector rural, entre otros, 
de pronto se vieron sumidos en la precariedad absoluta. Asimismo, millones de 
trabajadores fueron despedidos por cuanto sus empresas no habían facturado 
ingresos mientras duraba la pandemia y esos empleos fueron sacrificados por la 
recesión mundial. Otros fueron sometidos a la flexibilización (léase explotación) 
laboral más absoluta, con el chantaje de trabajar más y por menos ingresos para 
conservar su empleo. 

Era un desatino y una crueldad someter a un régimen de aislamiento y cuaren¬ 
tena a millones de personas que vivían en hacinamiento, en pobreza, y del día a 
día sin diseñar previamente un régimen de protección alimentaria. Enviar a la 
desocupación a millones de trabajadores porque sus empresas tuvieron que parar 
por la pandemia fue cruel (además de innecesario). Para esas personas, la peste 
los llevó de la pobreza a la miseria. También destruyó a la clase media porque le 
obligó a gastar sus magros ahorros. Someterlos al aislamiento sin a5aidarlos en 
su precaria situación fue atroz, sobre todo cuando se disponía de los recursos 
suficientes para ayudarlos. Eue inhumano. 

Justo por eso muchos gobiernos decidieron crear instrumentos de protección, 
ayuda y estímulo que, en otras circunstancias, no lo habrían hecho. Es desde esa 
situación límite que una noción que ya se había propuesto y constaba en el de¬ 
bate, aquella de la renta básica universal, cobra otro sentido y se convierte en 
una idea plausible y necesaria. Proteger a los más vulnerables implica proteger 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


al conjunto de la sociedad. La peste nos convirtió a todos y cada uno en vectores 
de transmisión independientemente del empleo, la riqueza y la situación social. 
Neutralizar al vector era requisito para controlar la pandemia. Pero no se pue¬ 
de establecer un protocolo de aislamiento a personas que, por sus mismas cir¬ 
cunstancias, no pueden cumplirlo. La renta básica universal emerge desde una 
situación límite, y más en relación con la salud pública, pero es una buena opor¬ 
tunidad para pensar en el mundo que puede construirse post-pandemia. Gracias 
a esa situación límite se puede comprender que el trabajo (o el empleo) pueden 
tener otros determinantes sociales que no necesariamente tengan que ver con la 
estructura empresarial y capitalista. La sociedad, gracias a la peste, empieza a 
recuperarse a sí misma y comprender sus verdaderas prioridades. 


Los empresarios: el eslabón perdido de la eficacia 

No se nos había ocurrido siquiera pensar en la separación radical entre traba¬ 
jo, producción, y capitalismo. La noción de trabajo estaba firmemente anclada 
a la empresa capitalista, y el trabajo era la condición de posibilidad del ingreso. 
Era muy dificil pensar siquiera en un mundo en el cual la norma se convierta en 
excepción. ¿Ingresos sin trabajo? Solamente plantearlo implicaba ya una con¬ 
tradicción, pero se trataba más de una contradicción ideológica que real, porque 
el trabajo tiene una contextura social y de ontología política. Todos creamos al 
mundo, porque somos seres ontológicos, somos seres en-el-mundo. Entonces, es 
plausible y posible pensar en ingresos sin trabajo (empresarial). El sistema capi¬ 
talista efectivamente permitía las excepciones en los márgenes (el voluntariado 
por ejemplo), pero el centro de su dinámica inscribía al trabajo dentro de las fron¬ 
teras de la empresa capitalista. El trabajador, una vez dentro, tenía que aceptar 
todas las disposiciones que ordenaban e imponían el ritmo del trabajo a aquel de 
la producción. Si una idea se había convertido en idea dominante es que el trabajo 
es el fundamento del sistema capitalista y, como tal, representa sus posibilidades. 

Concomitante a esa idea los empresarios se habían convertido en una especie 
de sujetos trascendentales de la economía. Ellos acaparaban la noción de ser los 
creadores del trabajo. De la misma manera que la modernidad definía sus posi¬ 
bilidades de ser-en-el-mundo desde un sujeto racional, libre y autónomo, asi¬ 
mismo, el empresario se asumía como el leit motiv del sistema. Todas las inter¬ 
secciones pasaban por ellos. Sus decisiones de inversión definían el empleo y, en 
consecuencia, las formas de vida de millones de personas a través del mundo. 
Eran los prometeos de la globalización. Los héroes de un sistema esquizoñ'énico 
y psicótico que construía una anormal normalidad con la tranquilidad del cinis- 




75 


Pablo Dávalos 


mo. Pero en el capitalismo, todo convergia a los empresarios. Si bien Carlos Marx 
habia demostrado ya en el siglo XIX que su aporte en la producción realmente 
es nulo, y que su único rol en la producción de riquezas es apropiarse de algo 
que no han creado y que tampoco han a5aidado a crear, también es cierto que la 
modernidad hizo con Marx lo mismo que la escolástica medieval con Baruch de 
Spinoza: lo alejó radicalmente del horizonte de posibles sociales y lo invisibilizó 
de todo debate sobre la estructura de lo real. Un proceso que se radicalizó en el 
neoliberalismo. 

Sin contradictores validados solo quedaba la ideología y, a través de ella, la socie¬ 
dad vela a los empresarios como el deber-ser social, como la imagen y la repre¬ 
sentación que condensaba los deseos y las posibilidades de esa sociedad. Eran la 
representación icónica del éxito social, del progreso, del futuro, de la capacidad 
adquisitiva, de la visión a largo plazo, de la innovación, del riesgo. Por ello su 
transición hacia la política era inevitable. Si ellos representaban a través de su 
propia existencia a la eficacia en el uso de recursos escasos, entonces ¿por qué no 
pensar en que administren también el sistema político? Los empresarios por su¬ 
puesto que dieron el paso al sistema político, y huelga decir que su participación 
en el sistema político fue un desastre. Quizá hayan sido exitosos empresarios, 
pero como políticos fueron un fracaso. La relación entre empresarios y política 
reveló una aporía: es imposible resolver lo público bajo la epistemología y la pra¬ 
xis de lo privado. 

Sin embargo, a nivel teórico, son W. Sombart y el economista austríaco J. A. 
Schumpeter, a principios y mediados del siglo XX, respectivamente, quienes 
convertirían a los empresarios en los sujetos que transformarían la realidad del 
mundo, porque desafían al riesgo y, a partir de ahí, crearían lo real, a través de un 
proceso de “destrucción creativa”. Por eso, una de las dinámicas inherentes a su 
propio estatuto político y de clase era la capacidad de decidir sobre la inversión 
global, es decir, el tiempo social a futuro sin rendir cuentas a nadie. Y dentro de 
la inversión se asumían las decisiones sobre el empleo, es decir, el ingreso de los 
trabajadores. 

Pero los datos daban cuenta que el empresario del siglo XXI no se distanciaba 
mucho de aquel del siglo XVIII: explotación laboral, corrupción, desprecio por 
los derechos humanos, comportamientos delictivos, evasión de impuestos, enga¬ 
ño a los consumidores, estafas masivas y globales, incompetencia, amoralidad, 
utilización corporativa del Estado y del sector público, crímenes, contaminación 
ambiental, destrucción de ecosistemas, irresponsabilidad en el uso de recursos. 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


en fin, una larga lista que daba cuenta de la naturaleza shakesperiana del “espí¬ 
ritu empresarial”. 

No obstante, aquello que llevó a la duda de sus capacidades prometeicas fue su 
incapacidad estructural de crear pleno empleo. Nunca pudieron hacerlo. Siempre 
necesitaron del Estado para consolidar sus negocios. A pesar del hecho que todo 
proceso productivo necesitaba siempre de la fuerza de trabajo, siempre conside¬ 
raron a los trabajadores como sus adversarios. Enemigos jurados de los sindica¬ 
tos y de los derechos laborales, los empresarios han acudido a todas las artimañas 
posibles para perjudicar a los trabajadores y evitar asumir sus responsabilidades 
con ellos. La innovación tecnológica en las corporaciones, más que una necesidad 
económica era una respuesta política para evitar los sindicatos. El sueño de todo 
empresario era una línea de producción, o de comercialización, sin trabajadores, 
manejada directamente por máquinas y tecnologías y en la que los sindicatos 
sean la rememoración de un pasado que nunca más debería ser ni posible, ni 
plausible. 

Es la incapacidad estructural de generar pleno empleo, y por tanto ingresos, lo 
que condujo a las crisis recurrentes del capitalismo y a la necesidad que sea la 
sociedad la que asuma la responsabilidad del empleo. Por ello el Estado de Bien¬ 
estar asume esa responsabilidad a través de políticas de demanda efectiva cuya 
inspiración, por supuesto, es keynesiana. Eueron esas políticas fiscales y mone¬ 
tarias que tomaron la administración del mercado a su cargo y lograron crear el 
pleno empleo en ciertos países la que resolvió el problema de generar ingresos 
para el conjunto de los trabajadores. Eue y es el Estado el principal responsa¬ 
ble del “crecimiento económico” de varios países capitalistas. Es desde el Estado 
que se transfieren excedentes económicos a las corporaciones para garantizar su 
poder, y su capacidad de expansión y consolidación. La relación entre el trabajo 
y el capital está mediada por el Estado y su capacidad política de proteger a las 
corporaciones. 

Las pocas conquistas sociales que aún se mantienen de lo que alguna vez fue 
el Estado de Bienestar, se conservan por la fuerza política de los sindicatos. En 
consecuencia, separar el ingreso que proviene del trabajo de su adscripción al 
formato mercantil, no representa un cambio radical en la estructura productiva, 
significa reconocer la estructura política que sostiene al empleo y los ingresos 
en el capitalismo de la globalización. Significa situar a los empresarios en sus 
justas coordenadas históricas. Significa comprender que la producción no pasa 
por los empresarios como una determinación necesaria, más bien es la ideología 
dominante la que convierte una contingencia en una necesidad. Una reflexión 




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Pablo Dávalos 


que ahora es posible gracias a un evento tan inesperado y tan potente como la 
pandemia del covid-19. 


Son los trabajadores quienes crean el valor 

Pero la pandemia también demostró de forma transparente algo ya anunciado 
por la economía política del siglo XIX en su analítica de la producción: la creación 
del valor es imposible sin el trabajo. La empresa sin trabajadores, totalmente au¬ 
tomatizada y con inteligencia artificial, puede crear en última instancia riqueza 
pero no valor. El valor es una sustancia social, no es una cosa. Es una relación 
social mediada por cosas. Las relaciones de poder en el capitalismo tienen como 
fundamento el valor, no las cosas. Pensar que de las cosas pueden extraerse de¬ 
terminaciones sociales, es asumirlas dentro del fetichismo, es decir, otorgarles 
poderes que no poseen. El fetichismo de las cosas no cambia la verdadera natura¬ 
leza de los conflictos sociales. 

Cuando millones de trabajadores de todo el mundo, no pudieron ingresar a la 
maquinaria del capitalismo, durante el aislamiento y la cuarentena, este se de¬ 
tuvo. La apelación de los empresarios para procurar su reincorporación lo más 
inmediatamente posible al trabajo, de forma independiente de los protocolos de 
salud pública, traducía el hecho que la producción del valor, subyace siempre y en 
todo momento en el trabajo humano, y que los empresarios no tenían ética ni es¬ 
crúpulo alguno en insistir el retorno al trabajo. Muchos empresarios presionaron 
a sus sistemas políticos para dar por terminados los protocolos de aislamiento y 
de cuarentena antes de su eficacia epidemiológica, solo para permitir el regre¬ 
so de la fuerza de trabajo a la producción. La maquinaria no puede funcionar, 
independientemente de su nivel de productividad y competitividad, sin trabajo 
humano. El capitalismo de siglo XXI se demostró tan dependiente del trabajo, 
como aquel del siglo XVIII. 

En consecuencia, la posibilidad de redistribuir la riqueza creada por la sociedad 
a través de un mecanismo como la renta básica universal y sin condiciones, es el 
reconocimiento que el trabajo es el vínculo de toda relación social. La renta básica 
universal recupera el vínculo de esa relación social, porque establece un umbral 
desde el cual el trabajador comprende su trabajo, su aporte a la creación de rique¬ 
za, desde una posición de mayor independencia y libertad. La renta básica uni¬ 
versal crea mediaciones con sus necesidades y, a través de esas mediaciones, am¬ 
plía sus márgenes de libertad. En un contexto de grave peligro a la salud humana, 
como lo fue la peste, insistir en abreviar los procedimientos epidemiológicos para 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


que los trabajadores retornen al trabajo, fue exponer a la peste a millones de seres 
humanos. Muchos de ellos no habrían tenido que ceder al chantaje de los em¬ 
presarios si hubiesen contado con la renta básica universal y sin condiciones. En 
contextos de más libertad, sin la coacción de las necesidades, los seres humanos 
podemos tomar otro tipo de decisiones. 


Si la pobreza es política, su resolución, por tanto, 

ya no es económica 

Si los empresarios apuestan por la innovación y la competitividad, de acuerdo al 
credo oficial, es natural que exista una contradicción entre su capacidad de ge¬ 
nerar empleo y las variables demográficas de cualquier sociedad. Por definición, 
y eso ya lo demostró la economía política del siglo XIX, el volumen de empleo 
requerido por los empresarios nunca va a coincidir con las variables demográfi¬ 
cas de una sociedad (ley de hierro de los salarios, decía David Ricardo a esta re¬ 
lación). Hay un número indeterminado de personas que nunca van a ser contra¬ 
tadas por ninguna empresa, y otro número que siempre van a perder su empleo y 
lo harán de forma permanente. 

Puede ser que el capitalismo se reinvente en otros sectores, como los servicios, la 
distribución, entre otros, pero es imposible que tenga capacidad de crear pleno 
empleo a nivel global. Y es también muy dificil que los empresarios estén dis¬ 
puestos a pagar buenos salarios y a aceptar a los sindicatos. La delocalización de 
procesos productivos por parte de las corporaciones que empezó en las últimas 
décadas del siglo XX y se acentuó en las primeras del siglo XXI, expresaba la bús¬ 
queda del capitalismo por trabajo barato, abundante, y sin costos de transacción 
laboral. Fue un retorno a los orígenes de la acumulación originaria de capital. 
La hora de trabajo para la misma ocupación se redujo de varios dólares en los 
países más avanzados del capitalismo a algunos centavos en su periferia. La de¬ 
localización fue el retorno del “molino satánico” de los orígenes del capitalismo 
y que había descrito Karl Polan5fi. Se crearon condiciones de sobreexplotación 
salarial solamente para satisfacer el apetito de ganancia de los especuladores y 
de los accionistas. El capitalismo crea empleo a varios niveles: en los países más 
avanzados está obligado a cumplir con las leyes laborales y la vigilancia de los 
sindicatos y el pago por hora de trabajo en función del costo de la vida; en la pe¬ 
riferia tiene libertad absoluta para la sobreexplotación salarial. Los trabajadores 
viven dos mundos bajo una misma realidad globalizada y una misma ideología 
neoliberal. Pero los trabajadores del primer mundo tienen todas las de perder a 
futuro. Como distopía se inscribe en su horizonte de largo plazo la plausibilidad 




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Pablo Dávalos 


de ciudades abandonadas como Detroit en Estados Unidos. La renta básica uni¬ 
versal puede corregir esa asimetría y esa injusticia global con respecto al trabajo. 

La pandemia del coronavirus creó una situación límite, porque puso la vida hu¬ 
mana en el centro de toda preocupación, que amerita otro tipo de respuestas. Se 
abrió un espacio que puede ser denominado como economía política de la pande¬ 
mia, porque permite comprender la forma por la cual el trabajo se segmenta en 
la globalización en función de las necesidades corporativas y sus juegos de casino 
mundial. Si la producción capitalista no puede absorber todo el volumen de tra¬ 
bajo que existe en la sociedad y tampoco le puede dar la dignidad que merece, 
entonces debe dejar que sea la sociedad la que dé una respuesta a esa situación. 

Una respuesta a ello es la renta básica universal y sin condiciones. Pero al mismo 
tiempo que se crea la renta básica universal que permite que aquellas personas 
que no pueden ingresar a la producción capitalista tengan ingresos que les per¬ 
mitan cubrir sus necesidades más importantes, es necesario también definir otras 
posibilidades para ese trabajo humano por fuera de su relación con la empresa 
capitalista, sin embargo para hacerlo es necesario otra conceptualización del tra¬ 
bajo (o el empleo). Un requisito clave para ello es devolver al trabajo humano su 
contextura social, ontológica, histórica y política. 

Esto implica que es necesario desprenderlo de esa corteza mercantil y capitalista 
con la cual existe hasta el momento. El trabajo humano permite crear la sociedad 
en tanto sociedad. Es el vínculo social que se establece entre todos y cada uno y 
está mediado por la responsabilidad de mantener lo social. Detrás de la corteza 
mercantil está la sociedad. La renta básica universal y sin condiciones es el me¬ 
canismo que permite recuperar ese vínculo social y esa responsabilidad. Es la 
posibilidad de quitar esa corteza y encontrar a la sociedad sin las mediaciones 
mercantiles. 

Si todos los seres humanos somos útiles o necesarios para los demás en aquello 
que más nos gusta o más nos compromete, o más preparación tenemos, no ne¬ 
cesitamos, entonces, una mediación mercantil para que la sociedad pueda dis¬ 
poner de esas capacidades. Si el salario es una determinación que vincula esas 
capacidades a una forma particular de ponerlas al servicio de la sociedad, esto es, 
la estructura mercantil y capitalista, entonces, es necesario superar esa relación 
salarial y el chantaje que le es inherente. Si los seres humanos podemos acceder 
a un ingreso mínimo que nos permita alejarnos de la extorsión de la escasez, y 
sobre esa base construir otros ingresos en función de nuestro aporte a la socie¬ 
dad, entonces la renta mínima universal y sin condiciones, es la posibilidad para 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


empezar a construir un nuevo contrato social. Si la sociedad tiene las suficientes 
riquezas para sostener de manera indefinida esa renta básica universal y sin con¬ 
diciones, entonces los problemas de su financiamiento no son económicos sino 
políticos. La renta básica universal y sin condiciones se convierte en una situación 
política, que necesita recursos políticos para constituirse. 


Una ceguera connivente, pero la empresa 
capitalista es solo un actor más 

Una de las ideas dominantes radica en considerar a la empresa capitalista como 
la única responsable de la riqueza social. Se produce una ceguera con respecto 
a otras esferas de la vida para amplificar y magnificar el rol taumatúrgico de la 
empresa privada. De la misma forma que se piensa que el ingreso salarial solo es 
posible dentro de los contenidos dados por la empresa capitalista, se cree que el 
conjunto de la riqueza social subyace en sus posibilidades. La empresa capitalista 
se convierte en el núcleo desde el cual la sociedad abreva sus necesidades y confía 
sus contingencias. 

Pero se trata de un expediente sospechoso y que no es real. Para iluminar a la 
empresa privada capitalista, ha sido necesario oscurecer otros sectores que son 
incluso más fundamentales. Ahora, no obstante, los estamos visualizando gracias 
a las luchas sociales que albergan y que empiezan a emerger. Surge la economía 
del cuidado, sobre todo desde las reflexiones y las luchas feministas. Con todas 
las advertencias que puede significar adscribir valores mercantiles a una esfe¬ 
ra de valores de uso, pero sin la denominada economía del cuidado la empresa 
capitalista estándar sería imposible^®. Igual con respecto a una serie de redes de 
solidaridad y que fundamentan los mecanismos de reciprocidad de las economías 
campesinas. Gracias a esas redes y a los mecanismos de intercambio desigual 
entre la ciudad y el campo, la empresa capitalista puede florecer, ampliarse y con¬ 
solidarse. Sin soberanía alimentaria las sociedades, simplemente, no existirían. 
Y la soberanía alimentaria se mueve en otro ámbito de aquel de la racionalidad 
instrumental de la empresa capitalista y el empresario, el ámbito de la reciproci¬ 
dad, la complementariedad. Sin la transferencia de valores del campo a la ciudad, 
la empresa moderna no sería tan competitiva. 


10 Margaret Douglas es el nombre de la madre de Adam Smith, el padre del liberalismo económi¬ 
co. Su nombre quizá habría pasado al olvido, pero Katríne Margal lo recuperó para la historia. 
Sin esa economia del cuidado, el aporte de Adam Smith habría sido, literalmente, imposible. 
Ver: Marqal, Katríne: ¿Quién le hacia la cena a Adam Smith? Una historia de las mujeres y la 
economia. Madrid, Debate, 2012. 




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Pablo Dávalos 


Pero un actor fundamental en la creación de la riqueza social es el Estado; en efecto, 
se ha invisibilizado su verdadero rol económico, circunscribiéndolo a las conse¬ 
cuencias que pueden tener sus decisiones en la política fiscal o monetaria, pero no 
se lo ha visualizado como creador de riqueza, al mismo nivel de la empresas priva¬ 
da. De hecho, y gracias a las investigaciones de M. Mazzucato^S entre otros, ahora 
sabemos que el rol del Estado es tan importante en la creación de riqueza como 
la empresa privada, y que sin el aporte que hace el Estado, la empresa capitalista, 
tal como la conocemos, seria imposible. No solo porque éste crea las condiciones 
de posibilidad para su existencia, como un mercado cautivo, como proveedor de 
liquidez, como articulador de marcos institucionales favorables para las empresas, 
con una mínima presión tributaria sobre ellas, sino también porque el Estado crea 
toda la infraestructura que necesitan las empresas, y que van desde la educación 
de la fuerza de trabajo, hasta toda la infraestructura de toda la circulación mercan¬ 
til (autopistas, caminos, energía eléctrica, comunicaciones y telecomunicaciones, 
puertos, aeropuertos, etc.), sin que la empresa tenga que pagar por ellos, y porque 
el Estado, además, interviene de forma directa en el apoyo a empresas privadas, 
como lo estudia Mazzucato; en efecto, el iPhone de Apple, o el programa de voz Siri, 
habrían sido imposibles sin el apoyo directo del Estado. El KfW de Alemania, el 
BNDES de Brasil, el Banco de Desarrollo de China, son ejemplos potentes de la in¬ 
tervención directa del Estado en la economía de mercado y en el apoyo empresarial 
directo. La transición energética, de otra parte, tiene al Estado como actor esencial. 

En aquellos sectores en los cuales la inversión es demasiado grande para los em¬ 
presarios privados, es el Estado quien asume esa responsabilidad, aunque lue¬ 
go transfiera esas inversiones a la empresa privada. La industria de la seguridad 
global y de la guerra, por ejemplo, no habría podido convertirse en una industria 
tan hegemónica y potente sin los contratos del Estado. El desarrollo de la conec- 
tividad e internet, tienen al Estado como un aporte fundamental. No solo eso, 
sino que el Estado ha puesto la política monetaria, quizá uno de los instrumentos 
más potentes del capitalismo, también al servicio de las empresas privadas. En 
algunos Estados, la riqueza que se transfiere desde lo público hacia lo privado, 
representa más que la riqueza que crean las mismas empresas privadas. 

Esto significa que la creación de riqueza es un proceso social, vasto, complejo, y 
en el cual la empresa privada capitalista es solo uno más de sus protagonistas, y 
que tiene el rol principal no por méritos, sino por conveniencias, por pura estrate¬ 
gia. Entonces, pensar en que el trabajo y el salario tienen que estar adscritos ne- 


11 Ver: Mazzucato, Mariana: El Estado emprendedor. Mitos del sector público frente al sector 
privado. Barcelona, RBA Libros, 2017. 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


cesariamente a la empresa capitalista, cuando es toda la sociedad la que participa 
en la creación de riqueza, no es una idea económica sino politica. 

Si esa riqueza, creada por toda la sociedad, se pone en función de la sociedad, en¬ 
tonces se puede entender que la Renta básica universal es un ejercicio de redistri¬ 
bución de riqueza que altera las tradicionales formas por las cuales generalmente 
los Estados transfieren riqueza a las empresas. La Renta básica universal detiene 
una parte de ese proceso de transferencia de riqueza desde la sociedad, por la via 
estatal, hacia las empresas privadas. La Renta básica universal es la forma por la 
cual se le devuelve a la sociedad lo que la misma sociedad ha creado. No es una 
distorsión, sino un retorno a lo justo. No altera la estructura de las empresas, sino 
que las incorpora a una dinámica más coherente, aquella que las comprende y las 
sitúa en su justa dimensión, como un mecanismo de apropiación de riquezas para 
uso y aprovechamiento individual. 

La empresa privada tiene la virtud de articular y poner en beneficio propio todos 
los determinantes sociales del trabajo. La creación de valores siempre es un pro¬ 
ceso social e histórico, pero su apropiación es individual. Gracias a la Renta bási¬ 
ca universal y sin condiciones, los trabajadores pueden acceder a trabajar en una 
empresa capitalista pero esta vez desde una posición diferente. Sin acceder a los 
chantajes y sin sacrificar su tiempo en actividades deshumanizantes y alienantes. 
Gracias a ella se puede integrar al circuito económico la economía del cuidado, la 
economía popular y solidaria, y la soberanía alimentaria. Es decir, se pueden ilu¬ 
minar aquellas zonas obscuras que son fundamentales para la sociedad pero que 
habían sido convenientemente puestas a un lado. Por supuesto que la empresa pri¬ 
vada es importante, nadie lo duda, pero en la producción de riqueza es la sociedad 
toda entera la que participa en ella. La Renta básica universal y sin condiciones es 
el reconocimiento que el trabajo es social. Es el retorno a un principio de realidad 
y de justicia social. 


Una lógica de desarticulación social 
que debe ser frenada 

La invisibilización de otros sectores económicos tiene una intención política evi¬ 
dente: excluirlos de la distribución y redistribución de la riqueza. Pero no solo 
eso, también se los presenta como antagonistas de la riqueza que crea la empresa 
privada. Se los considera obstáculos, cuando en realidad son su condición de po¬ 
sibilidad. La economía popular y solidaria, por ejemplo, tiene que adscribirse a 
los comportamientos de la empresa moderna, es decir, ser competitiva, racional. 




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Pablo Dávalos 


implacable. Dejar de ser solidaria y popular. La intervención sobre lo solidario y 
sobre lo popular, se denomina “modernización”. Se supone que la sociedad debe 
modernizarse, esto es, transferir hacia los comportamientos estratégicos de la 
empresa capitalista los fundamentos que hacen posible la estructura social. 

Aparecen y se naturalizan conceptos aporéticos y alienantes como aquel de “ca¬ 
pital humano”. Se visualiza, así, todo comportamiento por fuera de la empresa 
privada como opuesto a la lógica empresarial, o como comportamiento en transi¬ 
ción hacia su eventual modernización. Es decir, la visión que apunta a convertir 
a la empresa privada capitalista como el único núcleo desde el cual se genera la 
riqueza social, rompe las sinergias, convergencias, complementariedades y me¬ 
canismos de reciprocidad y solidaridad que subyacen a toda la sociedad. Presenta 
a estas dinámicas sociales como antitéticas y plantea su necesidad de eliminarlas 
desde la deontología de la competitividad. 

Así, deben desaparecer las relaciones de solidaridad, reciprocidad y complemen- 
tariedad para dar paso a relaciones estratégicas de competencia mercantil, en 
donde solamente sobreviven los más fuertes. Pero es imposible comprender la 
economía del cuidado, por ejemplo, por fuera de la solidaridad. Es imposible 
comprender la soberanía alimentaria por fuera de la reciprocidad y la comple- 
mentariedad. Si se destruyen esas dinámicas se destruyen también los funda¬ 
mentos mismos de la sociedad. 

La empresa privada capitalista tiene, por tanto, una lógica totalitaria, antidemocrᬠ
tica e intolerante. Plantea la desaparición radical de todo límite a su propia praxis 
y utiliza el salario y la escasez para hacerlo. La expansión de la empresa privada 
capitalista dentro del plexo social implica la desarticulación, la desaparición o la 
reducción de las lógicas sociales de solidaridad, reciprocidad, complementariedad. 

¿Cómo frenar esa lógica de la desarticulación social? La Renta básica universal y 
sin condiciones puede ser una de las barreras para evitar que las lógicas sociales de 
la solidaridad, la reciprocidad y la complementariedad puedan desaparecer. Esta 
Renta frena las derivas totalitarias e intolerantes de la empresa capitalista y el uso 
de una de sus herramientas más potentes: la administración estratégica de la es¬ 
casez, porque otorga una base de sustentación a las lógicas de la solidaridad y la 
reciprocidad. Las defiende de la agresión modernizante de la empresa competitiva. 
Así, se puede no solo defender la sociedad sino también restaurar esos vínculos de 
solidaridad, reciprocidad y complementariedad. La Renta básica universal atenúa, 
mitiga y revierte esos comportamientos estratégicos, totalitarios, antidemocráticos 
e intolerantes que son inherentes a la competitividad mercantil. Le debemos a la 




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Pablo Dávalos 


pandemia del covid-19, la posibilidad de pensar más allá de lo inmediato para pro¬ 
poner un nuevo contrato social y recuperar la solidaridad social. 


Y el futuro se empieza a escribir desde ahora 

Quizá uno de los dramas modernos más intensos lo sufren aquellos que han per¬ 
dido su empleo, y pasan dia tras día a la espera de Godot. Los pocos afortunados 
que logran conseguirlo, hacen hasta lo imposible para conservarlo. Viven en un 
miedo permanente de retornar a ese limbo de expectativas frustradas en las que 
cada día puede convertirse en una apuesta perdida. Sus hogares se fracturan. Su 
propia autoestima paga las consecuencias. Deben aceptar la humillación cotidia¬ 
na de considerarse a sí mismos como recurso sobrante del sistema. Y el sistema es 
despiadado. No conoce lo que es el perdón. Las sociedades se fracturan. Se hacen 
irreconocibles. La sustancia de lo humano se trasgrede en lo fundamental. Como 
en aquellos sórdidos pasajes que describen Zola o Dostoievski, la humillación de 
los ofendidos permanentes se convierte en un territorio infinito de pesadumbres. 

Pero ahora tenemos sociedades que han podido crear un volumen de riquezas 
como nunca antes. Las capacidades tecnológicas se multiplican y la hacen crecer 
de forma exponencial. En el siglo XXI, la humanidad puede decir que ha podido 
superar, por vez primera en su historia, el dogal de la escasez. El siglo contempla 
la transición hacia sociedades de la post-escasez. El Banco de Pagos Internacio¬ 
nales, reconoce que en transacciones financieras en productos financieros deri¬ 
vados, se transa varias veces el volumen de la riqueza mundiaP^. Las fortunas de 
los más ricos equivale a los ingresos de miles de millones de personas. Hay una 
abundante literatura en el siglo XXI que subraya el crecimiento de la riqueza y 
su inequitativa redistribución. Piketty, Atkinson, Sen, Deaton, Milanovic^^, entre 


12 Para el año 2019, las transacciones en productos derivados sobre el mostrador (OTC), de 
acuerdo al Banco de Pagos Internacionales, alcanzó un promedio de 6.6 billones de USD en 
transacciones diarias en tipos de cambio y 6,5 billones de USD diarios, promedio, en contratos 
de derivados sobre de tasas de interés (FX and OTC derivatives markets saw a marked pickup 
in trading between the 2016 and 2019 surveys. Following a dip in 2016, FX trading retumed to 
its long-term upward trend, rising to $6.6 trillionper day inApril 2019. Interestrate derivatives 
trading departed sharply from its previous trend, soaring to $6.5 trillion”.) 

(En: https://www.bis.org/publ/qtrpdf/r_qtl 9 12e.pdf 1 

13 Ver: Piketty, Thomas.' Le capital au XXle. Siécle. París, Seuil, 2013. Deaton, Angus: El gran 
escape. Salud, riqueza y orígenes de la desigualdad, México, FCE, 215; Sen, Amartya: La 
desigualdad económica. México, FCE, 2016; Atkinson, Anthony: Desigualdad ¿Quépodemos 
hacer? México, FCE, 2016; Milanovic, Branki: Desigualdad mundial. Un nuevo enfoque para 
la era de la globalización, México, FCE, 2017. 





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Pablo Dávalos 


otros, han trabajado, han argumentado y han demostrado la creciente desigual¬ 
dad en un mundo cada vez más rico. 

Los datos de la riqueza crecen, en una trasgresión ética, en mayor proporción de 
aquellos de la pobreza. Ello da cuenta que la sociedad ha creado marcos institu¬ 
cionales en los cuales la creación de la riqueza se convirtió en la prioridad abso¬ 
luta antes que cualquier consideración sobre la justicia en el ingreso global. La 
Renta básica universal y sin condiciones es un ejercicio de democracia económica 
para construir sociedades más equitativas, más justas y solidarias y restaurar el 
tejido social. 

Esta Renta no altera la capacidad de crear la riqueza sino que incorpora una di¬ 
mensión de justicia social a esa producción. La capacidad productiva de la socie¬ 
dad permanece intacta con la renta básica universal. La peste permitió iluminar 
de otra forma un fenómeno de iniquidad que ya constaba en las preocupaciones 
teóricas y sociales, pero que ahora también se inscribe dentro de las prioridades 
de la salud pública. 

Las sociedades de ahora, sean de Europa, Asia, África o de América Latina, e inclu¬ 
so en los países más pobres, tienen recursos para crear la Renta básica universal 
y sin condiciones. Para crearla, esos países tienen que alterar las coordenadas de 
la política porque ahí radican sus condiciones de posibilidad. Su financiamiento 
tiene que ser, necesaria y obligatoriamente, desde una tasación a la riqueza y, en 
especial, a las ganancias extraordinarias del capital. Todos los estudios económicos 
de la distribución del ingreso señalan los enormes recursos que acaparan las elites. 
Por ello, deben ser los más ricos quienes financien la Renta básica universal. 

Esa es, sin duda alguna, la parte más difícil de la puesta en marcha de la Renta 
básica universal y sin condiciones. Los ricos no van a permitir que se alteren las 
reglas de juego que tanto les benefician. Pueden manipular a las sociedades y 
ponerlas en contra de sí mismas. Lo hicieron en EEUU cuando ganó Trump. Lo 
hicieron con el Brexit. Lo hicieron en Colombia cuando el pueblo votó contra la 
paz. No sería imposible pensar que las elites intenten demostrar que la Renta 
en cuestión es improcedente por infinidad de razones que, por supuesto, les son 
convenientes. Por ello hay que entender que la lucha por ella no será fácil. Pero 
tampoco será imposible. Y que su territorio de disputa será la política, y su marco 
será la democracia. 

En España, en medio de lo más crítico de la pandemia, se dieron ya los primeros 
pasos para ponerla en marcha. Lo denominaron Ingreso Mínimo. La Renta básica 




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Pablo Dávalos 


universal y sin condiciones, sin duda, será el punto de la agenda política del futuro. 
La pandemia nos demostró lo frágil que son nuestras sociedades y nuestras insti¬ 
tuciones. El virus pudo extenderse y provocar tantas víctimas justamente por esa 
fragilidad. Millones de seres humanos tuvieron que desafiar el aislamiento y la cua¬ 
rentena porque tenían que buscar un mínimo ingreso para ellos y sus familia y, sin 
proponérselo, se convirtieron en vectores de la pandemia. De haber existido esta 
Renta, la humanidad habría podido controlar de mejor manera a la peste. 

La Renta básica universal, de otra parte, al suspender el chantaje de la escasez, 
permite devolver la dignidad a las personas. Permite que las sociedades se recu¬ 
peren a sí mismas. Ella permitirá poner fin a esas humillaciones, a esa angustia, 
a esa incertidumbre que viven día tras día los desempleados, los informales, los 
trabajadores de las maquilas, del trabajo esclavo. Le puede otorgar otros conte¬ 
nidos al trabajo humano, y permitir que las sociedades creen otras posibilidades 
para sí mismas, por fuera de la escasez. Para un desocupado, cuya autoestima 
sufre las consecuencias de decisiones que le rebasan, la Renta básica universal es 
la posibilidad de devolverle su autoestima y de recuperar su vínculo con la socie¬ 
dad. Es, por tanto, también un acto de dignidad. Godot, a contrario de la versión 
de Beckett, esta vez no faltó a la cita. 


Un mundo de trabajadores sin salario, 
pero con ingresos 

Vivimos en sociedades en las que los niveles de educación son cada vez más gene¬ 
ralizados y elevados. Como pocas veces en la historia, tenemos una enorme canti¬ 
dad de graduados universitarios muchos de ellos con doctorado y posdoctorado. 
Se trata de una capacidad intelectiva enorme. En términos generales, además, los 
niveles de analfabetismo son relativamente bajos en casi todas las sociedades. De 
una manera u otra, se han efectuado enormes esfuerzos por unlversalizar la edu¬ 
cación pública. Estamos en un momento en la que existe la población más alfabe¬ 
tizada de la historia. Puede ser que existan procesos de analfabetismo funcional, 
pero eso es otro debate. Aquello que cuenta es el hecho que las universidades y 
los programas de formación académica, aportan, cada año, con un número cada 
vez más creciente de profesionales del más alto estándar y que el nivel educativo 
de los trabajadores en general, no es aquel del analfabetismo. 

Empero, no todos ellos tienen empleo, incluidos los graduados universitarios con 
doctorado, y si lo han conseguido no lo tienen en aquello que son más capaces, y 
muchos de ellos, la inmensa mayoría, están acosados por sus deudas estudianti- 




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les. Tienen que buscar trabajo en donde sea para pagar las cuotas al banco. Te¬ 
nemos físicos expertos en mecánica cuántica, que trabajan en bancas de inver¬ 
sión, matemáticos del más alto nivel, que se dedican a crear derivados financieros 
(mecanismos de especulación financiera de alta complejidad). Es decir, hay una 
profunda irracionalidad al interior mismo del sistema capitalista. Se dispone de 
una capacidad intelectiva realmente importante, pero subutilizada. 

La apelación a la eficiencia del sistema capitalista tiene más de ideología que de 
evidencia real. La corporación capitalista no es eficiente y la asignación de re¬ 
cursos que realizan los mercados tampoco. Una de las pruebas de la ineficiencia 
estructural de los mercados son, precisamente, las crisis financieras. Las circuns¬ 
tancias al límite que crea la pandemia, nos dan la oportunidad de pensar las cosas 
de otra manera. Podemos advertir con mayor precisión esas fallas estructurales 
en la asignación de recursos. Es inconcebible que en plena pandemia, existan mé¬ 
dicos, enfermeras y funcionarios de salud en el desempleo y sin posibilidad de ser 
contratados por las restricciones presupuestarias de la política fiscal, cuando sí 
existen los recursos pero las restricciones institucionales no permiten utilizarlos. 

Existe un enorme talento humano que no tiene posibilidad de entregar a la so¬ 
ciedad sus mejores esfuerzos. Son académicos del más alto nivel, investigadores, 
doctorantes, posgraduados, en fin. La competitividad empresarial no permite el 
despliegue del talento acumulado de la sociedad. Al contrario de lo que pueda es¬ 
perarse, la empresa capitalista establece una sola dirección para la utilización de 
las mejores capacidades intelectivas de una sociedad. En algunos países o regio¬ 
nes, la formación humanística se soslaya para favorecer las formaciones técnicas. 
Las empresas contratan técnicos, no literatos ni expertos en teología o historia 
medieval (salvo una empresa dedicada a actividades afines a estas áreas). Hay 
una enorme distorsión entre la capacidad intelectual que genera una sociedad y 
la posibilidad que esa capacidad intelectual pueda ponerse al servicio de la reso¬ 
lución de los problemas de esa sociedad. Esa brecha se amplía continuamente. 
Se desperdicia, por tanto, lo mejor que tiene una sociedad. El formato mercantil 
quizá pudo crear una transición importante y abrir el continente de la producción 
en los siglos XVIII y XIX, pero, definitivamente, está desfasado con la sociedad 
del siglo XXL 

La Renta básica universal y sin condiciones, no obstante, puede crear la base para 
reestructurar la relación entre academia, investigación y producción, es decir, en¬ 
tre el talento intelectivo de la sociedad y sus necesidades, porque el capitalismo 
no solo que es incapaz de crear empleo para todos, sino que no logra asignar de 
forma eficiente y correcta los recursos, las capacidades y las responsabilidades. 



88 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


Contrariamente a lo que se cree, las corporaciones transnacionales son maquina¬ 
rias enormes, ineficaces, lentas, despilfarradoras, contaminantes, y, en muchos 
casos, innecesarias. Son máquinas de hacer dinero y que no tienen escrúpulo al¬ 
guno para hacerlo incluso por sobre la ética social. La Renta aqui considerada 
puede ayudarnos a crear otro tipo de producción, más acorde a las tecnologías del 
siglo XXI y a las sociedades del siglo XXL Al generar un umbral social por fuera 
de toda restricción previa en cuanto a ingresos, permite que los talentos sociales, 
la enorme capacidad intelectiva que se crea a nivel social y que se hace exponen¬ 
cial por las tecnologías de comunicación, como el internet, pueda utilizarse en 
beneficio de la sociedad. 

Una producción en red, por ejemplo, y que comparta lo mejor del conocimiento, 
y que se oriente a la resolución de los principales problemas sociales, sin la me¬ 
diación del lucro mercantil, y que además de la Renta básica tenga un programa 
de estímulos monetarios (que pueden adoptar diferentes formas de monedas di¬ 
gitales), de tal manera que esa enorme capacidad intelectual se convierta en un 
sector clave de la economía es una idea plausible y totalmente relacionada con 
la Renta básica universal. Si esta producción en red se articula con las monedas 
digitales, con los mecanismos de comercio justo, y con la participación comunita¬ 
ria, y en la cual los gobiernos de localidad sean parte importante del proceso (las 
alcaldías por ejemplo), se puede pensar incluso en un proceso de transición del 
capitalismo. 

Esa transición implica reordenar las prioridades de la producción. Al momen¬ 
to, la producción está inscrita en las coordenadas de la rentabilidad corporativa. 
La ideología corporativa establece que lo que es bueno para la corporación debe 
ser bueno para la sociedad. Pero las externalidades negativas que provocan las 
corporaciones provocan costos importantes para la sociedad. De hecho, no hay 
ganancia corporativa sin externalidades negativas. Si se suman las externalida¬ 
des negativas que generan las corporaciones y se las compara con la producción 
creada por estas mismas corporaciones, podemos comprender que el aporte real 
de ellas realmente no es tan importante, al menos no en la dimensión que la ideo¬ 
logía corporativa lo presenta. El caso del extractivismo, incluido la industria del 
gas de esquisto, por ejemplo, lo demuestra. Los pasivos ambientales son de tal 
magnitud que se necesitan muchos años de mitigación y compensación para in¬ 
tentar recuperar en algo al medio ambiente. 

Necesitamos, por tanto, como sociedad, asumir la posibilidad de redirigir los es¬ 
fuerzos intelectuales, técnicos, institucionales y laborales para estructurar aque¬ 
llo que realmente necesitamos como sociedad y reducir las externalidades nega- 



89 


Pablo Dávalos 


tivas. La integración de los mejores talentos formados por las universidades, con 
circuitos de producción independientes de las corporaciones, puede ayudarnos a 
superar las externalidades negativas, los pasivos ambientales, los pasivos socia¬ 
les. Pero, para hacerlo, hay que comprender un obstáculo previo: la privatización 
del conocimiento social. 


La macroeconomía de la dignidad 

El discurso económico dominante, más que un discurso científico es un discur¬ 
so de poder. Ha sido duramente cuestionado desde varias vertientes teóricas. El 
neoliberalismo lo plegó a su doxa y lo convirtió en razón dominante del mundo. 
No obstante, la pandemia lo sentó en el banquillo de los acusados. En ese dis¬ 
curso económico hay una elaboración teórica que gira alrededor de un concepto 
central en su analítica, aquel del equilibrio económico (y su correlato: el óptimo 
de Pareto). Para formar el equilibrio económico se racionalizan y analizan dos 
grandes fuerzas del mercado aquellas de la demanda y la oferta. El punto de su 
intersección se denomina “equilibrio general” de la economía, y se convierte en 
la expresión de la racionalidad del sistema económico. En ese punto, al menos 
teóricamente, se habría logrado el máximo posible no solo de utilidad y eficacia, 
sino también de armonía social. Productores y consumidores se encuentran en 
el nirvana del punto máximo de utilidad. El equilibrio general, así, se convierte 
en el deber-ser de la economía en su conjunto. Cuando los precios se alejan del 
equilibrio general se considera que se han producido distorsiones creadas, por lo 
general, por el Estado. La noción de equilibrio general y todas sus matemáticas, 
son una forma elegante de despedir al Estado de la economía y convertirlo en un 
problema y en una desviación a este punto de armonía mercantil. 

La demanda global incorpora en su analítica los circuitos de ahorro-inversión, 
consumo, sector externo y liquidez monetaria, mientras que la oferta global inte¬ 
gra a la empresa y al trabajo. En condiciones de libre mercado, los agentes eco¬ 
nómicos, entre ellos nuestro ya reconocido homo economicus, toman decisiones 
que se asumen consistentes y racionales, y, en virtud de esas decisiones, la eco¬ 
nomía converge automáticamente hacia el equilibrio general. A este, un mundo 
panglosiano, se le da el nombre técnico de macroeconomía. 

La Renta básica universal, no obstante, introduce un grano de arena en esta ma¬ 
quinaria. Se supone, en efecto, que la oferta global condensa en su movimiento 
una multiplicidad de decisiones individuales tanto de empresas que buscan el 
máximo posible de su rentabilidad con recursos escasos (capital y trabajo), cuan- 




90 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


to de individuos que tienen que sacrificar su ocio en función de un ingreso espe¬ 
rado en el mercado de trabajo. La decisión de emplearse o no en una empresa, 
por tanto, corresponde a los individuos que comparan el ingreso que la empresa 
les ofrece con el sacrificio que les implica entregar su tiempo libre, y en función 
de esa comparación deciden si aceptan o no la propuesta de empleo de la empresa 
privada. 

En este tipo de análisis, la responsabilidad sobre el empleo no corresponde a la 
empresa sino a las personas. Por lo tanto, si hay desempleo es porque las perso¬ 
nas no quieren entregar su tiempo al nivel de salarios ofrecidos por la empresa. 
Al juego entre las necesidades de la empresa por trabajo y las necesidades de los 
trabajadores por un ingreso, se le denomina el mercado de trabajo. En ese merca¬ 
do de trabajo, los individuos son racionales, conocen exactamente cuáles son los 
precios del mercado y toman decisiones en función del salario y la inflación (los 
precios). El desempleo, como ya lo hablamos visto, es voluntario. 

Ese esquema que, además es dominante y se enseña en todas las facultades de 
economía del mundo, ha sido objetado desde varias corrientes criticas de la eco¬ 
nomía, pero, en el supuesto que sea real y que determine efectivamente los ni¬ 
veles de empleo, el momento en el cual la sociedad ponga en funcionamiento la 
renta básica universal y sin condiciones, esa teoría de la macroeconomía tendría 
que revisar sus supuestos de base. 

Las personas están obligadas a tomar un empleo porque necesitan un ingreso. 
Subyace ahí una asimetría fundamental. El ingreso para las personas se cons¬ 
tituye en la base de la estructura de su mundo. Sobre ese ingreso construyen, 
de hecho, los fundamentos de su existencia y de su ser-en-el-mundo. Y lo hacen 
porque aquellos bienes y servicios que necesitan tienen un formato mercantil y la 
única forma de acceder a ellos es a través del dinero (ingreso). 

El mercado de trabajo que analiza la macroeconomía no quiere comprender que 
los trabajadores están ya, de entrada, en una condición de desventaja y asimetría 
con respecto a la empresa, para la cual ellos representan un insumo que generará 
un ingreso. Para las personas el ingreso que proviene de su salario representa el 
fundamento de su estructura vital. Sobre esa estructura vital tomarán decisiones 
claves para ellos y su familia. No se trata de una decisión mediada por la valora¬ 
ción del ocio, sino de una decisión que tiene que ver con la estructura ontológica 
de sus propias vidas. Las matemáticas de la macroeconomía moderna ocultan 
ese conflicto fundamental que se establece y que se registra en aquello que ellos 
denominan la oferta global. 




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Pablo Dávalos 


El equilibrio general de la economía esconde una metafísica del mundo en el cual 
millones de personas son obligadas a poner la estructura de su mundo vital cada 
dia enjuego en el mercado de trabajo. Lo que se produce en ese mercado de tra¬ 
bajo no es un equilibrio económico sino un drama. Es un desgarre en la ontologia 
del mundo de cada una de esas personas que entran en el engranaje de los mer¬ 
cados de trabajo. No entregan su tiempo, entregan su vida y también aquella de 
sus familias. Es por ello que están resignadas incluso a las peores humillaciones 
para conservar su empleo, y cuando lo pierden se les viene abajo, literalmente, el 
mundo. Porque es esa estructura de su ser en el mundo, de su propia ontologia, la 
que depende de ese salario-ingreso. 

La Renta básica universal compensa esa asimetría fundamental de los mercados 
de trabajo, y les permite a las personas asumir las decisiones laborales con mayor 
serenidad y con mayor proyección. Evita ese drama ontológico de poner enjuego 
la estructura misma de su ser-en-el-mundo, porque le otorga a las personas un 
sustrato de protección desde el cual puede, finalmente, encarar la negociación en 
el mercado de trabajo con más libertad y menos coacciones. 

Puede ser que vayan al mercado de trabajo y se contraten con una empresa priva¬ 
da, pero esta vez se parte desde una posición diferente. Ya no desde la desespera¬ 
ción y la angustia. El drama cede a la reflexión y la auto-valoración. La metafísica 
de la angustia de poner en juego la base existencial de su ser en el mundo, cede a 
la ponderación de las decisiones más acertadas para sí mismos y sus familias. La 
estructura más fundamental de su vida no se altera porque está ya cubierta por la 
Renta básica universal. 

Esto significa que la posición de equilibrio de los mercados de trabajo se altera 
y que las empresas para poder contratar necesitan entregar a los trabajadores 
algo más que un trabajo embrutecedor y mal pagado. Si la Renta en cuestión 
permite vivir a una familia con lo mínimo posible pero dentro de un entorno 
de dignidad, asumir la decisión de un trabajo puede considerarse una decisión 
mediada por la Renta básica universal y en la cual se tome esa decisión pero con 
otras proyecciones. En la macroeconomía que emerge desde esta renta, la deci¬ 
sión del empleo ya no está en la ecuación que iguala el sacrificio del ocio por el 
ingreso esperado, sino más bien en la empresa privada que, si necesita trabaja¬ 
dores, tendrá que ofertar no solo cantidad, sino y sobre todo trabajo de calidad. 
La Renta básica universal, puede a5aidar a cambiar realmente las sociedades. 
Puede obligar a las empresas a apostar por la calidad del trabajo. Necesitamos, 
por consiguiente, elaborar un nuevo marco técnico analítico, aquel de la macro¬ 
economía de la dignidad. 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


La microeconomía de la post-escasez 

¿Puede alterar la Renta básica universal y sin condiciones la estructura de pre¬ 
cios en una sociedad? Para responder es necesario, primero, saber qué son los 
precios. Sin embargo esa respuesta constata una transformación importante: en 
las sociedades de la post-escasez la lógica de los precios ya no representan a los 
costos marginales, sino a los costos de transacción. Se trata de un cambio cuali¬ 
tativo significativo, porque traslada la definición de los precios de la producción 
y distribución, hacia las instituciones y la sociedad. Los precios en la sociedad de 
la post-escasez, a diferencia de lo que enseña el manual de economía, dependen 
más de sus instituciones que de sus condiciones productivas. 

No significa que no existan costos marginales, sino que su importancia ya no es de¬ 
terminante para el precio. Cuando se habla de costos marginales se hace referencia, 
básicamente, al costo del capital y al costo del trabajo. En el primer caso la variable 
significativa es la tasa de interés y, en el segundo, el salario. En las sociedades de 
la post-escasez, esos costos marginales ya no tienen la importancia que tuvieron 
en el siglo XX. La corporación determina ahora su estructura de costos más en 
función de sus costos de transacción, es decir, en la estructura de las instituciones, 
los derechos de propiedad, las expectativas, los comportamientos estratégicos (asi¬ 
metrías de la información, riesgo moral, problemas principal-agente, free trader, 
entre otros), que en función de la estructura tradicional de costos de producción. 

Si esto es así, el salario, con toda la importancia que puede tener en determinadas 
industrias y sociedades, define muy poco a los precios, y menos aún la inflación. 
El salario, en las sociedades de la post-escasez representa más una variable polí¬ 
tica que una económica. Mantener los salarios a un determinado nivel tiene que 
ver más con la distribución del ingreso que con la economía de la corporación. Al 
disminuir los salarios aumenta la tasa de beneficio (relativamente a la baja por el 
incremento de la productividad del capital), y eso se expresa en mejores cotizacio¬ 
nes en la bolsa. 

El salario, por tanto, tiene que ver con la estructura de un capitalismo de casino, 
que con una estructura productiva. En consecuencia, la Renta básica universal 
no altera la estructura de precios de la corporación, porque no afecta sus costos 
marginales, aunque sí altera sus costos de transacción. Pero los altera de forma 
positiva, porque la corporación ya puede contar con una demanda efectiva cons¬ 
tante al largo plazo. Es decir, la corporación puede diseñar mejor la elasticidad 
del precio de sus productos porque sabe que hay una demanda de largo plazo que 
no se altera por las fluctuaciones del ingreso. 




93 


Pablo Dávalos 


El problema de la corporación está en sus accionistas, cuando tengan que pagar 
impuestos al capital y a las ganancias extraordinarias cada vez más crecientes. 
La rentabilidad del capital no se altera por la Renta básica universal, pero la con¬ 
tribución del capital si se altera por la via de los impuestos a los ingresos. La 
Renta básica universal no va a provocar ningún tipo de inflación, ni tampoco dis¬ 
minución de la inversión, ni fuga de capitales, ni desincentivos a la producción. 
Tampoco altera el costo marginal del trabajo, porque los trabajadores tienen que 
rendir en función de las instalaciones y los modelos de gestión de la Arma. La 
empresa tendrá que pagar salarios competitivos para obtener los volúmenes de 
empleo que requiere. Ya no puede presionar los salarios a la baja porque la Renta 
básica universal se lo impide. Pero pagar mejores salarios no afecta la estructura 
ni contable ni productiva de la empresa del siglo XXI, porque el grueso de sus 
costos no están en la producción sino en los costos de transacción. A la empresa 
competitiva del siglo XXI, le cuesta mucho más proteger los derechos de propie¬ 
dad de su marca, que el costo en su nómina de personal. La corporación moderna 
gasta más en abogados que en obreros. El conflicto de la Renta básica universal 
y sin condiciones es un conflicto politico, y se da a partir de la resistencia que 
pondrán los inversionistas y las grandes fortunas a pagar impuestos directos por 
las ganancias extraordinarias al capital y a sus ingresos. En los dorados años del 
neoliberalismo habían logrado convencer a la sociedad que si dejaban de pagar 
impuestos ellos podrían incrementar la inversión. Eso no pasó nunca y nada tenía 
que ver con la estructura impositiva. Más bien la alteró perjudicando a la socie¬ 
dad. Ahora es necesario revertir ese proceso y llevarlo hacia los niveles que es¬ 
taban antes del neoliberalismo, pero enfocarlos hacia una política redistributiva 
directa como la Renta básica universal y sin condiciones. Pero ese es un debate y 
un conflicto eminentemente político. 

La Renta aquí enunciada está relacionada directamente con el ingreso de los tra¬ 
bajadores. Es un mínimo con el cual una familia de trabajadores puede vivir con 
dignidad. No es excluyente de otros ingresos que pueda obtener la familia, ni 
con otro tipo de prestaciones sociales, y no está condicionada a cumplimiento 
de requisito alguno que no sea la ciudadanía. Se financia a través de impuestos 
directos a las ganancias del capital y el objetivo es que se extienda hasta cubrir al 
máximo posible de población y hacerlo de forma indefinida en el tiempo. En una 
primera etapa estará orientada hacia los sectores más vulnerables de la sociedad, 
pero el objetivo es que a futuro sea universal. 

Esto plantea una cuestión con respecto a los salarios, si existe una base de ingre¬ 
sos determinada por la Renta básica universal, entonces los salarios no pueden 
descender por debajo de esa línea base. Toda contratación, para ser atractiva para 




94 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


los trabajadores, tendrá que ofrecer un salario por encima de la línea base de 
la Renta básica universal. En esas circunstancias, los trabajadores pueden o no 
optar por ese ingreso adicional y añadirlo a la Renta percibida por derecho pro¬ 
pio. Esto signiñca que para la empresa el cálculo del salario base se modiñca. Si 
antes de esta Renta se utilizaba la noción de productividad marginal del capital y 
economía de escala, ahora, a partir de ella, la empresa tiene que pensar la defini¬ 
ción del salario desde otros determinantes, que tienen que ver ahora más con su 
aporte real a la sociedad. La Renta básica universal le obliga a la empresa compe¬ 
titiva a mirar su entramado social. A ofertar salarios atractivos en función de los 
aportes en riqueza que puede hacer a la sociedad. Pero lo que la empresa gasta en 
salarios se convierte en ingresos de otra empresa. La Renta básica universal y sin 
condiciones es un juego de suma positiva. 


Uberización, difuminación, extensión: 
el capital se hace ubicuo 

La pesadilla de todo empresario competitivo es el sindicato. Hay momentos, 
cuando nada pueden hacer por suprimirlos, en los que los consideran un mal 
necesario y están condenados a soportarlos. Y hay países y regiones en los que 
simplemente no existen. Están prohibidos. Los trade-unions del siglo XVIII 
evolucionaron hasta constituirse en potentes actores políticos del mundo mo¬ 
derno. Ellos han contribuido a dar forma al capitalismo al frenar sus excesos. La 
ideología del capitalismo los ha demonizado. Los ha convertido en las víctimas 
propiciatorias de sus propios excesos y errores. Pero sin los sindicatos habría 
sido imposible el Estado de Bienestar y la presencia de una enorme clase media 
a nivel mundial. Habrían sido imposibles también los derechos laborales, el 
salario mínimo, las cuarenta horas, y en algunos países las treinta y cinco horas 
semanales, así como la seguridad social, el seguro de desempleo, las vacaciones 
pagadas, en fin, aquello que nos caracteriza como sociedad moderna y demo¬ 
crática. 

La ideología del capitalismo ha creado una supuesta racionalidad en la economía 
en la cual la desaparición de los sindicatos por implicación incrementa la produc¬ 
tividad de las empresas. Aunque no tienen relación alguna, pero se considera que 
una empresa es más competitiva si no tiene sindicatos. En las bolsas de valores del 
mundo, cada vez que hay una fusión de empresas y se anuncia el despido de perso¬ 
nal, su cotización aumenta. Se trata de una visión espuria de la economía en la cual 
la competitividad no está asociada a la tecnología e innovación científica y racional 
de sus procesos productivos sino a la mayor explotación de los trabajadores. 




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Pablo Dávalos 


Hay una larga, densa y conflictiva historia detrás de la relación entre los sindica¬ 
tos y el capital. Sin embargo, el mundo que emerge desde la pandemia del coro- 
navirus empieza a adquirir otros matices y otras contexturas. Una de las primeras 
transformaciones tiene que ver con la jornada laboral, el contrato laboral y con el 
sitio de trabajo. En algunas industrias es imposible que el trabajador no esté en 
la planta. Pero en otras, el trabajador puede compartir el tiempo de estadía en la 
empresa y otro tiempo de sajornada laboral en su casa. 

Definir el tiempo laboral en el teletrabajo y evitar la sobreexplotación es difícil, 
pero los empresarios de la globalización ya intuyen que el mundo de la post-pan- 
demia presenta importantes oportunidades para ellos. Se imaginan en la canti¬ 
dad de recursos que pueden ahorrar si transfieren importantes segmentos de sus 
procesos productivos hacia el tele-trabajo. Podrían dejar de pagar en energía, en 
infraestructura, en gestión, en costos de transacción, en fin, en una serie de costos 
asociados a tener a una planta de personas concentradas en un solo lugar. 

Para la corporación moderna, el mundo post-pandemia les abre la posibilidad de 
transferir costos, de la misma manera que las reformas de las zonas especiales de 
desarrollo económico de fines de los años setenta, les permitieron delocalizar la 
producción en busca de mano de obra más barata y menos costos fiscales, así la 
corporación moderna puede pensar en delocalizar líneas enteras hacia los hogares 
de sus trabajadores. Así, eliminan una serie de costos y logran más rendimientos. 

La empresa moderna puede difuminarse y extenderse bajo un esquema de traba¬ 
jo prét-á-porter, o, si se quiere, una especie de uberización de la economía global. 
De esta forma, desde abogados de la Arma, técnicos, desarrolladores de aplica¬ 
ciones, expertos en marketing, contadores, auditores, en fin, y dependiendo de la 
especialización de la corporación, puede ser que muchas líneas puedan ser exter- 
nalizadas de la Arma y transferidas hacia los hogares de sus trabajadores. 

En el mundo pos-pandemia la delocalización, y el out-sourcing pueden experi¬ 
mentar una vuelta de tuerca que lleve más allá de lo imaginado al trabajo y la fle- 
xibilización laboral. La corporación del futuro puede convertirse en intangible y 
ubicua: estar en todas partes y en ninguna. Ser solamente un algoritmo de inteli¬ 
gencia artificial que gestiona a nivel mundial asignación de recursos y prestación 
de servicios. Convertirse apenas en un indicador de la bolsa. 

Es obvio que habrán industrias en las que la presencia ñsica de los trabajadores 
será imprescindible, sobre todo en el sector de servicios e industrias transfor¬ 
mativas, pero es muy probable que aquella imagen de la corporación global, con 




96 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


una enorme infraestructura, con enormes y vigilados edificios, sea más una fan¬ 
tasía de Netflix, que una realidad. La corporación del futuro será más parecida a 
una red delocalizada por todas partes del mundo, que a una enorme estructura 
centralizada. Hay que recordar que las puntas de lanza de la productividad, en 
especial: infotecnología, biotecnología, y nanotecnología, son intensivas en co¬ 
nocimientos, sobre todo en aquel de gran especialización. Salvo los laboratorios, 
que incluso pueden delocalizarse a través de la masificación de la impresión 3D, 
pero ese personal puede trabajar sin problema alguno desde sus hogares. 

Por tanto, se impone repensar el formato de la jornada de trabajo. Hay que recordar 
que esa jornada se impuso desde la lucha de clases entre trabajadores y capitalistas 
hasta lograr las ocho horas diarias. Más allá de esa jornada, el contrato laboral debe 
cambiar y deben pagarse como horas suplementarias. Pero esa jornada de trabajo 
tenía que ver con la estructura empresarial del capitalismo decimonónico. Las co¬ 
sas han cambiado en más de un siglo para el capitalismo. La estructura productiva 
es intensiva en conocimientos especializados y se asienta sobre las posibilidades 
científicas y tecnológicas de las sociedades. Hay procesos que ni siquiera se pensa¬ 
ban hace algunas décadas, como las redes 5G, la inteligencia artificial o las impre¬ 
siones 3D. La producción está totalmente globalizada y cada vez más automatizada. 
Hay procesos productivos en los cuales los seres humanos han sido expulsados, 
por ejemplo en la industria de chips y semiconductores, que necesariamente tienen 
que ser hechos por mecanismos automatizados. En consecuencia, es momento de 
plantearse una reforma integral en la jornada de trabajo y su reducción. Pero tiene 
que ser una reducción importante y con la misma o igual remuneración. 

La sociedad moderna, hiperproductiva y tecnológica puede soportar sin ningún 
problema jornadas laborales máximas de treinta horas a la semana. Esto significa 
que se necesita dar al ocio una estructura también diferenciada y que se separe de 
la industria del espectáculo. El tiempo del ocio tiene que inscribirse dentro de una 
ética y estética de la vida. La industria del espectáculo consume nuestro tiempo. 
Lo devora sin que podamos siquiera darnos cuenta. Nos presenta una dimensión 
estética y lúdica totalmente alienada. Por eso, el problema real de la jornada labo¬ 
ral de las treinta horas semanales, no es la reducción del tiempo de trabajo sino la 
expansión del tiempo del ocio. Si las sociedades no intervienen sobre ese tiempo 
de ocio y le otorgan una dimensión ética y estética, por fuera de sus contenidos 
alienados, en vez de una transformación positiva podrían generarse las condicio¬ 
nes para una distopía social. 

Ante esa perspectiva, los sindicatos también tienen que transformarse. Tienen 
ante sí un desafio que no habían siquiera imaginado: con la Renta básica uni- 




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Pablo Dávalos 


versal, los sistemas de salud públicos y las universidades libres y globales, el reto 
para los sindicatos, ahora y hacia el futuro es cómo ganar la batalla a la alienación 
mercantil. Cómo otorgar al tiempo que se gane al capital una dimensión ética y 
estética. Cómo evitar que la disminución de la jornada de trabajo no menoscabe 
los derechos laborales, al tiempo de cómo integrar ese tiempo que se ha ganado 
en una dimensión lúdica y estética pero alejada del espectáculo alienante. Los 
sindicatos deben pensar en las sociedades del siglo XXI, y deben transformarse 
para ser los actores fundamentales y centrales de las sociedades de este siglo. 


La economía de la información requiere de otras 
coordenadas de interpretación 

La sociedad de la post-escasez también implica transformaciones importantes en 
la estructura misma de la producción. Mientras que en las sociedades industria¬ 
les lo más importante pasaba por las empresas de energía, los bancos y la finanza, 
las empresas de comunicaciones, y las grandes industrias, en las sociedades de la 
post-escasez las empresas más importantes son aquellas que manejan informa¬ 
ción y conocimiento. 

En cualquier proceso productivo, la empresa se confronta a recursos relativa¬ 
mente escasos como capital y trabajo, en consecuencia se ven sometidas a rendi¬ 
mientos decrecientes de esos recursos lo que las obliga a utilizarlos con el máxi¬ 
mo nivel de eficiencia. Al menos teóricamente. En las empresas de la sociedad 
de la post-escasez, en cambio, el recurso más importante es infinito y su costo 
marginal es prácticamente cero, es decir, es gratuito. Son empresas que trabajan 
con información y generan plataformas para capturar esa información. Ofertan 
esas plataformas a un coste marginal cero, de tal manera que su gratuidad atrae 
a las personas que las utilizan y, al hacerlo, colocan todo tipo de información en 
esas plataformas. 

Algoritmos de inteligencia artificial procesan esa información, la empaquetan y 
la negocian. Las empresas que capturan información a un precio ínfimo o cero 
y la venden a un precio superior, tienen una enorme ventaja sobre las empresas 
del sector real o el sector financiero, porque no tienen que pagar por el principal 
insumo que forma parte de su modelo de negocios. Su capacidad de apalanca- 
miento, de expansión, de control de mercado, son casi infinitas. 

Esas empresas logran cambiar las modalidades de la acumulación capitalista a 
nivel global, e imponen dinámicas de precios y modelos de negocios relativamen- 




98 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


te inéditos e innovadores para el capitalismo. En estas empresas, su entorno tiene 
poco que ver con la empresa tradicional. Son empresas que se orientan hacia un 
fenómeno que emerge en el siglo XXI y son los bienes cuyo costo marginal tiende 
a ser nulo (es decir, gratuitos). Se especializan en identificar esos procesos, cap¬ 
turarlos y someterlos a la lógica mercantil. 

Estas empresas surgen de la masificación del internet, de los teléfonos inteligen¬ 
tes, y de la precarización cada vez más creciente de las sociedades. El modelo de 
negocios de estas empresas se mimetiza con el usuario. Las personas utilizan las 
redes sociales y colocan en ellas toda la información de la que son capaces. Pero 
es información que solo les pertenece a ellos y a su relación con el mundo. Uti¬ 
lizan las redes para constatarse en el mundo. Para ratificarse en él. Pueden ser 
ejercicios de un narcisismo ingenuo, pero es el espejo que ahora necesitan para 
confirmarse en sus sociedades. 

Esa información, es el modelo de negocio de la empresa. Los costos margina¬ 
les nulos, nacen desde las contradicciones inherentes al capitalismo y su apuesta 
por la competitividad. Es esa sed insaciable de beneficios que ha obligado a la 
moderna corporación a apelar al uso intensivo del conocimiento para todos sus 
procesos productivos y sus modelos de gestión. El resultado es impresionante: 
una capacidad de producción exponencial. Ya se había hecho mención a tres di¬ 
námicas que nacen desde estos procesos: la infotecnología, la biotecnología y las 
nanotecnologías. A estos procesos habría que añadir la potencia de las redes de 
conectividad (5G), y las transiciones energéticas. 

Empero, la apelación a la competitividad absoluta creó una contradicción: los 
precios resultantes tienen la tendencia a caer (justo por el descenso de los costos 
marginales), y la riqueza tiende a saturar a los mercados. Estas transformaciones 
también han provocado un cambio en la estructura de los precios. Donde antes 
constaba la lógica de los costos marginales de producción y distribución, ahora se 
imponen los costos de transacción y aquellos de gestión de las marcas. El precio, 
en la empresa de la economía de la información, poco tiene que ver con los costos 
marginales de producción. 

Pero este ambiente de innovación, transformación y alteración de procesos pro¬ 
ductivos, no tiene su correlato en los sistemas políticos ni jurídicos. La riqueza 
que se crea se concentra cada vez más en pocas manos. Porque las economías 
de la información crean precios y ganancias dentro de una estructura social e 
institucional que estaba hecho para otro tipo de industrias y de modelos de nego¬ 
cios. En el mundo de la energía, o de las industrias de la transformación, o de las 




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Pablo Dávalos 


comunicaciones, la rentabilidad estaba inscrita y circunscrita a la inversión y a la 
tasa interna de retorno que nacia desde esa dinámica. 

La institucionalidad creada, se había adecuado a ese mundo corporativo en el 
cual de alguna manera la riqueza era tangible. En la realidad de la economía de la 
información, los precios escapan de la lógica tradicional y se relacionan más con 
el modelo de negocios de la corporación que utiliza en beneficio propio esa asi¬ 
metría entre la información que se pone en las redes y que se negocia por fuera de 
ellas. Es, por consiguiente, normal que esas industrias aprovechen unos marcos 
institucionales tan jerárquicos y tan pesados, por así decirlo, para apalancarse a 
sí mismas. Es por eso también que al tiempo que se incrementa la capacidad pro¬ 
ductiva de las sociedades, también lo hagan las iniquidades sociales. El mundo 
adopta un tono distópico. La sociedad se repliega sobre sí misma, al tiempo que 
la riqueza se expande de forma exponencial. No hay aún posibilidad de crear un 
proceso social e institucional que cambie el sentido (como significación y direc¬ 
ción) de estas transformaciones. 

Cuando la pandemia emerge, lo hace justamente en medio de esos cambios. Es 
una ironía de la historia, pero el núcleo desde el cual se expandió la pandemia, es 
la ciudad china de Wuhan, que es uno de los centros de la producción de las nue¬ 
vas tecnologías más importantes del comercio mundial. Los sistemas políticos, de 
su parte, no tienen la flexibilidad institucional para acompañar los cambios que 
se generan desde la economía de la post-escasez. Esa forma pesada de responder 
a su propia historia se convierte en la mejor condición de posibilidad para impe¬ 
dir cambios institucionales en la redistribución del ingreso. 

De hecho, será muy difícil que a futuro esos sistemas políticos se sintonicen con 
su propia historia. Precisamente por ello, la mejor posibilidad para evitar la de¬ 
riva distópica del mundo post-pandemia, y la consolidación de esa arquitectura 
institucional diseñada para canalizar la creación de riqueza hacia arriba, es la 
Renta básica universal y sin condiciones. A partir de ahí pueden suscitarse las 
transformaciones que se necesitan para revertir esos procesos y para que los sis¬ 
temas políticos se pongan a tono con la historia. Esta Renta se inscribe de manera 
directa en estas transformaciones estructurales de la producción. No es gratuito 
que uno de sus proponentes sea Jeff Bezos, el CEO de Amazon, una de las corpo¬ 
raciones más grandes del mundo. La Renta básica universal es la entrada al siglo 
XXI y la creación de una nueva arquitectura institucional para el ingreso social 
en las sociedades de la post-escasez. Si no se aplica la Renta básica universal, será 
muy difícil alterar la asimetría fundamental desde la cual se construirá el mundo 
de la pos-pandemia. 




100 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


Renta básica universal y la política de la utopía 

Los sistemas políticos fueron rebasados por la pandemia. Se revelaron en muchos 
casos parte del problema. En EEUU, la presidencia de Trump tomó decisiones 
equivocadas (y a veces ridiculas), y sometió a su población a un sacrificio inútil al 
no tomar disposiciones adecuadas y a tiempo. Lo mismo puede decirse de Brasil, 
o de Ecuador. Sus marcos institucionales se convirtieron en obstáculos para ayu¬ 
dar de mejor manera a las personas que eran atacadas por la peste. Es paradójico, 
pero los expedientes históricos demuestran que incluso en la Edad Media, ante la 
debilidad de sus estructuras científicas, las instituciones existentes de ese enton¬ 
ces fueron más flexibles y estuvieron más acordes con las exigencias de su tiempo 
histórico que los sistemas políticos de la modernidad. ¿Qué nos pasó como socie¬ 
dad? ¿Por qué nuestros sistemas políticos se anquilosaron? ¿Por qué no estuvie¬ 
ron a la altura de sus circunstancias históricas? ¿Por qué se convirtieron más en 
un problema que en parte de la solución? 

Una de las respuestas está en que los sistemas políticos fueron el correlato a la ad¬ 
ministración estratégica de la escasez. Son sistemas políticos hechos en función 
de una economía industrial, con recursos escasos y rendimientos decrecientes, 
con consumidores disciplinados, y con sociedades jerárquicas. Son sistemas polí¬ 
ticos del siglo XX, que aún procesan ideas como “desarrollo económico”, “progre¬ 
so social”, “crecimiento económico”, entre otros significantes, en un mundo que 
ha cambiado radicalmente. 

Ante los problemas más acuciantes de la humanidad, como por ejemplo el ca¬ 
lentamiento global, esos sistemas políticos se revelaron impotentes. Se enreda¬ 
ron en un conjunto de discusiones y resoluciones que nunca alteraron la deriva 
predatoria del capitalismo. Eueron la réplica de aquellas discusiones de Bizancio 
de la Edad Media, que tanto acapararon la atención de sus sociedades pero cuya 
trascendencia social se reveló trivial. Eue la pandemia, la que nos obliga a transi¬ 
tar al siglo XXI y comprender que se necesitan de otros marcos teóricos, de otras 
formas institucionales y de otra política. Pero en este nuevo siglo los referentes, 
los marcos de acción, las estructuras institucionales que se crearon en el siglo 
pasado, se demuestran disfuncionales con su tiempo histórico. 

Los sistemas políticos están hechos para cubrir la iniquidad de la distribución del 
ingreso e impedir cualquier cambio al respecto. Y también son la caja de resonancia 
para el retorno de los fascismos, la xenofobia, los progroms. No actúan como una 
mediación que permite solucionar los problemas sociales sino que ellos mismos se 
constituyen en un problema social. Hay múltiples ejemplos al respecto, pero, para 




101 


Pablo Dávalos 


retomar algunos ya utilizados, su formato disfuncional fue la condición de posibi¬ 
lidad para el Brexit. Fue también la condición de posibilidad para las políticas de 
ajuste y austeridad fiscal que destruyeron la capacidad de salud pública, o fueron 
utilizados para exacerbar la xenofobia, el racismo y el odio cerval al Otro. 

La incapacidad de los sistemas políticos por frenar la austeridad y el límite que pu¬ 
sieron a la participación democrática de las sociedades para cambiar el rumbo de la 
austeridad tienen quizá su mejor ejemplo en Grecia con el partido político S5TÍza. 
Como partido de oposición al neoliberalismo, S5TÍza y su líder político Alexis Tsi- 
pras tuvieron todo el apoyo social para salir de la austeridad. En un referéndum, 
la sociedad griega se pronunció de forma mayoritaria por salir del ajuste y la aus¬ 
teridad. Sin embargo, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo llamaron 
al orden a la sociedad griega e impusieron un ajuste fiscal sin contemplaciones. Al 
hacerlo, destruyeron la posibilidad de una democracia política y participativa y la 
convirtieron en puro simulacro. La expresión de Jean Claude Juncker, Presidente 
de la Comisión Europea, el 29 de febrero de 2014, es contundente a este respecto: 
“No pueden haber elecciones democráticas en contra de los tratados europeos”. 

Esa forma de fijar la democracia como aspecto contingente de la economía, se 
sustenta en la forma por la cual los sistemas políticos tratan a sus electores. Y ese 
trato se fundamenta desde la escasez y el chantaje al salario. Cuando los ciudada¬ 
nos sienten que sus condiciones de vida se deterioran buscan en la democracia y 
sus sistemas políticos la posibilidad de revertir esa situación, atenuarla, mitigarla 
o crear una distancia estratégica para protegerse de ella. Ubican y reconocen a 
los políticos que se distancian de esas condiciones y los apoyan con su voto. Son 
decisiones mediadas más por los afectos de las circunstancias que por un razo¬ 
namiento sobre ellas. Los políticos saben de las condiciones de vulnerabilidad 
de sus electores y juegan con ello. Saben que están sometidos a condiciones de 
temor fundamental y que el miedo apela siempre a lo primario. Los políticos, 
como buenos lectores de Maquiavelo, cuentan con ello para sus estrategias de 
manipulación y así poder ganar las elecciones. Por eso las campañas electorales 
no son racionales sino emotivas, sentimentales. El político se dirige a los senti¬ 
mientos del elector, no a su racionalidad. Manipula esos sentimientos, porque el 
elector está en un terreno pantanoso y necesita de algo para sostenerse. Donde 
hay miedo lo exacerba para que el ciudadano pueda verlo en su papel redentor. 
No promete solucionar nada sino más bien lo contrario. Por eso muchas veces las 
sociedades votan contra sí mismas. 

La Renta básica universal y sin condiciones transforma el escenario político y 
los sistemas políticos. Cuando los electores tienen una base firme a la que asirse 




102 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


y saben que ese fundamento estará siempre ahí, pueden establecer una relación 
diferente con sus políticos, sus partidos y sus sistemas políticos. Los ciudadanos, 
ya no pueden caer necesariamente bajo el hechizo populista y el chantaje sobre 
el salario, cuando tienen asegurado un ingreso mínimo. La política no tiene que 
ir a la captura del sentimiento del ciudadano, y este ya no tiene que someterse al 
espectáculo y a esa manipulación de sus sentimientos, al menos en lo que hace 
referencia al ingreso salarial. 

Puede ser que sus decisiones se basen finalmente en los sentimientos a los que 
apelan los políticos, pero puede ser también que desde la posición de la Renta 
básica universal aquello que se exija a los políticos sea la capacidad de respuesta 
más coherente con los problemas de su sociedad. En el Brexit, aquello que movió 
las fibras más sensibles de los electores fue la construcción de los migrantes como 
la víctima propiciatoria responsable de la difícil situación de desempleo, pobreza 
y pérdida de servicios básicos. La construcción del enemigo tuvo en los migrantes 
su blanco más fácil. Eran los migrantes, decía la propaganda, los responsables 
directos de la profunda situación de crisis y desempleo. Si ellos no existiesen, en¬ 
tonces los empleos serían nuestros, fue el razonamiento de los electores. Europa 
nos ha quitado mucho más de lo que nos ha dado. Hemos entregado mucho a 
Europa, y ella solo nos ha dado migrantes que nos han quitado nuestros empleos. 
¿Para qué quedarnos en Europa si ello representa un enorme gasto público? La 
conclusión era evidente: había que salir de Europa para defender el ingreso y los 
salarios. El sueño de la Unión Europea se hacía, pues, trizas. 

Cuando la peste vino, el premier inglés consideró que no había que actuar porque 
la economía era la prioridad, sobre todo en un contexto de amplio desempleo. 
Cuando quiso reaccionar fue tarde. El propio Primer Ministro, terminó en tera¬ 
pia intensiva. Como contrafáctico se puede suponer la hipótesis de la realidad 
política de Inglaterra si en ese país existía la Renta básica universal (que no es lo 
mismo que el seguro de desempleo). Al tener una Renta como la aquí considera¬ 
da, quizá el discurso en contra de los migrantes habría tenido más mediaciones y 
quizá el resultado del Brexit habría sido distinto. 

Todo contrafáctico es aporético por definición, pero en todo caso permite ilumi¬ 
nar de otra manera algunas circunstancias. La primera de ellas es que la Renta 
básica universal tiene consecuencias directas sobre los sistemas políticos. Crea 
una mediación sobre los sistemas políticos que los alteran y los obligan a reaccio¬ 
nar. Ciudadanos conscientes y en red, que no tienen detrás de sí el chantaje de la 
escasez, que saben que tienen no solo una Renta básica universal sino también un 
sistema único de salud pública orientado a la prevención, y un sistema educativo 




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Pablo Dávalos 


global, en red y sin competitividad, quizá puedan plantear a su sistema político 
otro tipo de prioridades y que tienen que ver con problemas más fundamentales 
para su construcción social. 

Al eliminar el chantaje de la escasez, se libera al sistema político de las trampas 
del populismo y el clientelismo. Puede ser que la dinámica populista y clientelar 
no desaparezca y adopte otras formas, pero es plausible que aquel populismo que 
ofrecía empleo e ingresos a sus votantes y para hacerlo construía un enemigo 
en los migrantes, y apelaba a la construcción de muros, su criminalización, y la 
construcción de campos de concentración para ellos, quizá cambie de manera 
fundamental. 

La Renta básica universal permite la construcción de sistemas políticos más 
transparentes, más conscientes, más responsables con su propia sociedad. No 
se necesita construirse a sí mismo a partir de la destrucción del otro. Un sistema 
político que se construye de esa manera termina haciendo mucho daño a su so¬ 
ciedad y, finalmente, todos pagan las consecuencias. No se puede asignar a otro 
aquellas responsabilidades que dependen de nuestras propias decisiones. 

La Renta básica universal puede convertirse en una opción para que los sistemas 
políticos transiten hacia el siglo XXL Con políticos dedicados a sus sociedades 
y sin pensar en el chantaje ni la efímera popularidad. Sin la necesidad de ma¬ 
nipular sentimientos por necesidades electorales, sino en debate abierto en la 
búsqueda de soluciones para los problemas sociales. Esta renta le puede dar más 
contenidos a la democracia, porque las decisiones del sistema político, al no te¬ 
ner la mediación de la escasez como condición de posibilidad para manipular al 
electorado, debe centrarse en la recuperación del tejido social y en la ampliación 
de la frontera democrática. Así, la Renta básica universal se convierte también en 
un desafio por la democracia. 


Los desafíos monetarios y sus amenazas 
y posibilidades 

Uno de los debates más importantes de toda sociedad, pero lamentablemente 
no tan generalizados, tiene que ver con el dinero. El dinero representa la inter¬ 
sección de varios vectores sociales (si asumimos a la producción y la economía 
como determinaciones sociales). Ahí converge la producción de una sociedad, 
pero también el tiempo social, las estructuras institucionales, las relaciones de 
poder, la alienación de las necesidades, la antropología de las culturas. Es arduo 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


y complicado responder por la pregunta ¿qué es el dinero? Pero, en cambio, no es 
difícil situar las coordenadas que han sido creadas desde la economía dominante, 
es decir, el neoliberalismo, para entender al dinero. Si bien es cierto que el debate 
teórico sobre la estructura del dinero está abierto, también es cierto que las coor¬ 
denadas más básicas de su control institucional están ya establecidas. 

La economía dominante, denominada clásica o neoclásica (neoliberal), tiene una 
posición de principio con respecto al dinero: representa un velo que encubre los 
procesos productivos considerados como más reales que la moneda, por ello la 
moneda es neutral con relación a los recursos de la producción que, además, son 
considerados escasos. El dinero debe actuar como signo y, como tal, no puede 
alterar al significante. Su neutralidad significa que la estructura de la producción 
está signada por la escasez y el dinero nada puede hacer para alterarla. Cuando se 
produce la asimetría entre escasez y dinero, la inflación sanciona esa asimetría y 
la somete a su disciplina. 

Esta noción tiene consecuencias importantes para el mundo que se diseñó en los 
siglos XIX y XX, y, si no se altera, probablemente también para el siglo XXL La 
primera, y quizá más importante, es que dividió a la producción en una esfera 
real (aquella que produce bienes y servicios) y otra esfera monetaria. La primera 
es medida por el PIB (el más conocido), la segunda, en cambio, no tiene baremo 
alguno. Al separarlas de forma tan radical, la sociedad no tiene una idea clara de 
sus capacidades productivas. Puede solamente identificar una parte del proceso, 
aquella relacionada con la cantidad de bienes y servicios creados en un periodo, 
pero no tiene mayor idea de su complemento, la cantidad de dinero que fue nece¬ 
sario para crearlo, es decir, el crédito. Al separar al crédito de la cuantificación de 
la riqueza social, se separa el tiempo de la sociedad, porque el crédito es tiempo 
(el eslabón entre presente y futuro del cual escribía Keynes), y se toma en consi¬ 
deración solo una parte de sus capacidades productivas. Si se incorpora el crédito 
al PIB mundial, las cifras serían siderales y darían cuenta de lo que se quiere decir 
con la expresión: sociedad de la post-escasez. 

Esta separación también es estratégica porque oculta a la sociedad sus potencia¬ 
lidades y su capacidad de definir mejor y con una priorización más pertinente el 
uso de su tiempo social. Al no contabilizar en la estructura productiva mundial al 
tiempo social en forma de crédito, este puede ser manejado directamente por los 
bancos privados sin rendir cuentas a sus sociedades. Esta libertad de movimien¬ 
tos hace que el recurso más importante que tiene cualquier sociedad, su propio 
tiempo, sea manejado a sus espaldas y que la sociedad no tenga ninguna idea de 
cómo es utilizado porque no tienen ninguna capacidad de control sobre él. Es ese 




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Pablo Dávalos 


margen de maniobra casi infinito el que hace que los bancos privados utilicen 
el tiempo social para apostar contra él, y hacer del futuro una mercancía como 
cualquier otra. Esa especulación sin límite alguno, lleva el tiempo social hacia sus 
extremos y provoca distorsiones y fallas importantes. Cuando las previsiones de 
los bancos fallan se producen las crisis financieras y monetarias. Cuando estas 
crisis estallan, los bancos privados pasan la factura a sus sociedades. Los bancos 
centrales empiezan a emitir dinero (crédito) que será pagado por sus contribu¬ 
yentes, para amortizar los errores de los bancos privados. Se trata, en realidad, 
de una historia bastante conocida, sobre todo luego de la crisis de las hipotecas 
subprime en 2008. 

Para esta forma de interpretar la economía, la neutralidad monetaria que separa 
al dinero de toda consideración analítica con la producción mercantil, tiene tam¬ 
bién consecuencias políticas porque separa a la sociedad de todo control sobre el 
dinero. Se le dice a la sociedad que si se pretende controlar el tiempo social (el 
crédito), ese control puede provocar inflación monetaria. Es una curiosa ironía de 
la historia porque los bancos privados todo el tiempo realizan emisión monetaria 
sin relación alguna con la capacidad productiva de la sociedad (en la especula¬ 
ción financiera), pero cuando un banco central de cualquier país quiere retomar 
el control de la moneda y ponerla en beneficio social, entonces se le acusa a ese 
banco central de provocar distorsiones e inflación monetaria. 

La inflación es el crecimiento de los precios en una economía, y toda teoría eco¬ 
nómica tiene una explicación de los precios y en ninguna de sus explicaciones 
consta la cantidad de moneda existente en una sociedad. Se produce una aporía y 
una contradicción, si el precio depende de sus costos marginales de producción, 
de sus costos de transacción, de las expectativas de los agentes, entonces ¿qué 
tienen que ver ellos con la emisión monetaria? Si la emisión monetaria altera los 
precios de los bienes y servicios, entonces ¿por qué no se alteran por la especula¬ 
ción financiera? Puede verse que el velo monetario tiene una deriva interpretativa 
que nada tiene que ver con la realidad económica pero sí con la política. La infla¬ 
ción monetaria, en consecuencia, pertenece más a la política que a la economía. 
Es el pretexto político para neutralizar la capacidad de una sociedad de controlar 
su propio tiempo social. 

Al indicar que la inflación es siempre y en todo momento un fenómeno monetario 
y que tiene que ver con la emisión de moneda realizada por el gobierno, se enun¬ 
cia no un proceso económico sino una determinación política. En efecto, la deriva 
ideológica es evidente: si se controla esa política monetaria que está en manos del 
gobierno, es más, si se le quita al gobierno toda posibilidad de manejar el dinero 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


de la sociedad, entonces se puede controlar mejor la inflación. Y la inflación, al re¬ 
ducir la capacidad adquisitiva del salario de los trabajadores actúa como si fuese 
un impuesto. Se le denomina, efectivamente, impuesto inflacionario a la emisión 
de dinero desde el Estado. Esta corriente se denomina monetarismo y es la teoría 
que enmarca toda la política monetaria imperante. 

Se considera que el objetivo fundamental de la política monetaria moderna no es 
ni el crecimiento económico ni el ingreso nacional sino el control de la inflación. 
Las metas de política monetaria se inscriben dentro de las previsiones de infla¬ 
ción. Los instrumentos de política monetaria, es decir, el control del dinero sobre 
la economía, han hecho que la autoridad monetaria estatal se concentre en las 
metas de inflación mientras que el flnanciamiento a la producción, la inversión, 
el consumo, es decir, el manejo del tiempo social (crédito), lo realicen los bancos 
privados. 

De esta manera, se genera una especie de privatización de la política monetaria, 
en la que los controles de mando del dinero no están en el Estado sino en los ban¬ 
cos privados. El monetarismo, pues, se reveló altamente funcional a los intereses 
de la flnanza corporativa internacional. Incluso los Estados, dentro de esos lími¬ 
tes de endeudamiento (déficit fiscal) e inflación (conocidos como reglas fiscales), 
tienen que buscar su propio flnanciamiento en los bancos privados. 

Empero, el monetarismo como teoría de la moneda acarrea varios problemas de 
fondo, y quizá uno de los más importantes es que no sitúa una explicación con¬ 
vincente entre el dinero y el valor. Al neutralizar al dinero, neutraliza al valor. 
Pero neutralizar al valor es una noción sin sentido alguno. El valor es algo dinᬠ
mico. Es el resultado de múltiples fuerzas sociales, y también la consecuencia de 
la productividad marginal del capital, vale decir, la apuesta por reducir al tiempo 
productivo a su mínima expresión posible, en otros términos, la competitividad. 
Si hay algo que nunca está fijo en la sociedad capitalista, es precisamente el valor 
porque expresa la competitividad del sistema. La sociedad de la post-escasez se 
fundamenta, de hecho, en este proceso: la competitividad moderna alcanza tal 
nivel, que empieza a generar los costos marginales nulos, expresión de una pro¬ 
ductividad casi infinita. En consecuencia, neutralizar el dinero sin neutralizar el 
valor, suscita problemas ya no solo teóricos sino incluso metafísicos porque obli¬ 
ga a pensar en hipótesis por fuera de lo Real. 

La economía política clásica, al neutralizar al dinero, lo convirtió a fortiori en el 
equivalente general del valor, y lo situó por fuera de la sociedad, es decir, el valor 
del dinero estaría contenido en el valor de los metales preciosos, especialmente 




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Pablo Dávalos 


el oro. La emisión monetaria de los gobiernos tenía, por tanto, que respaldarse 
en la cantidad de oro que podría tener una economía. Pero toda cantidad de oro 
siempre es finita, mientras que la producción mercantil intenta ser infinita. Existe 
una aporía en esa relación entre una cantidad de metal que sirve como mediación 
y determinación para una cantidad de riqueza. 

Por definición, al menos en el capitalismo, siempre la cantidad de riqueza será ma¬ 
yor a la cantidad de metal que pueda tener esa sociedad. Nunca habrá la suficiente 
cantidad de oro para respaldar el incremento de la productividad del capital. La 
humanidad se dio de bruces contra esa aporía en el contexto de la crisis de Bretton 
Woods a inicios de los años setenta del siglo pasado. Ahí se comprendió que no 
se podía limitar la riqueza de una sociedad a una determinada cantidad de metal. 
Ese metal pasó a constituirse en lo que siempre fue, un commodity, es decir, una 
mercancía que no necesitaba de mayor valor agregado para su producción. Podía 
servir de respaldo a otros valores, como cualquier commodity, pero no podía res¬ 
paldar a ninguna moneda. Ese fue el fin del denominado patrón oro-dólar, y con él 
se terminó la relación entre dinero y metal, hasta el retorno del neoliberalismo y su 
imposición como ideología dominante en las últimas décadas del siglo XX. 

Esta breve reflexión sitúa las condiciones monetarias de la Renta básica universal y 
su relación con la política monetaria. En primer lugar, esta Renta debe financiarse 
desde los impuestos directos a las ganancias extraordinarias del capital. Este fi- 
nanciamiento es fundamental para otorgarle su especificidad, porque plantea una 
redistribución directa de ingresos desde los sectores más ricos hacia el conjunto de 
la sociedad. En segundo lugar, la Renta básica universal incrementa el consumo so¬ 
cial, y, por tanto, los niveles de empleo, ingreso y liquidez. Los recursos de la Renta 
básica universal y sin condiciones retornan de manera casi inmediata a la sociedad 
y sirven para incrementar los flujos de consumo, comercio y empleo. Se produce un 
crecimiento de las variables económicas por la expansión del consumo. 

El problema está cuando el Banco Central, en función de sus metas de inflación, 
a la cual visualiza como un fenómeno monetario, registra ese incremento del con¬ 
sumo y considera que ese crecimiento puede “calentar” la economía, es decir, 
producir inflación, porque hay más dinero en circulación y, supuestamente, la 
misma cantidad de bienes. Es un problema porque el Banco Central puede acudir 
a instrumentos monetarios para “enfriar” la economía, esto es, puede incremen¬ 
tar la tasa de interés y ralentizar la actividad económica. 

De esta manera, es el propio Banco Central el que puede provocar inflación o 
recesión. Si la Renta básica universal logra un mecanismo de indexación fiscal, es 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


decir, a medida que sube la inflación también se incrementa la tasa de impuestos 
a las ganancias extraordinarias del capital, entonces su monto puede también 
indexarse y mantener bajo cobertura a una determinada cantidad de personas de 
manera independiente del ciclo económico. Pero la inflación puede erosionar la 
capacidad adquisitiva de la Renta aqui propuesta. 

Los Bancos Centrales, tienen la capacidad de controlar variables claves de la eco¬ 
nomía, como la tasa de interés, el encaje bancario (o coeficiente mínimo de reser¬ 
va de los bancos privados), la cantidad de dinero en la economía, el tipo de cam¬ 
bio, entre otros instrumentos. Es decir, la política monetaria puede convertirse 
en una amenaza a la Renta básica universal y sin condiciones, habida cuenta de su 
estrecha relación con los mercados financieros internacionales. Si las sociedades 
Analmente logran la suficiente presión política y sus sistemas políticos aprueban 
los nuevos impuestos para los más ricos, que la financiarán, estos sectores ricos 
tienen también la posibilidad de bloqueo, neutralización o imposición a través 
de su presión por la vía monetaria, o pueden transferir a la política monetaria el 
Ananciamiento de la renta básica universal de tal manera que se cumpliría con 
esta demanda social pero no se afectarían sus ingresos. Para protegerlos pueden 
trasladarlos a paraísos fiscales que no preguntan ni por su origen ni tampoco es¬ 
tablecen ningún tipo ni de impuestos ni controles sobre los mismos. 

Se requiere, en consecuencia, de varios mecanismos para proteger la Renta básica 
universal y sin condiciones en el caso que se presente este escenario. El primero 
es lograr una presión social para aplicar una tasación a los flujos especulativos de 
capital de los mercados financieros globales, es decir la tasa Tobin en la que ha 
trabajado el grupo ATTAC en las últimas décadas. Un segundo mecanismo es crear 
una especie de cordón sanitario, por utilizar una metáfora relacionada a los tiem¬ 
pos de pandemia, con respecto a los paraísos fiscales. Toda empresa, toda persona, 
todo inversionista cuyos fondos tengan relación con paraísos fiscales debería, por 
definición, ser sospechoso ante la justicia y debería ser llevado a los tribunales. Una 
actividad lícita y regulada no necesita de los paraísos fiscales para protegerse. Un 
tercer mecanismo sería la creación de mecanismos de fiscalización política del Ban¬ 
co Central, esto es, reducir sus niveles de autonomía. Porque los Bancos Centrales, 
en virtud de su relación con los mercados financieros internacionales, pueden crear 
todas las condiciones para una recesión económica e inflación y trasladar la res¬ 
ponsabilidad de esos fenómenos a la Renta básica universal. 

La tarea de suspender y eliminar la autonomía de los Bancos Centrales, controlar 
la especulación financiera, regular los flujos financieros y someterlos al control 
público y devolver a la sociedad el manejo de su tiempo social expresado en los 




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Pablo Dávalos 


mecanismos de crédito será, sin duda alguna, la batalla más importante y crucial 
del siglo XXI. La agenda de las disputas monetarias no han constado entre las 
prioridades de los movimientos sociales, quizá por su aparente complejidad o 
por la capacidad hegemónica sobre su manejo. Pero la construcción de un mun¬ 
do pos-pandemia pasa, necesariamente, por esas decisiones. La disputa sobre el 
neoliberalismo ha sido tan potente que probablemente esta ideología no resista 
al mundo pos-pandemia. Pero en cambio la disputa por el monetarismo ha sido 
casi inexistente. El neoliberalismo puede caducarse, pero no el monetarismo. El 
mundo pos-pandemia puede generar un escenario paradójico en el cual el neo- 
liberalismo se supere pero no el monetarismo, esto significa que los bancos pri¬ 
vados y el capital financiero seguirán teniendo todas las riendas del poder. Una 
realidad que se movería bajo el principio de Lampedusa: moverlo todo para que 
nada cambie. 

La Renta básica universal y sin condiciones tiene una amenaza importante en 
una política monetaria que está en función exclusiva de los mercados financieros 
internacionales y los fundamentos monetaristas. Los criterios de autonomía de la 
política monetaria deja a la sociedad sin la posibilidad de controlar y definir uno 
de los aspectos más importantes de la economía que es la moneda. Sin embargo, 
el siglo XXI tiene opciones que no las tenía el siglo XX en materia de política mo¬ 
netaria. Una de esas opciones son las monedas digitales que se crean a nivel local, 
relacionadas con mecanismos de intercambio justo y reciprocidad. 

La economía del conocimiento y de la información ha logrado crear monedas vir¬ 
tuales por fuera de toda prescripción monetaria de los bancos centrales. Existen 
suspicacias, temores y dudas con respecto a la vigencia, pertinencia y solidez de 
las monedas virtuales, pero son ya un hecho en el capitalismo. Hay un desarrollo 
importante de esas monedas, y en algunas regiones incluso están surgiendo mo¬ 
nedas locales. La Renta básica universal debe integrarse a esos mecanismos de 
monedas locales, comercio justo y economía popular y solidaria. Es la manera por 
la cual se puede defender este mecanismo de la probable agresión y boicot que 
puede surgir tanto de las elites cuanto de los bancos privados, pero es también la 
manera de empezar a recuperar el tiempo social. 

Se puede pensar en crear bancos territoriales, con los municipios o gobiernos de 
cercanía, como garantes políticos de estos procesos, para que las comunidades ma¬ 
nejen sus propios sistemas financieros y recuperen su propio tiempo social. La Ren¬ 
ta básica universal y sin condiciones es un ingreso permanente en el tiempo que no 
está adscrito al ciclo económico del empleo, por tanto puede ser un mecanismo de 
apoyo a esos sistemas financieros locales. Si las personas que reciben esta Renta, 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


colocan un porcentaje mínimo en sus propios sistemas financieros locales, pueden 
prescindir de los bancos privados para créditos para contingencias, para empren¬ 
dimientos, para construir sus casas. Si a ese mecanismo se añade una moneda local 
que vincule también la producción e intercambio local, se tiene un sistema finan¬ 
ciero propio. Con una tasa de interés que nada tiene que ver con la rentabilidad de 
los bancos privados sino con las necesidades de la población. Si las personas tienen 
además un sistema de salud público, universal, gratuito y preventivo, no necesitan 
gasto de bolsillo para medicinas, y su capacidad adquisitiva se incrementa. No solo 
eso, sino que las comunidades locales pueden respaldar su creación monetaria con 
la economía de la información. Esto expande el circulante y la capacidad adquisi¬ 
tiva de todos. En algún momento, habrá que pensar en una reforma radical de la 
política monetaria para ponerla realmente al servicio de las sociedades. Cuando se 
logre eso, se puede decir que finalmente estamos en el siglo XXI. 


En resumen, porqué es fundamental crear hoy 
la Renta básica universal 

Recuperar el tiempo, también significa comprender la finitud. Saber que dentro 
de sus fronteras consta aquello que somos. En realidad, lo único que tenemos los 
seres humanos, por fuera de toda contingencia económica, de clase, o de cual¬ 
quier otra índole, es tiempo. Hay una metafísica del tiempo desde el inicio de 
la filosofía que trata de vincularlo en una especie de analítica de la existencia; 
porque, en lo fundamental, somos eso: tiempo. Es nuestro recurso más valioso. 
Es nuestra constatación de existencia. La peste, paradójicamente, nos devolvió el 
tiempo. No se supo nunca qué hacer con él. Porque el tiempo, que nos pertenece 
solo a nosotros, en realidad solo se expresa cuando se conjuga con el tiempo de 
los demás. El tiempo es nuestro, pero cobra validez cuando se hace social. Cuan¬ 
do se hace lúdico y cobra dimensión estética. 

El aislamiento expuso al tiempo como tiempo muerto. Como una serie de ins¬ 
tantes que desnudaron lo cotidiano y demostraron su fi'ágil estructura. Nunca 
antes habíamos tenido la oportunidad de confrontarnos de forma tan directa con 
nuestro tiempo. Pero al pasar la pandemia, se comprende que algo ha dejado de 
ser lo mismo. Y es esa comprensión que lo cotidiano puede tener otra contextura 
la principal enseñanza de esos momentos. Aprendimos que la normalidad debe 
tener otras coordenadas. Ahora que hemos asimilado del tiempo, podemos com¬ 
prender que ese tiempo puede ser utilizado para ratificarnos a nosotros mismos. 
Pero eso implica crear una cesura entre el tiempo del capital y el tiempo que 
puede ser para nosotros. 




Pablo Dávalos 


La Renta básica universal no solamente es una cantidad de dinero para comprar 
lo mínimo para vivir durante un periodo determinado, sino la posibilidad de re¬ 
cuperar el tiempo, y en esa liberación redimirnos a nosotros mismos. Compren¬ 
der que cuando hacemos aquello que nos gusta, el tiempo se mide de otra mane¬ 
ra. Y generalmente aquello que nos gusta tiene mucho que ver con aquello que la 
sociedad necesita. La Renta básica universal y sin condiciones puede superar esa 
mediación entre la necesidad y la sociedad, que está dada por la mercancía. 

Cuando entregamos tiempo nuestro a una actividad social que se empata con lo 
que nos gusta y con lo que estamos preparados, ese tiempo se compensa y se gra¬ 
tifica. En las comunidades indígenas andinas hay una institución importante y es 
el tiempo que todos entregan para todos, lo denominan minka. Es el trabajo co¬ 
munitario que también se convierte en trabajo festivo. Cuando el tiempo se hace 
social, emerge la fiesta. Como alegría, como motivación, como ritual. La minka 
es la reunión de todos para solucionar los problemas de todos. Es una reunión 
festiva en la cual emerge la solidaridad y la reciprocidad. 

Cuando los mecanismos monetarios contaminaron la minka esta se perdió. La 
minka excluye lo estratégico y el lucro. Como trabajo comunitario, que nace des¬ 
de el consenso y para solucionar problemas que competen a la comunidad, o a 
la sociedad, la minka se transforma en ritual de fiesta y solidaridad, y recuerda 
mucho al juego. Nunca tomamos las cosas más seriamente que cuando jugamos. 
Nunca respetamos tan íntegramente las reglas que en el juego. Pero para entrar 
en el juego de la construcción de lo social, como posibilidad lúdica de recupera¬ 
ción de lo humano y su dignidad, hay que cortar con el chantaje de la escasez. 
Hay que liberarnos de la necesidad. Schiller tenía razón, solo el juego nos hace 
plenamente humanos. La Renta básica universal y sin condiciones es el primer 
peldaño en esa utopía. 




El sistema de salud públieo y global 


Tenemos un concepto extraño de salud, la valoramos a partir de la enfermedad. 
Estar sanos, de acuerdo a esta visión, signiñca no estar enfermos. Hemos despo¬ 
jado, asi, de la noción de salud lo más importante, la calidad de vida. En esa forma 
de comprender la salud subyace una construcción social, ideológica y politica de 
la sociedad moderna y capitalista. Se trata, evidentemente, de un concepto alie¬ 
nado porque consideramos que la salud solamente nos pertenece y solamente 
puede ser valorada desde la enfermedad. Como concepto alienado se armoniza 
plenamente con el fetichismo de la mercancia: solo valoramos aquello que tiene 
valor de cambio. La salud no lo tiene , la enfermedad sí (nadie paga por estar 
sano, solo se paga por curar o prevenir una enfermedad). Precisamente por eso, 
pagar por el acceso a la salud parece un acto normal. Porque en realidad no se 
paga por la salud, se paga por la enfermedad. El seguro de salud es una especie de 
apuesta por evitar la enfermedad, domeñarla o inscribirla dentro de lo previsible. 
Es desde esa alienación que se construyeron los marcos institucionales que alber¬ 
gan a la salud y su cuidado en casi todos los países. 

Como ya se había indicado, ese concepto de salud/enfermedad fue la condición 
de posibilidad para la industria de la enfermedad. Una industria de miles de mi¬ 
llones de dólares y que se convirtió, con la globalización, en la única posibilidad 
para comprender y actuar sobre la salud. Pero todo eso explotó por los aires cuan¬ 
do vino la peste. El sistema salud/enfermedad se reveló, en esas circunstancias, 
como una amenaza social y expuso a la sociedad a los estragos de la peste. Poco 
pudo hacer ese sistema ante la contundencia y masividad de la peste. Por sus 
intersticios se ñltró la peste y lo rebasó. Esa institucionalidad quizá estuvo bien 
para otras circunstancias, aquellas que se deñnen desde lo preestablecido, desde 
las certezas de la eñcacia y un funcionamiento relativamente normal del capitalis¬ 
mo y los mercados, pero llevadas al límite revelaron sus falencias. El virus, de esta 
forma, nos demostró que realmente vivimos al límite. Puede ser que hayamos 
construido una narración tranquilizante con respecto a una naturaleza que recién 
empezamos a comprender, pero las sociedades humanas, en realidad, viven al ñlo 
de la cornisa. La peste, solo fue una advertencia. 

A pesar que la peste era un fenómeno global, sin embargo no se tuvo una idea 
muy clara de cuál podría ser un modelo de gestión para encararla en términos 
globales. Se privilegiaron las soluciones nacionales (y a veces ni eso) ante un fe¬ 
nómeno global. Había una visión que no comprendía al fenómeno de la peste en 



113 


Pablo Dávalos 


su integridad y en su relación con la globalización. No tenía mayor sentido decir 
que la peste se neutralizó en Vietnam o Nueva Zelanda, cuando al mismo tiempo 
se producía una hecatombe en Nueva York o Guayaquil. La peste nos obligaba 
a una mirada y a una acción global, porque atacaba al género humano en tanto 
género, pero nunca hubo una respuesta tal. El Estado-nación y los sistemas polí¬ 
ticos se aferraban a sus propias limitaciones y seguían pensando más en el pasado 
que en función de un mundo que se transformaba veloz y radicalmente. 

La ideología de la globalización demostró, por tanto, ser también un simulacro. 
Si la peste era un fenómeno global, porque se inscribía de lleno en la globaliza¬ 
ción, era normal y racional generar marcos para una respuesta global. Existía, 
de hecho, un marco institucional que podía hacerlo, la Organización Mundial de 
la Salud (OMS), institución creada y adscrita al sistema de Naciones Unidas. La 
peste era el mejor escenario para fortalecer a la OMS, y para crear protocolos de 
prevención, control, monitoreo, investigación, mitigación, atenuación e interven¬ 
ción y, al mismo tiempo, desde ella, actuar a nivel global en un escenario en el 
cual los Estados-nación se convierten en actores de una estrategia conjunta, ar¬ 
mónica, coordinada e integrada. Los laboratorios de investigación científica, bajo 
esta hipótesis, podían converger hacia un solo esfuerzo global y coordinado para 
establecer la cura o la vacuna del covid-19. La OMS era, de hecho, la mejor opción 
para evitar la duplicación, yuxtaposición y desperdicio de esfuerzos, recursos e 
instituciones a escala global. Una estrategia sincronizada e integrada permitía 
a la sociedad global tener respuestas concretas y horizontes plausibles ante un 
fenómeno de una virulencia pocas veces visto. 

La OMS, con todos los problemas que pueda tener y con todas las prevenciones 
que se puedan tomar, habría podido también universalizar los protocolos epide¬ 
miológicos de salud e integrarlos en un solo sistema global de salud pública con 
criterios de atención inmediata, de tal manera que pueda disponer de médicos, 
especialistas, enfermeras, funcionarios, expertos, y los recursos suficientes a es¬ 
cala global y movilizarlos ahí donde más hacía falta. Los Estados-nación podían 
poner al servicio de la OMS sus epidemiólogos, médicos, especialistas, laborato¬ 
rios, industrias de insumos médicos, etc., para ampliar la capacidad de respuesta 
ante la pandemia. Desde una visión global, la OMS habría tenido recursos para 
atender los casos más urgentes con una perspectiva más oportuna porque en sus 
tableros de control podían constatar una georeferencia exacta de la peste, saber 
sus puntos de más incidencia e identificar a las poblaciones más vulnerables, de 
tal manera que podía priorizar sus esfuerzos, al tiempo que proteger con mayor 
eficacia. Una atención de ese nivel habría atenuado e incluso evitado la catástrofe 
de Guayaquil, o aquella del norte de Italia. La OMS pudo haber tomado decisio- 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


nes globales sobre los vectores de la peste, por ejemplo, los vuelos internaciona¬ 
les, o los eventos masivos, con el apoyo y aval de los gobiernos respectivos. Pero 
nada de eso se hizo. 

Más bien al contrario, en esa coyuntura, cuando más hacia falta consolidar y 
fortalecer una visión global de salud pública, se debilitó a la OMS. Los EEUU, de 
hecho, le redujeron y suspendieron su asignación presupuestaria, producto de 
una descabellada teoría de la conspiración de sus lideres politices. La pandemia 
no pudo contra la geopolítica y contra el Estado-nación. Tampoco pudo contra 
la ideología del liberalismo económico y político en su versión decimonónica. 
En un mundo global las decenas de miles de muertos por la peste no pueden 
atribuirse a un país, sino a toda la humanidad. Cuando la historia regrese a ver 
comentará sobre las víctimas de la peste sin adscribirlas a ningún país en parti¬ 
cular (tal como hacemos ahora con la peste negra o la gripe de Kansas). Sin em¬ 
bargo, se trataba de una humanidad que insistía en pensarse y asumirse desde 
los estrechos límites nacionales y locales, a pesar de vivir en un mundo global. Se 
veían a esas víctimas de la peste con los colores de su bandera nacional, cuando 
en realidad, eran de todos. Eran nuestras víctimas. La globalización neoliberal 
había obliterado, reducido, nuestra capacidad de humanismo. No veíamos víc¬ 
timas globales, humanas, en definitiva; veíamos cifras de países y oscilábamos 
entre la preocupación o la tranquilidad, al constatar esas cifras y confrontarlas 
con nuestro realidad local. Como si se tratase del PIB per cápita, o del índice 
de competitividad entre países. Veíamos una competencia, ahí donde había su¬ 
frimiento y dolor humano. La peste nos desnudó en esa inhumanidad y en ese 
pragmatismo bastante ramplón, de pensarnos a salvo o sentirnos amenazados 
bajo el color de nuestra bandera. 

Es paradójico, pero uno de los conceptos claves del Renacimiento y de la Ilustra¬ 
ción, aquel de Humanidad, reveló su decadencia y pérdida de sentido durante la 
globalización neoliberal. El neoliberalismo, al apostar por la codicia individual y 
los comportamientos estratégicos del mercado, debilitó los pilares fundamenta¬ 
les de la sociedad moderna: la ética de la humanidad y del humanismo, desde la 
cual se desprende la noción de lo público, y la visión del interés general, que son 
las condiciones de posibilidad del contrato social como base del Estado y la polí¬ 
tica moderna. La sociedad moderna se consideraba racional porque articulaba la 
política a la ética sin ninguna hipoteca especulativa que no sea la razón humana. 
El interés general no era solamente un concepto político sino también una noción 
ética. La divisa del humanismo era precisamente aquella que apelaba a lo huma¬ 
no y lo abarcaba en su humana condición, y que fue expresada tan íntegramente 




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Pablo Dávalos 


por Unamuno (Del sentimiento trágico de la vida): homo sum, nullum hominem 
a me alienumputo (soy hombre, a ningún hombre estimo extraño). 

La peste, sin embargo, demostró nuestros límites sociales, humanos, éticos. Vivi¬ 
mos en la globalización pero aún somos provincianos en nuestra manera de com¬ 
prender al mundo. Hemos perdido ese sentido de humanidad que se generó en el 
Renacimiento y que sirvió de base para la Ilustración. La globalización neoliberal 
implicó un retroceso ético de siglos. Se constató como un fenómeno sin ética, 
que no sea el pragmatismo del costo/beneficio. Nos construimos al tenor de la 
globalización neoliberal como ciudadanos locales, que veían al mundo desde las 
provincias de su egoísmo y su cálculo estratégico. Seres temerosos de la escasez, 
que no querían entender que sus sociedades ya habían atravesado el umbral de la 
post-escasez. Que aplaudíamos el desperdicio, e ignorábamos de manera cómpli¬ 
ce cómo se destruían nuestras propias condiciones de existencia. Nos refugiamos 
en una ideológica noción de libertad individual que nos acotaba y nos reducía en 
nuestra dimensión histórica, y desde esa alienación nos mostramos reticentes a 
lo público. Y cuando lo público se desmantelaba, simplemente miramos hacia 
otro lado. Como si eso no tuviese que ver con nosotros. Pensamos que lo público 
es antitético a la libertad individual, lo que demuestra que tenemos un concepto 
muy pobre de la libertad humana. Pero lo público es la dimensión de la política 
en las democracias modernas y el fundamento de la ética social. Despreciar lo 
público es no comprender el fundamento mismo de nuestra civilización. 

La tragedia de las ciudades italianas asoladas por la peste, o de la ciudad de Gua¬ 
yaquil, o de Nueva York, no es una tragedia de esos países, sino de la humani¬ 
dad. Esas víctimas tienen que asumirse como víctimas globales. Son producto de 
nuestras propias decisiones. Muchas de ellas habrían podido evitarse, desde una 
visión y una praxis más global. El sufrimiento de esos seres humanos, es también 
nuestro sufrimiento. Debemos otra vez reconocernos como humanidad. El virus, 
con su letalidad, nos está restregando esa condición de humanidad que nada tie¬ 
ne que ver con el color de una bandera. 

Es paradójico el hecho que otro tipo de pandemias, como el ébola por ejemplo, 
involucraran y apelaran a la intervención inmediata de la QMS, de Médicos Sin 
Eronteras, de Instituciones Einancieras Internacionales, de la Cooperación Inter¬ 
nacional al Desarrollo, de ONG, entre otros. En esas circunstancias se generan y 
se aplican protocolos internacionales de atención inmediata, y ante los cuales los 
países víctimas de este tipo de epidemias, se convierten en actores que trabajan 
de forma coordinada e integrada con esta arquitectura internacional. Esos países 
no sienten en absoluto que su soberanía se vea rebasada por esa actuación con- 




116 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


junta e integrada, y más bien consideran que la intervención de la OMS y otros 
actores es fundamental para evitar la propagación de este tipo de enfermedades. 
En determinados momentos, trasladan decisiones importantes a los expertos en 
epidemiología de la OMS, y lo hacen con un sentido de responsabilidad hacia sus 
propias sociedades. 

Pero eso no pasó con el Covid-19. La presencia de médicos cubanos en otros paí¬ 
ses se vio con susceptibilidad y suspicacia, e incluso llegó a ser cuestionada. El 
arribo de ayuda médica procedente de China y de Rusia para EEUU también tuvo 
una lectura geopolítica. Se produjo una rebatiña entre países por insumos claves 
para la peste, como en la época de los corsarios. Venezuela atravesaba momen¬ 
tos políticos y económicos muy complicados, sin duda alguna, pero necesitaba, 
para proteger a su población de la pandemia, de una intervención global en tér¬ 
minos de médicos, insumos, reactivos, respiradores, fármacos, etc., empero la 
respuesta desde EEUU fue acentuar el bloqueo económico, el cerco mediático, 
la interrupción de suministros y las maniobras militares cerca de sus fronteras 
con el propósito de ahondar su crisis de gobernabilidad y por esa vía estimular su 
final. Israel, de su parte, quiso anexionarse Cisjordania. Australia quiso enjuiciar 
a China por la responsabilidad directa de la peste. La Unión Europea no suspen¬ 
dió las medidas de bloqueo a otros países, a pesar de necesitarlos en términos de 
salud pública. Es decir, la pandemia no permitió suspender por un momento la 
geopolítica, y nos hizo comprender que para muchos países y gobiernos era dificil 
dar el paso hacia el siglo XXL 

Pero algunas de esas decisiones de la geopolítica tuvieron un repudio mundial. 
La geopolítica de las naciones empieza a chocar con la sensibilidad de las socie¬ 
dades. EEUU tuvo que replegarse de sus intentos militares contra otros países 
porque sus soldados cayeron víctimas de la peste y porque tenía que atender a su 
propia población devastada por la pandemia. Australia tuvo que desistir de sus 
propósitos al darse cuenta de lo absurdos que eran. China tuvo que cambiar las 
reglas monetarias del comercio mundial y puso al dólar en una encrucijada. Las 
sociedades empezaron a hacer sentir el peso de su voz y empezó a emerger una 
nueva geopolítica. 

Esto confirma el hecho que los Estados-nación aún están atrapados por una vi¬ 
sión geopolítica que mantiene sus referentes más en el siglo XX que en su propio 
tiempo histórico. Debilitar a la OMS, en ese contexto, era debilitar a toda la hu¬ 
manidad. Cercar y bloquear a un país en tiempos de pandemia, era una afrenta 
contra la humanidad. Ningún país podía salir de la peste solo. Puede ser que en 
algunos de ellos la curva de contagios haya remitido, pero en otros países en cam- 




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Pablo Dávalos 


bio la curva de contagios se incrementaba. En una sociedad global, los resultados 
que cuentan son globales, no nacionales. Las victimas también son globales. Las 
respuestas, por tanto, deben serlo. 

De a poco, esa sensibilidad social que emergía daba cuenta que la tragedia de 
unos era la tragedia de todos. Compartir el sufrimiento de los otros implica la 
compasión hacia los otros, hacia los sufrientes, y tratar de hacer algo para mitigar 
ese sufrimiento, preocuparse por ellos, intentar protegerlos, apela a la solidari¬ 
dad. La compasión y la solidaridad recuperan la noción de humanidad y de hu¬ 
manismo perdida durante el neoliberalismo. Es desde esa preocupación por los 
otros que debemos reparar el vínculo de solidaridad que nos establece y nos con¬ 
firma como humanidad. El mundo que viene debe, necesariamente, ser diferente 
al mundo que cambió la peste. Ese dolor, esa angustia, esa ontología del Dasein, 
como lo llama Heidegger al individuo moderno, caído en el mundo, deben ayu¬ 
darnos a recuperar la compasión y la solidaridad y, a partir de ahí, reconstruir el 
proyecto humano que nació en el Renacimiento y en la Ilustración y que el neoli¬ 
beralismo lo soslayó hasta eliminarlo por completo. 

En esta coyuntura necesitamos empezar a pensar en esos términos. De una parte, 
debemos inscribir en el debate global la necesidad de un sistema de salud público 
global que tenga a la QMS como centro y referencia, y con capacidad de acción, 
coordinación, integración de recursos y actuación inmediata; y, de otra, debemos 
pensar en ampliar, mejorar y definir el marco de intervención y acción de la Cor¬ 
te Penal Internacional, la mejor opción que al momento tenemos para defender 
precisamente a la humanidad, de tal manera que se pueda adscribir a sus com¬ 
petencias los comportamientos políticos y oportunistas que ponen en riesgo a su 
sociedad ante fenómenos como epidemias o pandemias, y que provocan, produc¬ 
to de ese cálculo político o ese desinterés, sufrimiento, dolor y muerte. Hay que 
recordar que la noción de defender a la humanidad emergió ante la abrumadora 
evidencia del mal radical que representaron los nazis y la Shoah. Los crímenes co¬ 
metidos fueron en contra de la humanidad. Le debemos a los juristas Hersch Lau- 
terpacht y Rafael Lemkin, entre otros, la fundamentación de los crímenes de lesa 
humanidad y de genocidio, respectivamente. En ese contexto, fue la comprensión 
que existen circunstancias en las que debemos defender a la humanidad, porque 
ella fue la amenazada, torturada, asesinada. 

La pandemia nos coloca de nuevo ante la noción de humanidad y su defensa. 
Necesitamos de la misma perspicacia, sapiencia y audacia jurídica que en su mo¬ 
mento tuvieron Lauterpacht y Lemkin, para ampliar los conceptos de lesa hu¬ 
manidad y genocidio, respectivamente, a aquellos líderes políticos que juegan 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


con las vidas de su población y las someten a cálculos políticos sin importarles el 
sufrimiento que provocan, ni las victimas que generan, en un contexto tan grave 
como una pandemia. Lideres políticos que dejaron en desprotección a sus socie¬ 
dades a pesar de tener todos los recursos existentes, que utilizaron la geopolítica 
en beneficio de sus propios cálculos y sometieron a un intenso sufrimiento a su 
población, deben ser responsables por su comportamiento. Si aquello que emerge 
en la pandemia es la noción de humanidad, en donde las víctimas de la peste no 
pertenecen a país alguno, sino a la humanidad en su conjunto, entonces tenemos 
que proteger a la humanidad de afrentas que configuran crímenes contra todos. 

En esa línea, quizá sea el momento de que instituciones como el FMI, el Banco 
Mundial, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, asuman el costo polí¬ 
tico de sus decisiones y expliquen a la humanidad porqué promovieron la desar¬ 
ticulación de los sistemas de salud públicos, en varias sociedades, y en virtud de 
criterios de ortodoxia fiscal que nada tenían que ver con la realidad económica de 
estas sociedades pero sí con las estructuras de poder corporativo y financiero. En 
especial el EMI y el Banco Mundial, porque fueron ellos el centro de gravedad de 
todas las reformas políticas e institucionales que se impusieron bajo los criterios 
de austeridad fiscal. Fueron ellos los que dejaron sin presupuesto a los sistemas 
de salud pública de muchos países, en especial a los más pobres, y vulneraron los 
derechos humanos fundamentales de la población, al tiempo que crearon las con¬ 
diciones para la privatización de la salud, en detrimento de los más vulnerables. 

Estas dos instituciones, FMI y Banco Mundial, necesitan o una profunda reinsti- 
tucionalización que implique un cambio radical en su estructura o, quizá sea más 
conveniente, su desaparición previa una evaluación y un juzgamiento de su ac¬ 
tuación. En efecto, en el mundo del futuro, estas dos instituciones no deben tener 
oportunidad, porque fueron ellas las que suscribieron una determinada ideolo¬ 
gía, aquella del neoliberalismo, y se convirtieron en operadoras de esa ideología 
sin considerar la profunda diversidad del mundo, y los conceptos básicos de toda 
democracia que se sostienen en la libertad de expresión, la pluralidad ideológica y 
la tolerancia. El daño que hicieron, desde esa evangelización neoliberal del mun¬ 
do, fue inconmensurable. 

La Ilustración fue despiadada con aquellas instituciones de la Edad Media que 
protegieron el dogma y las relaciones de poder con un costo humano demasiado 
alto, en especial, el Tribunal de la Inquisición de la Iglesia Católica. Para la Ilus¬ 
tración, instituciones como la Inquisición no podían tener cabida en el contrato 
social, y ningún rol en el nuevo orden social y político y debían, además, afron¬ 
tar el juicio de la historia. Representaban lo más oscuro, lo más sórdido, lo más 




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Pablo Dávalos 


tenebroso del orden social y político del medioevo. Mutatis mutandis, el FMI 
y el Banco Mundial representan el lado oscuro y tenebroso de la globalización 
neoliberal. El daño que han provocado a la humanidad estas dos instituciones es 
realmente vasto, profundo, importante. 

Fueron las prescripciones neoliberales de estas instituciones las que produjeron 
de forma directa la catástrofe humanitaria en Guayaquil, por ejemplo. El FMI, en 
efecto, le obligó al país a adoptar un férreo programa de ajuste fiscal que redujo 
al mínimo todo el gasto en salud, obligó a despedir a médicos, a epidemiólogos, a 
funcionarios de salud, a cerrar hospitales, centros de salud, a desinvertir en tecno¬ 
logía de salud y medicinas. Cuando ese país fue víctima de la peste, habían hospi¬ 
tales, pero no habían médicos, enfermeras ni personal de salud para atender a la 
población. Habían sido despedidos por el gobierno meses antes para cumplir las 
condiciones que el FMI había establecido. En medio de la peste, ese pequeño país 
tuvo que utilizar los pocos recursos que tenía para pagar a los acreedores privados 
de su deuda externa. Por eso no contó con recursos ni instituciones para cuidar a 
la población, recoger los cadáveres, y establecer mecanismos de salud pública para 
realizar muestras de covid-19, y la pandemia devastó a la ciudad. No solo eso, el 
FMI le obligó a ese pequeño país, con la anuencia de su gobierno cabe indicar, a 
disminuir el presupuesto en educación en plena pandemia. En muchos países po¬ 
bres del mundo, el expediente es el mismo. Sistemas de salud precarios, recortes 
públicos importantes, y finanzas públicas orientadas al pago de la deuda externa. 
Si hay instituciones que se deben sentar en el banquillo de los acusados y deben 
ser clausuradas de forma definitiva, son, precisamente, el FMI y el Banco Mundial. 

La Corte Penal Internacional puede ampliar, bajo los criterios básicos propuestos 
por Lauterpacht y Lemkin, entre otros, el marco jurídico, ontológico y político 
para que pueda caber dentro de sus atribuciones, el comportamiento de líderes 
políticos en contra de sus sociedades cuando están en situación de amenaza a 
su vida e integridad, así como instituciones que con sus decisiones atentaron a 
la humanidad en cuanto taP^ Quizá eso nos permita ingresar realmente al siglo 
XXL Si los líderes políticos saben que su comportamiento puede adscribirse a las 
definiciones de la Corte Penal Internacional, se establece una mediación y una 
prevención que protege a la humanidad en circunstancias como la peste. 


14 Para un estudio sobre los delitos contra la humanidad, ver: Capella i Roig, Margalida: La 
tipificación internacional de los crímenes contra la Humanidad. Valencia, Tirant lo Blanch, 
2005. Sobre el rol de H. Lauterpacht y R. Lemkin, ver: Sands, Phillippe: Calle Este-Oeste. 
Barcelona, Anagrama, 2017. 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


La desaparición del FMI y del Banco Mundial también tiene que constar en la 
agenda global como un punto prioritario. Son instituciones fuertemente cuestio¬ 
nadas por varias sociedades y desde hace varias décadas. Su presencia obedece 
más a las necesidades geopoliticas de EEUU que a las necesidades de la humani¬ 
dad. En un mundo post-pandemia, se necesitan de otros acuerdos internacionales 
y de otras prioridades y, lamentablemente, ni el Banco Mundial ni el EMI están 
preparados para ello. Tienen un pasivo humano demasiado fuerte. Representan 
lo peor de aquello que tenemos que abandonar. Un lastre del cual la humanidad 
debe desprenderse para transitar al umbral del siglo XXL 

Y el desafío más importante es regresar a ver al proceso que dio origen a la Ilus¬ 
tración y a la democracia moderna, y esa historia se condensa en el Renacimiento, 
el que también fue un regresar a ver a la historia, y encontró en la Grecia clásica, 
aquella de Pericles y Solón, los fundamentos que su propio tiempo demandaba. De 
esa misma manera, quizá necesitemos retornar a ver y recuperar aquello que se nos 
extravió en el camino y es, justamente, el concepto de humanidad. La globalización 
debe humanizarse. La peste, paradójicamente, nos devolvió el sentido de humani¬ 
dad. Nos obligó a ver más allá del Estado-nación, más allá de los sistemas políticos, 
más allá de la geopolítica y sus contingencias. La peste nos descubrió nuevamente 
como humanidad. Es por ello que pudimos comprender que a la globalización le 
hacía falta precisamente un sentido de humanidad. Se habían globalizado los mer¬ 
cados, las inversiones, las corporaciones, incluso los flujos migratorios se habían 
incrementado, pero a todo ese proceso le faltaba lo más importante, el humanis¬ 
mo, el mismo humanismo que nos permitió crear la Ilustración, la racionalidad del 
mundo, y la democracia moderna con sus libertades fundamentales. 

Eso significa que el sistema de salud del futuro debe inscribirse dentro de las 
coordenadas de la humanidad y el humanismo. Debe ser un sistema, por tanto, 
público y global. Público en el sentido de humanidad y contractualidad. Global en 
el sentido de humanismo y democracia. Ese sistema de salud así valorado no sig¬ 
nifica resignar los sistemas nacionales de salud pública en función de una institu- 
cionalidad supranacional, una especie de EMI de la salud, sino en la articulación, 
armonización, integración y coordinación entre los sistemas de salud nacionales 
y una arquitectura internacional, que de hecho ya existe en la QMS, para articular 
respuestas de prevención, cuidado y protección a la salud pública cuando existan 
amenazas globales. La idea es otorgar a la QMS la capacidad de respuesta nece¬ 
saria y contundente para defender la salud pública en contextos como las pande¬ 
mias. Para hacerlo, hay que fortalecerla. Ampliar su presupuesto. Dotarle de los 
mejores laboratorios de investigación científica. Asegurar su funcionamiento y 
deslindarla de los conflictos geopolíticos. 




121 


Pablo Dávalos 


Pero un sistema de salud público y global, entraña una conceptualización de lo 
público. Lamentablemente, la ideología del neoliberalismo desprendió de lo pú¬ 
blico sus componentes más esenciales: su esencia ética y política, y lo instrumen- 
talizó como gasto del gobierno. El neoliberalismo manipuló la conciencia social y 
presentó a lo público como una amenaza a las libertades individuales. Se piensa 
en lo público como un mayor gasto de un gobierno que puede utilizar esos recur¬ 
sos en función de los ciclos políticos, del control social, del ñnanciamiento del 
déñcit ñscal y de las prioridades de su propia coyuntura. Pero la peste nos a5aidó 
a recuperar la noción de lo público. 

Durante la peste, esa noción emergió de forma nítida y transparente. Cada uno 
de nosotros estuvo obligado a guardar y obedecer los protocolos de salud pública, 
porque en ellos, literalmente, se nos iba la vida. Al cuidarnos a nosotros mismos, 
protegíamos a los demás. Nuestra salud, nuestra integridad, nuestra línea de de¬ 
fensa ante la amenaza de la peste, eran los demás. Dependíamos de ellos para 
protegernos a nosotros. Si ellos rompían con los protocolos epidemiológicos, era 
una falla grave. Su descuido lo pagábamos todos. Quienes tuvieron que entrar 
en la maquinaria biopolítica y tanatopolítica, supieron de primera mano, y cons¬ 
tataron con su propio sufrimiento, aquello que implicaba esa ruptura ética. Fue 
ahí, en esas condiciones, que pudimos comprender que lo público es la compleja 
responsabilidad que tenemos los seres humanos por protegernos a nosotros mis¬ 
mos, como condición de existencia social. Al depender de los demás, nuestras 
posibilidades se situaban en una dialéctica entre nuestra decisión y voluntad, y 
aquella de los demás. Para mantener la salud pública, fue necesario que esa dia¬ 
léctica se realice y se exprese. Los comportamientos egoístas, en ese contexto, 
representaban un peligro de salud pública, un peligro a la vida. 

Lo público, en consecuencia, parte de un compromiso ético con los demás. Pero, al 
mismo tiempo, funda y establece, desde ese compromiso ético, una relación con los 
demás. Esta cesión de espacios que implica responsabilidades mutuas, establece 
algo que la teoría política moderna lo tenía claro desde la Ilustración: el contrato 
social. Para articular lo público se crea el Estado Moderno, como Interés General. 
La soberanía del Estado moderno, parte de la soberanía de las personas que actúan 
desde la ética del cuidado común. Eso es lo público. Entonces, un sistema de salud 
pública, comprende dos dimensiones básicas: una dimensión ética del cuidado co¬ 
mún, y una dimensión política del interés general. La ética siempre fundamenta 
la política. Un sistema de salud público significa el reconocimiento que la salud de 
una persona es condición de existencia de la salud de los demás. El bienestar de 
una persona se convierte en condición de existencia del bienestar común. Significa, 




122 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


además, que esas condiciones de existencia común se convierten en interés general. 
Por tanto, la salud pública es un asunto de ética y también de politica. 

Empero, no se tratan de condiciones subjetivas de existencia, sino todo lo con¬ 
trario, de condiciones objetivas que definen, estructuran y sitúan la salud, tanto 
como bienestar, cuanto integridad de todos y cada uno, y en tanto seres humanos. 
La salud pública, en consecuencia, ubica, determina, comprende y actúa sobre 
esas condiciones objetivas que definen, cuidan y protegen el bienestar y la inte¬ 
gridad de todos y cada uno. Emerge, en esas circunstancias, un sentido de protec¬ 
ción del bienestar y la integridad de los seres humanos como prioridad de la salud 
pública. Esta definición está lejos, muy lejos, de los sistemas actuales de salud pú¬ 
blica que se han enfocado a una dimensión curativa e individualizada de la salud. 
Si la salud pública se determina por su capacidad de protección del bienestar y 
la integridad de los seres humanos, entonces su forma práctica de realizarla es a 
través de la prevención y de la creación y re-creación de condiciones de existen¬ 
cia que permitan, aseguren, garanticen y promuevan el bienestar y la integridad. 
Sin embargo, los sistemas de salud existentes se construyeron al revés. Primero 
determinaron la patología y, sobre ella, construyeron todo lo demás. No solo eso, 
sino que a través de esa construcción situaron las lógicas mercantiles del valor de 
cambio sobre esas patologías. Por ejemplo, y con las prevenciones y acotaciones 
del caso, el estrés del capitalismo moderno, creaba hipertensión, que se resolvía 
en la consulta médica con fármacos, pero el paciente retornaba al mismo esce¬ 
nario que le había provocado el estrés y, a la larga, se producía el infarto. Había 
que subsanar aquellas circunstancias que generaban ese estrés, no remitirlas al 
universo farmacológico ni a la semiosis y prescripción médica. Lo mismo pue¬ 
de decirse con la diabetes, o las enfermedades gastrointestinales o tantas otras. 
Al poner las cosas al revés, los sistemas de salud restringieron su ámbito de in¬ 
tervención social y se limitaron a constatarlo, registrarlo. Al no incidir sobre las 
causas de las patologías con causas sociales, estas se perpetuaron en un ciclo de 
eterno retorno sobre la enfermedad. 

Pero esta vez se trata de enderezar las cosas. Se necesita de un sistema público y 
global de salud, orientado a la prevención, el cuidado y la protección tanto de las 
condiciones de bienestar cuanto de la integridad de los seres humanos. La Renta 
básica universal es una herramienta importante para reducir los niveles de estrés 
por ingreso y conflictividad social que acarrean el desempleo, la pobreza, la des¬ 
igualdad social. Pero el acceso a los sistemas de salud debe ser abierto y universal. 
Pero no se trata de sistemas de salud solamente curativos y farmacológicos, sino 
de sistemas de protección del bienestar y la integridad de la vida, es decir, siste¬ 
mas preventivos que actúan a nivel comunitario, familiar, local, y también global. 




123 


Pablo Dávalos 


La admisión a los sistemas de salud curativos y farmacológicos, al momento, está 
mediado por los ingresos económicos de las personas y por su situación labo¬ 
ral. Para ser admitidos es necesario el pago previo de una póliza de salud. Caso 
contrario no hay posibilidad de ingresar al sistema. La cuota cumple el rol de 
exclusión y rivalidad que, por lo demás tiene todo precio. Si las personas están en 
situación de vulnerabilidad, entonces tienen que acudir a los servicios públicos 
que se caracterizan por la ineficiencia, saturación, costos de transacción, aglome¬ 
ración y, generalmente, maltrato. No porque sean asi, sino porque deben respon¬ 
der a necesidades sociales sin recursos y sin apoyo estatal. Mas, para acceder al 
seguro de salud se necesita, en la mayoría de los casos, de un contrato de trabajo. 
En contextos de desempleo estructural, esto significa que siempre habrá una po¬ 
blación por fuera del sistema de salud. Esta población está en riesgo permanente. 
Sus condiciones de vida, al no tener empleo, no tienen ingresos fijos, y son alta¬ 
mente vulnerables. Son carne de cañón de todas las enfermedades posibles. Pero 
su acceso está limitado y deben conformarse con sistemas públicos de salud pre¬ 
carios y sin recursos. Su gasto de bolsillo en fármacos y atención es importante 
y desproporcionado con sus magros ingresos. En consecuencia, los países deben 
cambiar la estructura de sus sistemas de salud, convertirlos en condiciones de 
posibilidad que cuidan y protegen las condiciones de existencia de la población, 
y el momento en el cual se producen patologías, crear todas las condiciones para 
su curación, rehabilitación y reinserción social. 

Un sistema de salud público, orientado a la prevención es incompatible con el es¬ 
quema de aseguramiento privado. Los dos sistemas no pueden coexistir, incluso 
en el universo idílico del Teorema Rothschild-Stiglitz que propone una articula¬ 
ción coherente y complementaria entre la industria de los seguros de salud y los 
hospitales públicos. Los dos sistemas parten de visiones opuestas y extremas con 
respecto a la salud. Para un sistema público, el objetivo fundamental es la preven¬ 
ción y solo posteriormente la curación. Por eso deben partir de las coordenadas 
del humanismo (ética) y del interés general (política). La salud de una persona, su 
integridad, su bienestar, es el centro de la salud pública. Su ámbito de incidencia 
es donde está la persona y sus condiciones de salud: su familia, su comunidad, 
su barrio. Es la primera línea de un sistema más amplio y completo. El asegura¬ 
miento privado parte de una lógica opuesta, aquella del riesgo de la enfermedad 
y de los costos que derivan su curación y rehabilitación. Ve a la persona desde 
la patología (y sus ingresos), y no le interesan sus condiciones de existencia. No 
existe, en esa visión, ni ética ni política. Su visión es netamente mercantil y se 
circunscribe al costo-beneficio de la inversión-gasto de la industria de la salud. 




124 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


Pero la peste demostró que ese sistema curativo-individualizado, y adscrito a 
patrones mercantiles de acceso, se convierte en una amenaza ante fenómenos 
globales. La sociedad del futuro no puede arriesgarse a repetir los errores del pa¬ 
sado. Por supuesto que la potente industria de los seguros de salud, de los fárma¬ 
cos, químicos y alimentos, van a desplegar una enorme panoplia de recursos para 
proteger sus intereses y presentarlos como intereses generales. Hay una industria 
del lobby que puede cambiar las decisiones de los sistemas políticos en función de 
los intereses de los grandes grupos de poder. Pero hay también una democracia 
que debe establecerse desde las coordenadas de la ética y la política del interés 
común. De la misma manera que la Renta básica universal otorga un sustento 
de dignidad a las personas, alejándolas del chantaje del salario y la explotación 
laboral, asi la construcción de sistemas de salud públicos que garanticen equidad 
en el acceso y que se conviertan en el mecanismo para garantizar mejores exis¬ 
tencias de vida para todos y cada uno, debe convertirse en una prioridad para las 
sociedades del futuro. Esto pasa por varias decisiones fuertes a nivel político pero 
que deben ser asumidas. 

Una de ellas, quizá la más problemática, es la eliminación, que puede ser gradual 
y progresiva, de la medicina prepagada, es decir, de las aseguradoras privadas de 
salud. Por supuesto que implica una batalla política de amplitud. Es un sector 
que tiene tal cantidad de riqueza y poder que puede doblegar a los sistemas poli- 
ticos. Pero eso no implica que ese no sea el debate del futuro y que las sociedades 
no deban darlo, asumirlo y tomar las decisiones más coherentes para ellas. Una 
sociedad con un sólido sistema de salud pública, que sea preventiva y con la su¬ 
ficiente infi-aestructura curativa, es una garantía para toda su población. En esa 
sociedad no hay que pagar para obtener atención ni primaria ni especializada 
en salud, precisamente por su carácter público. Un sistema tal de salud cons¬ 
truido, además, en armonía con la arquitectura de la salud pública global, que 
puede articular respuestas inmediatas y contundentes ante amenazas globales a 
la salud pública, como las pandemias. Pero esas sociedades deben comprender 
que ese sistema de salud público preventivo, universal, equitativo, necesita de un 
espacio social el cual no puede estar en disputa con el sector privado de la salud. 
Justamente por ello, para que el sistema de salud público pueda ser eficiente y 
equitativo, no puede disputar espacios con el sector privado. El sector privado del 
aseguramiento debe resignar posiciones para poder construir un sistema de salud 
público, tanto nacional cuanto global. 

Una segunda decisión fuerte, controvertida y que va a suscitar igualmente un 
debate complejo y álgido, es con la industria agroalimentaria. La salud pública 
preventiva actúa sobre las condiciones de existencia y de vida de todos y cada 




125 


Pablo Dávalos 


uno. La alimentación es un factor clave de la salud. Si todas las investigaciones 
demuestran que los transgénicos producen cáncer, u otras derivaciones y conse¬ 
cuencias clinicas, el sistema de salud pública, no puede permitir la comerciali¬ 
zación ni el consumo de ese tipo de alimentos. De la misma forma con el azúcar, 
los carbohidratos y bebidas carbonatadas. El lobby y la capacidad de incidencia 
de las corporaciones de la agroindustria es impresionante. Su capacidad de in¬ 
cidir en las políticas públicas, sobre todo a través de las puertas giratorias, ha 
sido ampliamente demostrada y documentada. Tienen un expediente de agresión 
y vulneración a los derechos humanos cuando sienten que sus intereses están 
amenazados que lindan con el crimen organizado. Las sociedades del futuro de¬ 
ben establecer mecanismos de contrapesos a esa enorme capacidad de influencia 
política que tienen las corporaciones de la industria agroalimentaria y obligarlas 
a asumir compromisos éticos con su sociedad. Se deben trazar líneas rojas y se 
debe crear un marco de heurística jurídica y penal en el cual la comercialización 
de alimentos que impliquen riesgo a la salud y a la vida humana, se considere un 
atentado a la humanidad en su conjunto y, por tanto, susceptible de formar parte 
de los crímenes en su contra. Esto implica someter a la industria agroalimentaria 
a las mismas coordenadas de la salud pública, es decir, la ética (el humanismo), 
y la política (el interés general). Dentro de esa misma línea, las sociedades de¬ 
ben poner límites bioéticos a las farmacéuticas y su pretensión de mantener bajo 
su dominio a sociedades medicalizadas permanentemente. Hay que detener la 
medicalización masiva e inútil. Hay que ser más estrictos con los protocolos de 
bioética con respecto a estas corporaciones. 

Una tercera decisión que se debe discutir y adoptar a futuro y que debe ser par¬ 
te del consenso de los países, es que el sector de la salud bajo ninguna circuns¬ 
tancia debe ser parte de recortes presupuestarios fiscales. Más bien lo contrario, 
considerarlo como un sector estratégico y prioritario para la sociedad. Médicos, 
especialistas, enfermeras, tecnólogos y personal en general de la salud, no pue¬ 
den orbitar bajo la fuerza de gravedad del modelo de negocio del capitalismo y 
la mercancía. Los médicos, enfermeras, y personal de salud, deben estar lo más 
lejos posible de las prescripciones mercantiles de la ganancia y lo más cerca po¬ 
sible de las necesidades sociales y el humanismo. Los recursos que lo financien 
deben ser una prioridad de los Estados, y deben alejarse de las restricciones de la 
austeridad. Su flnanciamiento debe convertirse en una política de Estado. 

En consecuencia, se necesita una nueva forma de articular los esfuerzos fiscales. 
Es inaudito que el enorme esfuerzo monetario y fiscal que se realizó al tenor de 
la crisis de las hipotecas subprime a partir del año 2008, haya sido para proteger 
a los bancos y a las instituciones financieras especulativas (también se las cono- 




126 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


ce como shadow hank), y que, al mismo tiempo, se hayan producido recortes 
fiscales en los sectores sociales, en especial, en salud y educación. A futuro, las 
crisis de salud deben considerarse prioritarias sobre las crisis especulativas y fi¬ 
nancieras, y los presupuestos fiscales en salud y educación no deben ser objeto 
de ningún ajuste fiscal para resolver crisis de especulación ni de sobreproducción 
del capitalismo. 

La pandemia del covid-19 nos demostró que no estábamos preparados para un 
fenómeno de esa magnitud. Que la única posibilidad de confrontarlo era con una 
fuerte institucionalidad pública en salud, prevención y cuidado. Lamentablemen¬ 
te no se lo habia construido y se tuvo que improvisar con el costo en vidas huma¬ 
nas que implicó. Fue asi como las sociedades aprendieron durante la pandemia 
que el sector de la salud es demasiado importante y estratégico para dejarlo en la 
mano invisible del mercado. De hecho, los millones de contagiados, y las decenas 
de miles de muertos, tienen como referencia y explicación, no solo la clínica de la 
pandemia, sino también las fallas del mercado. 

En consecuencia, todo el personal de salud, debe definir su relación salarial, su 
jornada de trabajo, sus derechos laborales, por lo que entregan a la sociedad y 
por la forma por la cual la sociedad valora ese aporte. La sociedad debe reasignar 
recursos a este sector, y crear los marcos jurídicos e institucionales que permiten 
protegerlo de las inclemencias de la coyuntura y los ciclos políticos. Este consen¬ 
so de alejar a la salud pública del ciclo fiscal y convertirla en sector estratégico y 
prioritario, pasa por cambios dentro del sector de la salud pública que son im¬ 
portantes asumirlos y llevarlos adelante, como por ejemplo la carrera sanitaria 
global. Es decir, la creación de un solo sistema global de formación de médicos, 
especialistas y personal de salud, en el cual el sistema universitario y de investi¬ 
gación converja hacia el sistema de salud pública global. 

Un proceso para el cual cada sociedad debería también integrar sus saberes an¬ 
cestrales en este campo y ofrecerlos como un aporte a la humanidad. Son saberes 
milenarios que pueden ayudarnos a una visión más integral, más compleja, más 
holística de la relación entre los seres humanos y el cosmos. Una relación que 
incide en la forma por la cual tratamos a la enfermedad, la salud y la vida. No solo 
que perdimos el humanismo, el mismo que hizo posible la Ilustración y la moder¬ 
nidad, sino que también perdimos la capacidad de comprender la complejidad de 
la vida y su relación con el universo. En los saberes ancestrales hay una memoria 
de una atávica relación entre los seres humanos, las sociedades y el cosmos que 
es necesario recuperarla. 




127 


Pablo Dávalos 


Los médicos, especialistas y personal de salud, con formación académica e inves¬ 
tigación, asi como los sabios de las comunidades indígenas, deberían ser decla¬ 
rados ciudadanos globales y tener un estatuto jurídico al efecto. Son un talento 
imprescindible a las sociedades, y su juramento hipocrático, o el legado recibido 
de su pueblos, los ponen al servicio de la sociedad global. Ellos, más que nadie, 
son los portadores de la divisa del humanismo, la misma de Unamuno, la misma 
que también debe ser nuestra: homo sum, nullum hominem a me alienumputo. 




128 


Otra educación es posible 


La pandemia también puso a los sistemas educativos en tensión. Millones de es¬ 
tudiantes de primaria, secundaria y universidad, tuvieron que utilizar los ins¬ 
trumentos de la conectividad y las redes globales para cumplir sus obligaciones 
escolares y académicas. Los protocolos de aislamiento y distancia hicieron im¬ 
posible el normal funcionamiento de los sistemas educativos y universitarios. Se 
había interrumpido momentáneamente el tradicional proceso educativo que se 
construía desde la presencia en el aula. La conexión a internet y las plataformas 
de conectividad global fueron un mecanismo para sostener al sistema educativo 
en muchos países. Se creó un expediente novedoso: la educación masiva sin la 
presencia física en el aula y con currículos en línea. Empujados por las circuns¬ 
tancias, los Estados y las autoridades educativas tuvieron que improvisar sobre 
las condiciones existentes para continuar el proceso educativo al tiempo de cum¬ 
plir los protocolos de distancia y aislamiento y garantizar la salud de la población. 

Es cierto que la cobertura de internet no es la misma para cada país, y dentro de 
estos para los distintos segmentos sociales, y que la cultura del internet también es 
heterogénea, por ciudades, regiones y edades. Pero también es cierto que emergió 
una dinámica que puede generar precedentes importantes; en efecto, el sistema 
educativo mundial puede transitar hacia el internet y sus aplicaciones y compartir 
la educación con los hogares. Se pusieron a disposición de todos, plataformas de 
intercomunicación global por internet con costo marginal nulo o casi nulo. 

En muchos países los teléfonos inteligentes son de uso masivo. En muchas so¬ 
ciedades hay más teléfonos inteligentes que personas. El problema para los ciu¬ 
dadanos fue más la conexión a internet que el dispositivo. Casi no existen em¬ 
presas públicas de conexión a internet. Las empresas privadas, solo abrieron esa 
conexión a aquellos usuarios que podían pagar. Pero la conexión a internet era 
el único mecanismo existente para que las sociedades sepan de los protocolos de 
salud pública, de las recomendaciones de sus autoridades, y del funcionamiento 
del sistema educativo. La comunicación humana en un momento de crisis global, 
tuvo en esas corporaciones de telecomunicaciones y de acceso a internet más un 
obstáculo que una oportunidad. Son corporaciones transnacionales y que sitúan 
su modelo de negocios sobre la renta que produce la economía de la telecomuni¬ 
cación que tiene, además, una tendencia al costo marginal decreciente. 

De la misma manera que la salud pública que no puede someterse a los reque¬ 
rimientos de la industria privada de salud, porque en momentos de crisis glo- 



129 


Pablo Dávalos 


bal, su modelo de negocios se convierte, sin exageración alguna, en una amenaza 
para la vida, asi la industria de las telecomunicaciones tampoco supo responder 
adecuadamente en esas circunstancias. La peste era el momento de abrir la se¬ 
ñal de internet a toda la población, porque la comunicación era la condición de 
posibilidad para saber lo que estaba pasando y lo que había que hacer, además 
que era parte tanto del sistema de salud pública cuanto del sistema de educación. 
Sobre un acceso libre, gratuito y universal a la conectividad, las plataformas de 
conectividad global podían extenderse e incorporarse a las nuevas dinámicas que 
estaban emergiendo tanto en la salud pública cuanto en los sistemas educativos. 
Por ello, la peste exacerbó las brechas digitales y puso en riesgo a las poblaciones. 
Marginó a muchos niños y jóvenes, sobre todo de sectores rurales y pobres, de 
continuar en el sistema educativo. 

Una lección que nos dejó la peste es que el acceso a la conectividad global es ya 
un derecho humano, y que los Estados deben crear mecanismos para protegerlo y 
garantizarlo. El acceso a la conectividad, de la misma manera que la salud públi¬ 
ca, debe también ser público . Si la educación y el trabajo empiezan a migrar hacia 
plataformas de conectividad, entonces la conectividad debe ser de fácil, libre y 
universal acceso. Es un debate fundamental porque la transición más importante 
de la economía de la post-escasez es, precisamente, la conectividad. En efecto, la 
incorporación de modelos de gestión de empresas, modelos de transporte, mode¬ 
los de negocios, cadenas de valor, logísticas de distribución, entre otros, piensan 
ya en una capacidad de conectividad mayor y que se conoce como las redes 5G, e 
internet de las cosas. La disputa de EEUU alrededor de la empresa china transna¬ 
cional Huawei, está atravesada, precisamente, por las apuestas alrededor del con¬ 
trol de estas nuevas redes y dinámicas. Se asume que las empresas que controlen 
estos nuevos procesos tendrán acceso a un volumen de negocios de proporciones 
importantes. Ahí radican las apuestas de la economía del futuro. 

Se presume que las redes 5G tienen tanta capacidad de circulación de datos, que 
multiplicarían de forma exponencial la actual capacidad de conectividad de la red 
internet y darían paso a un modelo diferente de concebir y relacionarnos con el 
entorno y que ha sido denominado como internet de las cosas. La pandemia creó 
el expediente del trabajo y de la educación en casa. Con redes 5G, esas posibili¬ 
dades que fueron excepcionales por la peste, pueden convertirse en la norma. La 
escuela y la oñcina del futuro, probablemente se queden en casa. Es muy probable 
que surjan escuelas en las que los niños y jóvenes solo tengan que ir unos días a 
la semana, mientras el resto del tiempo aprenden en sus casas, a través de apli¬ 
caciones que integren lo lúdico con el aprendizaje. Para un joven o un niño, quizá 
sea más convincente aprender matemáticas y cálculo a través de aplicaciones que 




130 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


mezclen el juego con el aprendizaje. Lo mismo para el trabajo en casa. Como ya 
se había indicado, la corporación del futuro probablemente aprenda de la expe¬ 
riencia laboral que dejó la peste, y deje muchas líneas de negocios circunscrita a 
los hogares de sus empleados. En ese contexto, las nuevas redes 5G y las nuevas 
tecnologías de la información y comunicación se revelan estratégicas y funda¬ 
mentales. 

El mundo que se configura desde la pandemia del covid-19, definitivamente, es 
otro. Sus disputas, su geopolítica, sus entramados de poder y dominación, son 
diferentes. Las experiencias de la educación en casa, la emergencia de las redes 
5G y de las aplicaciones educativas lúdicas, al mismo tiempo que las nuevas gene¬ 
raciones de teléfonos inteligentes, mucho más versátiles, más potentes, más ba¬ 
ratos (por la tendencia del costo marginal nulo y por la competencia geopolítica) 
y más en conformidad con las redes 5G, demuestran que la escuela no está libre 
de transformaciones, y lo que nació como producto de la necesidad de cumplir 
protocolos de aislamiento y distancia, en realidad, prefigura un contexto dife¬ 
rente, en donde emerge la escuela del futuro. En esa escuela, los parámetros de 
conocimiento, de aprendizaje, de enseñanza, de innovación, y de evaluación tie¬ 
nen poco que ver con la escuela del siglo XX. En efecto, la escuela del siglo XX 
es una institución densa, pesada, jerárquica, intransigentes, memorísticas, y si 
se quiere, y mutatis mutandis, escolástica (por la forma de trabajar contenidos y 
aprendizaje). Permite la instrucción, pero no necesariamente la capacidad crítica, 
la reflexión analítica y, menos aún, la capacidad de innovación. La escuela, tal 
como la conocemos, es más una institución del siglo XX, que del siglo XXL Los 
niños y jóvenes se enfi'entan cotidianamente a un mundo de posibilidades tecno¬ 
lógicas, en el cual no tienen ningún problema en desenvolverse, pero que tiene 
poca relación, además, con aquello que aprenden en sus escuelas. Los juegos en 
línea, para los niños y jóvenes, plantean más exigencias intelectuales y cognitivas 
que una jornada de clases. 

La pandemia nos permite entender, gracias a la educación en casa, que ese siste¬ 
ma educativo es anacrónico, un resquicio del pasado. Hemos sido testigos de las 
tareas escolares de los niños y jóvenes durante el confinamiento, porque en esa 
oportunidad tuvimos que estar ahí con ellos. Nuestro hogar se convirtió también 
en un aula de escuela. Y comprobamos de primera mano lo repetitivo del cono¬ 
cimiento lo que explica el aburrimiento de los niños y jóvenes. Experimentamos 
esa forma escolástica de transmitirlo. Comprendimos que, en el fondo, algo no 
estaba bien con ese sistema educativo. La reticencia de nuestros niños y jóvenes 
a ese sistema es, por tanto, normal y se explica por sí misma. Si ellos tienen la 
posibilidad de ejercer su creatividad y sus capacidades heurísticas en cualquier 




131 


Pablo Dávalos 


juego en línea, porqué el sistema educativo, en cambio, no les genera ni les apela 
a desarrollar esas mismas capacidades de respuesta y de aprendizaje. Los niños 
y jóvenes se desenvuelven ante juegos de internet cada vez más complejos, que 
ameritan niveles de comprensión y de capacidad de respuesta cada vez más exi¬ 
gentes, y lo hacen con mucha destreza, pero el sistema educativo, en general, está 
muy por debajo de esas exigencias. 

Quizá Ivan Ilich tenía razón después de todo, quizá sea hora de pensar en deses- 
colarizar a la sociedad. Una de las tareas que la sociedad debería emprender en 
el mundo post-pandemia es reflexionar a profundidad sobre sus sistemas edu¬ 
cativos. La crítica de Iván Ilich al sistema educativo, demostró ser pertinente. 
Es un sistema que no está a la altura de la historia ni del presente. Si nuestros 
niños y jóvenes viven el mundo de la conectividad, que implica la formulación de 
una inteligencia global, ¿porqué nuestros sistemas educativos no pueden girar 
y ponerse a tono con su propia realidad? En la escuela del futuro, quizá no haya 
aulas. Probablemente hayan talleres de trabajo en conjunto para resolver tareas 
complejas en grupo. Con niños y jóvenes que aprenden en sus casas con tecno¬ 
logías de última generación, con aplicaciones lúdicas, con redes 5G, pero con la 
posibilidad que su sociedad les garantice a todos ellos el acceso libre, universal, 
equitativo a esas redes y a esa conectividad. Porque en las sociedad del futuro, ese 
acceso debe ser un derecho humano. 

Quizá ir a la escuela, para los niños y jóvenes del futuro, sea un acto libre, sin 
coacciones, que nace desde su propia motivación, y en la cual van a compartir 
aquello que han aprendido ya en sus casas gracias a la educación en línea, y gra¬ 
cias a su capacidad de performance en los juegos de aprendizaje, y van a compar¬ 
tir proyectos grupales, o van a jugar, o van a socializar. Una escuela con otros pa¬ 
rámetros de evaluación a niños y jóvenes, y sin esa carga escolástica y esa presión 
mercantil que incorporaba criterios de competitividad al proceso de enseñanza- 
aprendizaje y generaba legiones de creyentes en el fracaso y en el éxito. Quizá la 
escuela del futuro haya nacido en medio del fárrago del miedo y la angustia que 
nos produjo la peste. 

De la misma manera que la Renta básica universal implicaba separar el ingreso 
del salario, y devolver al trabajo su esencia social, quizá sea necesario pensar de la 
misma manera con respecto a la escuela del futuro: separarla de su funcionalismo 
escolástico y sus formas panópticas, fordistas y tayloristas, y devolverle su esencia 
social. La escuela adoptó esas formas no solo por razones de mimesis social sino 
por funcionalismo con la estructura productiva del siglo XIX y XX. Tenía que pro¬ 
ducir la fuerza de trabajo disciplinada, obediente y acrítica que necesitaba la indus- 




132 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


tria, el comercio y el consumo en masa. Pero en la sociedad de la post-escasez, en 
donde el insumo más importante es la inteligencia social, aquello que se necesita 
ya no es obediencia sino reflexión critica. Se necesita creatividad y espontaneidad. 

Los griegos clásicos tenían un concepto para la educación integral, lo denomina¬ 
ban paideia. Necesitamos eso, una educación integral, que forme seres humanos 
integrales, éticos. Personas críticas, innovadoras, creativas, libres. Tenemos los re¬ 
cursos sociales para eso. Pensamos las redes 5G más en función de las cosas que de 
las sociedades, precisamente por ello hemos definido ya los contornos del futuro 
inmediato como internet de las cosas, y hemos advertido de sus posibles conflictos. 
Pero más que un internet de las cosas lo que necesitamos es un internet de las so¬ 
ciedades. Quizá habría que cambiar el enfoque y mirar a las redes 5G no solamente 
como la integración en línea de las cosas, sino como la posibilidad de construir una 
paideia. Es decir, seres humanos íntegros, libres, reflexivos y humanistas. 


Ante la decadencia de la universidad, pensemos 
en comunidades científicas globales 
y una nueva academia 


La comunidad científica y académica también se replegó y fue obligada al confina¬ 
miento durante la pandemia. Si bien su integración es global y para las universi¬ 
dades, a diferencia de las escuelas, la educación a distancia tiene otras dinámicas, 
precisamente por su apelación a la rigurosidad y al compromiso académico de 
profesores, investigadores y estudiantes, también es cierto que la interrupción de 
la maquinaria del capitalismo generó problemas importantes al sistema universi¬ 
tario. Los estudiantes y posgraduados, en muchos casos, tuvieron que interrum¬ 
pir el pago de sus créditos estudiantiles producto de las circunstancias únicas que 
produjo la pandemia. En virtud que muchos países se sostienen sobre una es¬ 
tructura de educación superior privada, esto implica una reflexión sobre la forma 
que adopta la educación superior y la necesidad de transformar ese sistema. La 
pandemia iluminó varios fenómenos sociales a los que se debe prestar atención 
y, al mismo tiempo, intuir las posibilidades futuras de su transformación. Si es 
posible la Renta básica universal y sin condiciones y a partir de ahí devolver al 
trabajo su esencia social, también es viable pensar en una transformación de las 
universidades, sin duda el núcleo más importante de las economías del futuro. 

La producción de conocimiento especializado, es una de las actividades más com¬ 
plejas y más importantes de toda sociedad. Sobre esos conocimientos se definen 




133 


Pablo Dávalos 


los discursos que estructuran al ser-en-el-mundo. Desde la ontología, la episte¬ 
mología, o la técnica, la universidad es el centro hacia el cual converge la creación 
de discursos de comprensión, de situación y de intervención sobre el mundo. De 
ahí nacen la mayoría de discursos y las técnicas con las cuales trabajamos co¬ 
tidianamente. De ahí nacen la mayoría de las innovaciones tecnológicas que se 
utilizan diariamente. Si el mundo del futuro va a procesar muchas de las trans¬ 
formaciones inherentes a la post-pandemia, será desde la universidad que se fun¬ 
damentarán, se definirán y se estructurarán esos discursos transformadores. Es 
necesario, por tanto, una mirada y una comprensión de la universidad. ¿Qué pasó 
con la universidad durante la pandemia? ¿Cómo respondió? ¿De qué forma se 
convirtió en un apoyo institucional para a5aidar a sus sociedades a confrontar la 
pandemia? Y, si bien es cierto que muchas de ellas cumplieron un rol de primera 
línea en investigación y apoyo médico profesional, también es cierto que, en tér¬ 
minos generales, su rol fue marginal. Quizá haya sido por la complejidad de las 
circunstancias, pero también porque las universidades están condicionadas por 
una determinación que les acota su margen de maniobra y sus grados de libertad. 
Esa determinación es la noción de competitividad, que la contaminó y la plegó a 
sus prescripciones. 

La academia, en el neoliberalismo, se convirtió también en un espacio que replicó 
la competitividad y readecuó su entramado institucional en función de ella. Pero 
aquello que en la estructura mercantil y productiva del mundo tenía algo de sen¬ 
tido y propósito, en el caso de la universidad se convirtió en una aberración y en 
un desatino. La competitividad la alejó de su recurso más valioso, la posibilidad 
de ser crítica con su propio tiempo histórico. La crítica implica una distancia epis- 
témica con respecto al presente para poder comprenderlo, evaluarlo y asumirlo 
en su justa perspectiva, sin las mediaciones de las contingencias históricas. Ese 
procedimiento es clave para cualquier sociedad, porque a partir de ahí se definen 
los campos de posibles sociales y su eventual transformación. Una sociedad sin 
capacidad de definir esos horizontes de largo plazo, se estanca en sí misma. Por 
eso el pensamiento, que en la modernidad y en términos generales se produce en 
las universidades, necesita establecer una distancia entre aquello que vive y aque¬ 
llo que puede ser, precisamente para valorarse, comprenderse, situarse y proyec¬ 
tarse. La noción de competitividad anuló la posibilidad de crear esa distancia, y 
vinculó la universidad y la academia a las contingencias del capitalismo. De esta 
manera redujo sus posibilidades epistemológicas, sus capacidades críticas, y su 
sustancia teórica. 

El primer indicador de esa contaminación se produjo a inicios del siglo XXI cuan¬ 
do se empezó a popularizar el ranking de las universidades a nivel mundial. Esta- 




134 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


blecer jerarquías en el conocimiento humano, al menos en la globalización, don¬ 
de todo conocimiento está integrado globalmente, es inútil, irrelevante y no tiene 
sentido alguno. El conocimiento circula por todo el plexo universitario que es 
global. Un experto, un académico, un profesor universitario, generalmente forma 
parte de redes de conocimiento, o si se quiere en una expresión que Imre Lakatos 
elevó a nivel de epistemología, de comunidades científicas. En la globalización, lo 
más importante del conocimiento humano lo crean, justamente, las comunidades 
científicas en las cuales constan y se integran, por necesidad teórica, varias uni¬ 
versidades del mundo. Las universidades y la investigación científica y teórica se 
define por ideas, conceptos, teorías, interpretaciones, visiones de paralaje, cuyo 
nacimiento puede estar en cualquier lugar del mundo. Asimismo, existe una pro¬ 
ducción científica hecha por un núcleo duro de teóricos que fundamentan aquello 
que T. Kuhn denomina paradigma científico, y que estructura una determinada 
visión del mundo o de la sociedad, y esa producción académica integra a pensa¬ 
dores de casi todas partes del mundo y es compartida por todas las universida¬ 
des del mundo. Es la convergencia e integración de los mejores talentos, que en 
eventos académicos que se producen todo el tiempo y en todos los lugares del 
mundo, comparten esos conocimientos, socializan con otros investigadores, co¬ 
nocen a nuevos alumnos, todo lo cual crea el conocimiento. Cuando se publican 
libros científicos y teóricos, en sus primeras páginas constan los agradecimientos 
a todos los académicos, investigadores, e incluso estudiantes, que participaron 
en ese esfuerzo teórico, y no necesariamente todos ellos proceden de la misma 
universidad o centro de investigaciones. Es la demostración palpable del concep¬ 
to de comunidad científica y la forma por la cual se construye el pensamiento y 
la ciencia. Por supuesto que hay investigadores solitarios, lobos esteparios de la 
ciencia y la filosofía, así como disidentes cuyas audaces hipótesis son tan profun¬ 
das que hacen peligrar todo el edificio conceptual construido sobre ellas, pero su 
pertenencia a una universidad y su eventual ranking es irrelevante. 

La globalización ha creado una comunidad de inteligencia con una capacidad de 
integración como pocas veces en la historia humana. En esa integración, par¬ 
ticipan académicos, literalmente, de todas las universidades del mundo, desde 
aquellos centros de investigación de ciudades cuyos nombres nunca hemos es¬ 
cuchado, hasta las universidades e institutos más renombrados, pero todos ellos 
conforman una vasta red de conocimientos. Los programas de doctorado y pos¬ 
doctorado, generalmente vinculan a un grupo de académicos expertos en un tema 
y que pertenecen a varias universidades del mundo. Las becas que se otorgan 
toman en cuenta méritos académicos de forma independiente del ranking uni¬ 
versitario. En consecuencia, establecer un ranking de universidades cuando el co¬ 
nocimiento se produce en comunidades globales, es, por decir lo menos, absurdo 




135 


Pablo Dávalos 


e incongruente con la praxis universitaria y cientifica de la globalización. Si bien 
es cierto que hay universidades de excelencia sobre todo en investigación, eso no 
implica concebir un ranking porque el conocimiento humano no lo necesita, no 
lo requiere, y no es útil para la ciencia ni para la filosofía. Pueden establecerse 
rankings quizá en otras actividades, pero nunca en el conocimiento humano, en 
el pensamiento critico, en el laboratorio de investigación. 

¿Por qué ahora parece tan normal, tan evidente y tan plausible que exista un 
ranking de universidades? En ese ranking ¿qué sentido tiene estar en los prime¬ 
ros, medios o últimos lugares, si eso no altera en absoluto al conocimiento ni a la 
epistemología? Las reflexiones teóricas que conforman el corpus de una ciencia 
se utilizan tanto en las aulas y laboratorios de una universidad del primero o el úl¬ 
timo lugar del ranking. Las investigaciones y reflexiones teóricas o descubrimien¬ 
tos científicos de un académico de una universidad ubicada en el último lugar del 
ranking universitario pueden cambiar al mundo, mientras que aquellas de un 
profesor de las universidades de los primeros lugares de la lista, pueden ser irre¬ 
levantes para la ciencia, o, incluso, convertirse en obstáculo. Hay que recordar, 
por ejemplo, que en noviembre de 2011 los estudiantes de Harvard, se negaron 
a participar en una clase del profesor Gregory Mankiw, asesor del ex presidente 
Bush, y autor de uno de los textos de macroeconomía de más divulgación mun¬ 
dial, en rechazo a su manera de comprender la economía que no consideraba ni 
la existencia de la crisis, ni la desigualdad social, justo en plena crisis de las hipo¬ 
tecas subprime. Mientras que en las universidades de La Paz, en Bolivia, y Quito, 
Ecuador, varios pensadores trataban de reflexionar y sustentar un concepto que 
tome el relevo a aquel del “crecimiento económico” y cuya complejidad implica¬ 
ba nuevos paradigmas filosóficos (sumak kawsay, sumak qamaña). Es decir, la 
ubicación en un ranking es irrelevante cuando de lo que se trata es de pensar y 
transformar al mundo. Pero en una realidad donde la normalidad es la excepción, 
las sociedades ahora hacen mucho caso a los rankings universitarios, se alegran 
cuando están en los primeros lugares y luchan denodadamente para salir de los 
últimos (una lucha que nada tiene que ver con la ciencia y la filosofía, además). 
¿Por qué lo hacen? 

Una primera hipótesis tendría que ver con la necesidad de disciplinar ese cono¬ 
cimiento dentro de coordenadas de control, vigilancia y adscripción a los centros 
reales de la globalización del capitalismo, es decir, las corporaciones y la finanza 
internacional. Al controlar la academia y someterla a criterios de rentabilidad 
mercantil y de competitividad, entonces los proyectos más emblemáticos de la 
sociedad de la información pueden ser más fácilmente controlados. Es decir, pro¬ 
yectos de investigación claves, pueden inscribirse directamente en el radar de 




136 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


las corporaciones que pueden utilizarlos en sus modelos de negocios. Por eso, 
esas corporaciones actúan como financistas de esos proyectos. Esto significa que 
el ranking limita y acota las posibilidades de investigación de las universidades, 
habida cuenta de las restricciones presupuestarias que se tienen desde las poli- 
ticas de austeridad, y que las universidades privadas dependen enteramente del 
mercado, el financiamiento a la investigación se convierte más en una parte del 
modelo de negocios de las corporaciones que en una práctica social que busca 
comprender la naturaleza del mundo y de las sociedades. Una universidad o cen¬ 
tro de estudios superiores, con un buen sitio en el ranking, puede colocar y lograr 
más fácilmente en el mercado el financiamiento a sus proyectos de investigación. 

Una segunda hipótesis tendría que ver con la privatización del acceso a la edu¬ 
cación superior, porque una universidad que conste en los primeros lugares del 
ranking puede establecer mecanismos de admisión más estrictos y alejarse de 
todo tipo de control social, es decir, puede ser el núcleo desde el cual se conforme 
el mercado del crédito estudiantil y son las leyes del mercado las que la regu¬ 
lan, no sus propias sociedades. Entre los mecanismos de admisión consta, por 
supuesto, el costo de la educación. Los rankings son concomitantes a la deuda 
estudiantil. Mientras más universidades se encuentren en esos altos escalones del 
ranking, es probable que sus costos sean mayores. Mantenerse en un puesto del 
ranking y escalarlo cuesta mucho dinero. Las universidades públicas y de paises 
pobres no tienen posibilidad alguna de hacerlo. Están condenadas al sótano. El 
ranking universitario y la industria financiera de los créditos estudiantiles van de 
la mano. Los egresados de esas universidades de alto ranking terminan con una 
deuda sideral, y están obligados a tomar cualquier trabajo para cumplir con la 
misma. Por eso terminan trabajando en sectores que a veces nada tienen que ver 
con su preparación teórica. Su talento fortalece a corporaciones que los utilizan 
en función de su propia rentabilidad, no en función social. Al mismo tiempo que 
estos talentos forman el fundamento de los cuadros técnicos que las corporacio¬ 
nes necesitan, también forman parte de las elites de poder. De ahi que el acceso 
de los trabajadores a esas elites sea prácticamente imposible. Por más que ten¬ 
gan los talentos, las capacidades, la preparación y la vocación, su acceso a estos 
niveles en donde se toman decisiones empresariales y políticas, les está vedado. 
El ranking sirve como muralla social y política. Para evitar la movilidad en la 
escala social. Las elites se forman en universidades cuyos costos son prohibitivos 
para los hijos de los trabajadores. Ellos tendrán que ir a universidades públicas, 
si hay posibilidades que les permitan hacerlo, por supuesto, que jamás tendrán 
posibilidad de formar parte de las elites. El neoliberalismo universitario encontró 
en la competitividad un mecanismo político y social de exclusión, control y de 
segmentación. 




137 


Pablo Dávalos 


Una tercera hipótesis es que para mantenerse en ese ranking las universidades 
necesitan adscribir su producción de conocimientos a la industria editorial. Esa 
adscripción y suscripción cuesta mucho dinero. Las revistas cientificas más im¬ 
portantes no publican nada si no hay de por medio una rentabilidad asegurada. 
Es esta industria editorial la que genera un Índex de revistas cientificas que en 
realidad tienen que ver más con la estructura bursátil de esta industria y su mo¬ 
delo de negocios que con la producción de ciencia. Es un expediente de un mo¬ 
delo de negocios que crea una renta permanente sobre el conocimiento, porque 
estas industrias pueden cobrar varias veces y durante todo el tiempo, por un de¬ 
terminado articulo científico, aunque no hayan financiado en absoluto esa inves¬ 
tigación. Para que el modelo de negocio de la industria editorial pueda funcionar, 
se pliega al mismo a los académicos, investigadores y profesores universitarios, 
y se les obliga a la producción en serie y en grandes cantidades de artículos cien¬ 
tíficos que cumplan con los criterios establecidos por la industria editorial. Se 
establecen, además, mecanismos disciplinarios sobre estos académicos e investi¬ 
gadores de tal manera que si en un tiempo determinado sus textos académicos no 
son publicados por la industria editorial, corren el riesgo o de la exclusión o de la 
expulsión. El epítome es cuando esta industria cobra a los profesores o investiga¬ 
dores por publicarlos en el índex. Para asegurar su pertenencia a la universidad, 
académicos, investigadores, doctorantes, entre otros, se ven obligados a buscar 
recursos para pagar por la publicación de sus artículos. Pero no solo eso, la in¬ 
dustria editorial también cobra por el ranking de citas que un artículo científico 
puede suscitar. 

Esto configura una cuarta hipótesis, en ese contexto ningún profesor o investi¬ 
gador universitario publicará un texto científico que no haya sido previamente 
sancionado por la industria editorial, por lo que su capacidad crítica con respec¬ 
to a lo real, es decir, a su propia sociedad, se limita hasta casi desaparecer. De 
esta forma, la academia y la universidad se autoexcluyen de toda reflexión crítica 
con respecto a su propio presente. Pero esto genera una praxis que se caracteriza 
por la cantidad, la banalidad y la intrascendencia. Si bien es cierto que existen 
textos científicos fundamentales para la comprensión del universo, la vida, y las 
sociedades, también es cierto que existe una buena cantidad de “papers” como 
se conoce a esta pseudo producción teórica, que son absolutamente intrascen¬ 
dentes para su sociedad. Se producen solamente con el objetivo de cumplir con 
expedientes disciplinarios de universidades competitivas. Son sombras que se re¬ 
flejan en los espejos y producen un reflejo ad infinitum de sí mismas. Son glosas 
de glosas, que repiten la misma textura, la misma retórica, la misma referencia, 
en un pliegue sobre sí misma que no termina nunca. La sociedad no tiene posibi¬ 
lidad alguna de entrar en esos arcanos. El acceso a esos “papers” es celosamente 




138 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


cuidado y protegido por la industria editorial (los derechos de propiedad intelec¬ 
tual). Es una industria que no permite su profanación a riesgo de utilizar todo su 
poder coercitivo. Como Caronte que nunca atraviesa el Estigia sin el pago de una 
moneda, así la industria editorial guarda celosamente el acceso a esta producción 
masiva y banal que se pretende “científica” y no permite cruzarlo a menos que se 
pague por ello. 

Es interesante visualizar dos ejemplos que intentaron romper con esta dinámi¬ 
ca y que sirven como coordenadas éticas que sitúan y contextualizan tanto a las 
universidades cuanto a la industria editorial de textos científicos. El primero es 
Aaron Swartz^^. Un joven activista por la libertad de expresión y el libre acceso al 
conocimiento, que intentó poner en conocimiento del público las publicaciones 
científicas del MIT. Para el efecto descargó todas las publicaciones posibles de 
esta institución antes de ser detectado por el EBI. Para evitar su arresto y su pos¬ 
terior condena, Swartz se suicidó. 

El otro ejemplo es Alexandra Elbakyan, una neurocientífica y programadora de 
software de Kazajistán que creó el sitio Sci-Hub para compartir el conocimiento 
científico de manera libre y gratuita. Producto de ello, una de las empresas de la 
industria editorial de textos científicos, Elsevier la demandó por 15 millones de 
dólares en un tribunal de Nueva York, que acogió la demanda y que, por supuesto, 
sentenció en contra de Elbakyan. Los disidentes, como puede apreciarse, tienen 
como destino la muerte o la cárcel. Es una curiosa forma de crear una producción 
científica que tenga como opciones radicales a estas, pero es la manera por la 
cual se han construido las universidades durante la globalización neoliberal que 
se dedicaron, como en Bizancio en la Edad Media, a soslayar y evitar de todas las 
formas posibles asumir y dar respuesta a los problemas reales de sus sociedades 
y dedicarse más bien, a producir papers. Es una práctica que se parece a aquellas 
otras que pensábamos superadas, aquellas que definían herejías, hogueras y ca¬ 
labozos para los disidentes. 

Puede advertirse que la producción de ciencia y tecnología en realidad ahora for¬ 
man parte de un modelo de negocio de determinadas industrias, que han logrado 
plegar a las universidades a sus propios requerimientos. El mecanismo utilizado 
fue aquel de la competitividad. Cuando las universidades suscribieron la compe- 
titividad, produjeron una degradación y una decadencia del conocimiento cien¬ 
tífico, porque una gran parte de los investigadores y académicos producen, en 
el fondo, un conocimiento banal e intrascendente. Simulan crear ciencia, y en 


15 Sobre A. Swartz ver: http://www.aaronsw.com 





139 


Pablo Dávalos 


muchos casos ni siquiera tienen la lucidez del cinismo para comprender que son 
solamente simulacros lo que hacen. 

Es difícil que las universidades se alejen de la noción de competitividad. Un con¬ 
junto de reformas adoptadas en Europa en 1999, y que se conocen como el “Pro¬ 
ceso de Bolonia” crearon la estructura institucional que enmarca a las universida¬ 
des dentro de los criterios de la competitividad mercantil. Las universidades de¬ 
jaron de convertirse en centros de producción de conocimientos fundamentales 
para la resolución de los problemas claves de sus sociedades, y la interpelación de 
sus comportamientos, y se transforman en replicantes de un modelo de negocios 
que poco tiene que ver con la ciencia y la reflexión teórica. La colonización de este 
modelo de negocios sobre las universidades es tan fuerte que incluso la redacción 
de un texto cientiflco tiene que someterse a sus exigencias. 

Esta reflexión nace a partir de la constatación que las transformaciones que pue¬ 
den emerger en un mundo post-pandemia, necesitan de un nuevo tipo de uni¬ 
versidad. Por ejemplo, se necesitan de expertos universitarios en economía, en 
sociología, en antropología, por citar algunos ámbitos, que reflexionen y proble- 
maticen la Renta básica universal y sin condiciones, y definan sus puntos críticos. 
Se necesitan también de juristas y expertos en derecho penal internacional, para 
que los comportamientos estratégicos de políticos o instituciones que provocan 
sufrimiento, dolor y muerte a sus poblaciones en contextos de pandemia, for¬ 
men parte de las atribuciones de la Corte Penal Internacional. Igual se necesita 
otro tipo de profesionales y de investigadores para sustentar las propuestas del 
trabajo en casa o la educación en casa. También se necesitan otro tipo de profe¬ 
sionales, en aspectos que aún están por definirse y que apelan a la intersección 
de varios ámbitos científicos. Pero si la producción teórica de esos académicos y 
universitarios está constreñida y delimitada más por el modelo de negocios de 
la industria editorial que por las necesidades sociales, es poco probable que esos 
conocimientos, con toda la rigurosidad que tengan, puedan a5aidar a construir el 
mundo que se necesita. 

Pero ese talento está ahí. Profesores universitarios, académicos, teóricos, inves¬ 
tigadores, doctorantes, posdoctorantes, estudiantes, saben que, en el fondo, la 
industria de los “papers” es banal e intrascendente (no su conocimiento ni sus 
teorías, por supuesto), pero no quieren que sus conocimientos se pierdan dentro 
de esa vorágine de banalidad que han creado las reformas universitarias de Bo¬ 
lonia y las nociones de competitividad universitaria. Están dispuestos a hacer las 
cosas de otra manera. Por eso crean redes diferentes. Que tienen poco o ningún fl- 
nanciamiento, pero que permiten decir lo que verdaderamente piensan. Son pro- 




140 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


ducciones teóricas que no están y nunca lo estarán, en el Índex, pero que repre¬ 
sentan apuestas por salir del formato restrictivo del paper, y de la competitividad. 
Son publicaciones que en algunos casos les pueden significar la expulsión de sus 
centros universitarios o el fin de sus carreras académicas. Pero están dispuestos 
a correr el riesgo y publican, comparten, debaten. Hay una enorme producción 
teórica a los márgenes del índex, y es esa producción la que está debatiendo, dis¬ 
cutiendo y estudiando lo que realmente necesitan las sociedades. El acceso a esta 
creación es, por lo general, libre, gratuita y universal. Precisamente por ello no 
está en el índex, pero es la oportunidad de pensar en otro tipo de universidad. En 
otras formas de conocimiento. 

No es la primera vez que las universidades han entrado en periodos de decaden¬ 
cia. En el siglo XVII, cuando se debatían los ejes centrales de lo que sería poste¬ 
riormente la Ilustración, el debate fundamental se dio por fuera de las universi¬ 
dades. Los textos de Spinoza, los hermanos Koerbagh, Meyer, Bekker, Edelman, 
Tschirnhaus, entre otros, eran proscritos por el pensamiento universitario de 
esa época. Lo máximo que se arriesgaba la universidad de ese entonces a debatir 
era una reelaboración de Descartes en función del dogma católico, por ejemplo 
Malebranche. La Iglesia Católica contaba con las universidades para defender al 
dogma y al poder imperante. No es la primera vez, pues, que las universidades se 
dediquen a defender dogmas. Pero el mundo post-pandemia necesita cambios, y 
para posibilitarlos la reflexión académica es fundamental. 

Quizá sea el momento de pensar en otro tipo de universidades, por ejemplo en 
universidades virtuales, en donde lo más importante no sea el pago de matrícu¬ 
la, ni el pago de la carrera o el programa, sino el conocimiento en tanto saber. 
La creación de comunidades virtuales con personas preocupadas por adquirir 
una formación, o discutir problemas científicos, existe de hecho, pero quizá sea 
momento de pensar en otra utopía, en crear la primera universidad global de la 
historia. La primera pandemia global de la historia humana apela a reflexionar 
sobre los posibles humanos. Aprovechar esas circunstancias únicas en las cuales 
la peste global permitió comprender al mundo de manera diferente. 


La universidad global 

Imaginemos una universidad global. Pública. Comunitaria. Disponible todo el 
tiempo. Con una curricula abierta. Y en red, y con todos sus protocolos abiertos. 
Con la posibilidad de integrar a sus circuitos de reflexión, análisis y preparación 
profesional, a los ciudadanos de la calle, a los trabajadores. En donde un artesa- 




141 


Pablo Dávalos 


no, un obrero, un desempleado, un campesino, puedan ingresar a sus aulas libre¬ 
mente y formar parte de esta academia. Donde pueden formar parte de grupos de 
discusión cientifica en las áreas que más les interesen. Imaginemos a lo mejor del 
talento humano, que puede dedicar parte de su tiempo para compartir sus cono¬ 
cimientos de forma libre, voluntaria. Se han desarrollado, además, aplicaciones 
de traducción instantánea con algoritmos de inteligencia artificial que socializan 
la producción teórica sin la barrera del idioma. Una universidad, en el término 
estricto del término: universo de conocimientos (universitas), para un universo 
de personas que pueden acceder libre y voluntariamente. Tenemos todas las po¬ 
sibilidades de hacerla. De construir la primera universidad global de la historia 
humana. Quizá el desafío real de las redes 5G no sea el internet de las cosas, sino 
el del conocimiento global. 

De alguna manera, las redes fueron la primera instancia en la cual se compartían 
conocimientos, opiniones, debates. Por qué no dar a esa discusión un formato 
más riguroso y más amplio. Podemos imaginarnos una plataforma al estilo de 
las redes sociales existentes, pero como objetivo compartir el conocimiento hu¬ 
mano y re-crearlo. En algunas industrias alemanas, los trabajadores tienen un 
puesto permanente en el Consejo de Administración. Participan regularmente 
de la gestión de la industria. Y muchas de las innovaciones que se aplican en esas 
industrias provienen desde los mismos obreros. Son ellos los que mejor conocen 
la estructura de los procesos productivos. El mismo Adam Smith cuenta en La 
riqueza de las naeiones que una de las innovaciones más importantes de su tiem¬ 
po, fue realizada por un niño que para jugar, se le ocurrió vincular dos procesos 
productivos que tenía que vigilar por un artificio creado por él y con eso disponer 
de tiempo libre. Si los trabajadores crean innovaciones ¿porqué los ciudadanos 
no pueden vincularse a los debates que les conciernen y los definen? ¿Por qué no 
pueden ser el centro desde donde se produce el saber? 

La Universidad Global, en línea, de libre acceso, con la posibilidad de tener una 
biblioteca abierta y disponible, con una curricula abierta y en función de los inte¬ 
reses de la sociedad, en la cual participen aquellos profesores, académicos, teóri¬ 
cos, intelectuales, doctorantes, posdoctorantes, en fin, todos aquellos a los cuales 
les preocupan los problemas de su sociedad, y que tienen la capacidad de inno¬ 
vación y creación pero lamentablemente no tienen las oportunidades de acceso 
a una universidad, sea por tiempo, por recursos, o ambos, puedan tener la opor¬ 
tunidad de cursar en una universidad cuyo único requisito sea la seriedad, la ri¬ 
gurosidad y el compromiso por comprender al universo, la vida y las sociedades. 
Durante la pandemia, se multiplicaron los accesos a las plataformas de interco¬ 
municación gracias a la conectividad global. Muchos profesores universitarios 




142 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


continuaron sus clases en línea. Muchas investigaciones teóricas, también. Inclu¬ 
so tribunales de grado doctoral o posdoctoral sesionaron en línea. Es decir, una 
parte del saber se abrió a la sociedad en pleno, sin condicionantes, sin restringir 
la participación, y pone en evidencia que el requisito de la presencia en el aula 
universitaria puede prescindirse. La conectividad puede acercar a lo mejor del 
talento humano, por fuera de las restricciones de la competitividad universitaria 
y de la industria editorial, y de la finanza del crédito estudiantil, hacia la com¬ 
prensión y solución de sus problemas fundamentales. Estamos muy cerca de una 
de las utopías más caras del Renacimiento, aquella de los seres humanos totales. 
Se los conoce como “hombres del Renacimiento” (el uomo universalé), a aquellas 
personas cuya preocupación por lo humano no se limitaba a un ámbito específico 
sino que trataba de abarcar la inmensidad de lo humano. ¿En qué parte del cami¬ 
no perdimos esa brújula? Recuperarla debe ser ahora nuestra prioridad. 





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Reflexiones finales 


La pandemia del coronavirus Covid-19, al ser la primera peste global, se convir¬ 
tió en una determinación externa a la globalización, obligándola a transformarse 
radicalmente. Como acontecimiento fue único. Nunca antes se habia producido 
una interrupción tan completa y total de todos los circuitos de la acumulación de 
capital. También sirvió como develamiento de muchas narraciones, discursos, 
simbologías y estructuras sociales e institucionales que se mantenian más por el 
peso de la inercia social que por su efectividad y legitimidad. Cambió la geopolí¬ 
tica, también cambiaron las percepciones sobre la realidad del capitalismo y sus 
posibilidades como sistema social. 

La globalización, consolidada en las últimas décadas del siglo pasado a partir de 
la caída del muro, adquirió una sola tonalidad para el mundo y con ese tono bar¬ 
nizó no solo los discursos sino también sus instituciones y su praxis. Pero esa 
tonalidad fue incapaz de visualizar los efectos que provocaba la peste, porque era 
un acontecimiento por fuera de sus previsiones. Se requerían, por tanto, de otros 
tonos, de otros matices, para apreciar la complejidad que implicó y generó ese 
evento. El cambio en la tonalidad del mundo, por así decirlo, puso fuera de juego 
a aquel imperante hasta entonces, vale decir, el neoliberalismo. Demostró que la 
complejidad del mundo es vasta y, a veces, inextricable. 

El discurso del neoliberalismo, que había sido objeto de una crítica acerva des¬ 
de la academia y la reflexión teórica crítica, y que sobrevivió a todos sus oposi¬ 
tores, tuvo pocas posibilidades de reinventarse en un escenario post-pandemia. 
El mundo se parecía demasiado a sus propias disposiciones y, como las especies 
que se acomodan demasiado a su hábitat y no están preparadas para resistir 
los cambios y. Analmente, sucumben por la evolución, así el neoliberalismo no 
pudo tolerar las transformaciones sociales provocadas por la pandemia. Como 
razón de un mundo unidimensional, como diría H. Marcuse en referencia al 
homo economicus y al consumidor disciplinado, cuando el mundo se abrió a 
otras dimensiones, el discurso neoliberal comprendió que tenía pocas posibi¬ 
lidades ante la realidad que emergía. Pero el neoliberalismo no es un discur¬ 
so cualquiera, es un discurso de ontología política porque define la estructura 
ontológica-política del capitalismo tardío. Define y estructura los clivajes más 
importantes del poder mundial. Justo porque tiene una estructura ontológica y 
política no pudo resistir al mundo de la post-pandemia, porque se provocaron 
transformaciones fundamentales en las bases esenciales del ser en el mundo 
para las cuales no tenía respuesta. 



145 


Pablo Dávalos 


Pero sin ese discurso queda un vacío que tiene que ser llenado. La apelación a 
políticas ke5uiesianas es solamente coyuntural y obedece a la restauración de 
los mecanismos de mercado y una apuesta por asegurar la perviven cía del viejo 
mundo en este escenario de transición. Las políticas monetarias y fiscales que se 
ponen en marcha en el mundo post-pandemia, utilizan el keynesianismo como 
coartada para defender intereses empresariales. Su intención final es restaurar al 
capitalismo y las relaciones de poder existentes antes de la pandemia y evitar que 
el mundo cambie. El capitalismo necesita, no obstante, de una discursividad que 
permita y posibilite esa restauración y que cierre el espacio de posibles sociales, 
como en su momento fue el neoliberalismo, y aún no tiene ese discurso. Nun¬ 
ca como en esos momentos adquiere plena consistencia la metáfora de Antonio 
Gramsci: lo nuevo no acaba de nacer, lo viejo no acaba de morir, y en el interreg¬ 
no aparecen los monstruos {Gramsci, A.: Cuadernos de la Cárcel (Vol. 2). México 
D.F.: Ediciones ERA, 1975, p.37). 

Se abre la posibilidad, pues, de una disputa sobre la estructura ontológica-políti- 
ca del ser en el mundo. En efecto, la pandemia demostró y puso en evidencia un 
contexto social de profundas iniquidades en la redistribución de la riqueza, los 
patrones de consumo-producción predatorios, los efectos sobre el calentamiento 
global sin posibilidad alguna de revertirlos, la necesidad de nuevas energías y el 
control de las corporaciones sobre ellas, sistemas de salud pública ineficientes, 
las formas de la democracia corporativa, colusoria, patrimonial, los sistemas polí¬ 
ticos y las formas de la representación política aislados de los problemas sociales 
y construidos desde la manipulación y la acción estratégica, en fin. Un conjunto 
de instituciones, discursos, y praxis que se revelaron un peligro para la vida, para 
la justicia, para la convivencia, para la paz y la estabilidad social. Muchas de las 
víctimas del covid-19, se debieron más a esos problemas estructurales, que a la 
letalidad del virus. 

Se trató de un contexto diferente, en el cual muchas determinaciones que ya cons¬ 
taban in nuce dentro del sistema capitalista, obtuvieron en la crisis provocada por 
la pandemia la fuerza social e histórica suficiente para emerger y consolidarse. 
Las críticas a las formas de “crecimiento económico” y su responsabilidad ante 
el calentamiento global eran importantes antes de la pandemia, pero en un esce¬ 
nario posterior a ella, el mundo sabía que no podía sustentar el mismo patrón de 
crecimiento exponencial sin poner en peligro su propia pervivencia. La relación 
que se hizo en el origen del virus y los efectos del calentamiento global iba de por 
sí. De la misma manera que el neoliberalismo se agotó como discurso ontológi- 
co político, también se agotó el discurso del negacionismo del cambio climático. 
Pero no había otro discurso que aquel del crecimiento económico de la mano de 




146 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


mercados eficientes y autorregulados para ofrecer al mundo. Mas, era justamente 
ese discurso el responsable directo de las crisis sanitaria, económica, ecológica, 
humanitaria, institucional que el mundo vivió en esa coyuntura. Era necesario, 
para la humanidad, desprenderse de la fuerza simbólica que tiene la noción de 
“crecimiento económico” y desconfiar radicalmente de sus posibilidades tauma¬ 
túrgicas. Como se había ya resaltado, esa noción es un oxímoron cuya aplicación 
produce más daño que bien. La humanidad necesita definir otros parámetros con 
respecto a sí misma y lo más lejos que pueda del oxímoron del crecimiento eco¬ 
nómico, quizá deba pensar más en el “Buen Vivir”, en un relación armónica con 
las verdaderas necesidades sociales, y recuperar el humanismo que permitió a la 
Ilustración crear las coordenadas de la modernidad y la democracia. 

Pasar a la constitución de otros discursos con la misma fuerza simbólica que tuvo 
el crecimiento económico es complicado, porque ese discurso contribuyó a crear 
marcos institucionales tan disímiles y heteróclitos como la Unión Europea, la 
agenda 2030 de Naciones Unidas y los ODS, y el Derecho a la ciudad de la Con¬ 
ferencia Hábitat III, entre otros ejemplos que dan cuenta de su fuerza simbólica. 
Pero es necesario indicar que esos mismos marcos institucionales demostraron 
su inanidad durante la peste, porque fue el crecimiento económico el que creó 
las condiciones de posibilidad para su expansión y debilitó las maneras de su 
contención. Esos marcos institucionales que conjugaban derechos humanos y 
crecimiento económico dentro de una misma praxis y un mismo discurso (un 
encuentro y coincidencia tan extraña como el paraguas y la máquina de coser 
sobre la mesa de disección, del Conde de Lautréamont), no pudieron actuar de 
forma coordinada para establecer una estrategia conjunta que permita proteger 
a sus sociedades en su dimensión más básica, la vida. La forma de construir esas 
instituciones quedó también fuera de juego. El mundo cambió, definitivamente. 

En varias reflexiones en el presente texto, como puntos de fuga sobre una rea¬ 
lidad demasiado compleja para advertirla prima facie, se trata de comprender, 
desde una especie de fenomenología de la peste, la forma por la cual esta afec¬ 
tó a nuestras sociedades, a nuestras individualidades, a nuestras instituciones, 
a nuestros discursos, a nuestra cotidianidad. Por supuesto que se escapan mu¬ 
chos fenómenos a comprender. Una reflexión más extensa y que convoque a 
más voluntades, como efectivamente ya sucede, puede ampliarla y afinarla, al 
mismo tiempo que mejorarla. Cada vez hay más reflexiones, más apuntes, más 
testimonios, más reportajes, más análisis sobre la pandemia y sus consecuencias 
en nuestras sociedades. Porque es necesario inclinarnos sobre lo que pasó para 
poder comprendernos a nosotros mismos, ¿cómo se demostró nuestra humana 
condición cuando fuimos llevados al límite y no había exterioridad posible?, de lo 




147 


Pablo Dávalos 


humano que emergió en esa oportunidad ¿qué sustancia moral, qué esencia ética 
es aquella que mejor nos define? 

La mayor parte de estas reflexiones y análisis han llegado al consenso y la cons¬ 
tatación que la crisis provocada por la pandemia es una crisis profunda que de¬ 
terminará nuevos procesos histórico sociales. Son cambios, no obstante, que ya 
constaban en la matriz misma de nuestra civilización. El agotamiento del neoli- 
beralismo como discurso civilizatorio, tuvo apenas meses antes de la pandemia, 
una demostración potente en varias ciudades del mundo, de ciudadanos que se 
manifestaban en contra de sus dictados, de su modelo de sociedad, de su discurso 
sobre la historia y el deber-ser humano. Quito, Santiago de Chile, Puerto Princi¬ 
pe, Bogotá, Valparaíso, París, Hong Kong, etc., constataron en sus calles la vio¬ 
lencia por la cual los poderes de turno quisieron acallar esas voces, ese grito, esa 
demanda por otro mundo posible. Esa violencia se ensañó contra los ojos, en una 
metáfora de violencia y crueldad que enfatiza en aquello que Heidegger insistía 
sobre el Dasein: el ser-ahí arrojado en el mundo y cuya consistencia óntica se pre¬ 
senta “ante los ojos”. Apuntar a los ojos, como hicieron las fuerzas de represión 
en esa coyuntura, fue una estrategia del neoliberalismo que produjo una especie 
de efecto Tiresias: hubo que perder la vista para finalmente ver lo Real. Ese era el 
mundo en el que emergió la peste. 

Los precarizados del mundo, aquellos que habían sido excluidos definitivamen¬ 
te del trabajo estable, aquellos que a pesar de tener títulos universitarios, vaga¬ 
ban con sus hojas de vida en la búsqueda de empleo, en los meses antes de la 
pandemia salieron a las calles, con otros inconformes, con los indígenas, con los 
sindicalistas, con los trabajadores, a emitir un grito contra un sistema agotado, 
decadente, caduco, que había llegado a los extremos de privatizar el agua, la edu¬ 
cación, la salud, la vida. La peste no transformó a las sociedades sobre el vacío, 
sino al contrario. Demostró las falencias estructurales perpetuadas sobre el con¬ 
sentimiento silencioso de las mayorías. La peste se inscribió sobre esa realidad 
contradictoria y en tensión permanente. 

Era obsceno el espectáculo de las grandes fortunas que se volvían más grandes a 
medida que la pobreza se incrementaba. Pero fue más sicalíptico constatar cómo 
esas fortunas lucraban de la peste. Mientras los más ricos se volvían escabrosa¬ 
mente ricos con la peste, el dolor, la angustia, la escasez, la desesperación, ponían 
en jaque a millones de seres humanos. Era desolador constatar la impotencia de 
los sistemas políticos para devolver la dignidad a la representación política y a la 
democracia. Se sentía la sensación del simulacro por todas partes. La indignación 
que recorrió por las calles de varias ciudades del mundo los últimos meses del 




148 


Un manifiesto para el Siglo XXI 


año 2019, generó un grito potente, que reclamaba contra las injusticias de una 
sociedad incapaz de procesar sus propios simulacros. 

Es sobre ese escenario de tensión, de conflicto, de angustia, que emerge el covid-19. 
Cuando la pandemia llega a Europa, constata la fragilidad de los sistemas de salud. 
Ene estremecedor mirar a los médicos, enfermeras, especialistas, de los paises más 
ricos del mundo, reclamar exactamente lo mismo que demandaban los médicos y 
enfermeras de los países más pobres. La salud fue devastada en esa simulación de¬ 
nominada globalización. Las políticas de austeridad del neoliberalismo se ensaña¬ 
ron sobre lo público a nivel planetario. Lo desmantelaron. Lo redujeron al mínimo 
posible. Pero no solo desinstitucionalizaron a las sociedades, sino que también de¬ 
bilitaron las solidaridades. El sentido de compasión por el otro desapareció cuando 
la ideología oficial fue aquella de la competitividad. Construyeron un discurso en 
el cual el Otro se convertía en el enemigo, en amenaza. Y al tenor de ese discurso 
se construyeron sistemas de representación, de judicialización, de control social 
sobre el Otro y también, fuerza es decirlo, sobre nosotros. Se ganaban elecciones 
prometiendo muros, alambradas, barrotes y torturas. Se ganaba popularidad con 
asesinatos. La construcción del Otro como enemigo nos fracturó como sociedad, 
debilitó los lazos sociales, los vínculos de lo humano. Trasgredió el sentido de hu¬ 
manismo con el cual emergió y se consolidó la modernidad y la democracia repre¬ 
sentativa. Eue eso lo que definió nuestra normalidad. Un mundo desquiciado con la 
naturaleza, con sus prójimos, con su futuro, pero era nuestro mundo, lo habíamos 
interiorizado en las coordenadas de lo normal, de lo cotidiano. 

En medio de ese proceso, es interesante constatar la forma que asume la comunica¬ 
ción humana y que es el sustrato de la ontología de lo social. Habermas tenía en el 
fondo razón al proponernos una teoría de la comunicación como complemento al 
sujeto trascendental de la modernidad y apertura del espacio de posibles sociales. 
Somos comunicación. Somos palabra. De la misma manera que nuestra existencia 
es tiempo, nuestra presencia es palabra. Nos construimos a través de ellas. Las re¬ 
des sociales fueron esos puentes por donde transitaban nuestras palabras. Eue la 
primera vez en la historia de la humanidad que un mecanismo de conectividad se 
convirtió en el único instrumento que nos constató como sociedad global. Eueron 
las redes sociales, curiosamente esas plataformas creadas para extraer nuestra in¬ 
formación y vendérsela a alguien más, las que nos abrieron las ventanas para que 
transiten nuestras palabras y nos constaten en nuestra existencia. La humanidad se 
volcó a las redes sociales y, desde ahí, pudo constatarse y reconstruirse. 

En contexto de aislamiento forzado, cuarentena y distanciamiento obligatorio, 
las redes sociales fueron la interfaz que posibilitó la comunicación humana. Y fue 




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Pablo Dávalos 


a través de esa experiencia que pudimos trasladar a ese mecanismo marcos ins¬ 
titucionales como la educación, el trabajo, la política y también la salud pública. 
Era la primera vez que la sociedad se construía a sí misma a la distancia. La uti¬ 
lización de las redes daba cuenta de las profundas transformaciones económicas 
y sociales que se habían dado en los últimos años. La masiñcación de teléfonos 
inteligentes, la proliferación de redes sociales y su tecniñcación, la creación de 
algoritmos de inteligencia artiñcial para procesar toda la información, todos esos 
procesos son relativamente recientes, muchos de ellos tienen apenas menos de 
una década con respecto a la fecha de la pandemia, pero durante la peste demos¬ 
traron su pertinencia. 

Se creó, en esas circunstancias, una especie de territorio virtual desde el cual la 
sociedad pudo recomponerse, reinventarse, comunicarse, protegerse (y, por su¬ 
puesto, también mentirse a sí misma). Se comprendió la fuerza que tiene aquello 
que se denomina la economía de la sociedad de la información. En el mundo que 
vendrá, el motor de aquello que aún denominamos economía, será, definitiva¬ 
mente, la información. De hecho, es revelador que las corporaciones más impor¬ 
tantes de ese momento correspondan a la economía de la información. Mientras 
el precio del petróleo y otros sectores (turismo, servicios, restaurantes, etc.) caían 
en picada, las cotizaciones bursátiles de las empresas de la economía de la in¬ 
formación crecían exponencialmente. La plataforma Zoom, por ejemplo, creció 
de forma vertiginosa, mientras lo futuros de petróleo se desplomaban debajo de 
cero. 

La pandemia aceleró el tiempo histórico. Nos hizo comprender que aún estᬠ
bamos en el siglo XX. Que era necesario pasar el umbral al siglo XXL ¿Cómo 
será ese nuevo siglo? Depende de nosotros darle su contextura. Pero podemos 
intuir algunas perspectivas. La primera de ellas es comprender el mundo de la 
post-escasez, es decir, comprendernos como somos, sociedades cuya capacidad 
de producción rebasa a todo lo creado e imaginado hasta el momento. La eco¬ 
nomía ha propuesto una serie de conceptos para entender la producción de la 
riqueza. Quizá muchos de esos conceptos tengan que ser revisados, cambiados 
y transformados porque fueron creados para una época que ya no es la nuestra. 
Es, en efecto, dificil que la noción de escasez tenga alguna pertinencia para una 
empresa como Eacebook, Alphabet o Zoom. El recurso más importante que estas 
empresas utilizan es la información, y es un recurso infinito. Como tal, no está 
sometido a las “leyes” de los rendimientos decrecientes. Lo mismo con Uber, o 
Cabify, o Glovo. Estas empresas se consolidan en cambio sobre una externalidad 
negativa para las sociedades, la creciente precarización que generaron las políti¬ 
cas de austeridad del neoliberalismo, y se sustentan en algoritmos de inteligencia 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


artificial. El combustible de su modelo de uegocios, por utilizar uua metáfora, es 
la precarizacióu y el ueoliberalismo. Esas empresas represeutau el lado oscuro, la 
distopia de la ecouomía de la iuformacióu. 

Más allá de eso, puede compreuderse que uua ecouomia de la iuformacióu sola- 
meute puede emerger sobre uua estructura productiva importaute y performati- 
va que puede trausitar hacia la iuformacióu siu alterar la produccióu. Hace uuas 
décadas, habría sido imposible uua ecouomía de la iuformacióu, porque el uúcleo 
de la riqueza estaba, eu lo fuudameutal, eu las iudustrias trausformativas, eu la 
euergía, la tecuología, las comuuicacioues, y los baucos. La emergeucia de las cor- 
poracioues de la ecouomía de la iuformacióu da cueuta que se ha geuerado eu las 
fuerzas productivas de la sociedad uu cambio de tal maguitud que permite el sur- 
gimieuto y cousolidacióu de empresas que uegociau cou bieues tau iutaugibles 
como la iuformacióu. Ese cambio ahora se deuomiua sociedad de lapost-escasez. 
La peste emerge eu pleua trausicióu de ecouomías iudustriales y fiuaucieras, ha¬ 
cia ecouomías de la post-escasez. 

Esta ecouomía se caracteriza por su capacidad de geuerar riquezas eu forma ex- 
poueucial, las que uo se redistribuyeu de forma adecuada. El coutexto de la pau- 
demia uos hizo compreuder que la riqueza, cuaudo uo se distribuye de forma 
pertiueute y equitativa, uo solo es uu problema político y social siuo tambiéu de 
salud pública. Pero tambiéu uos hizo compreuder que las uarracioues, los discur¬ 
sos, las iustitucioues que procesau esa redistribucióu uo se hau coufigurado para 
uu muudo eu pleua trausformacióu. Esas iustitucioues, esos discursos ya uo sou 
pertiueutes ui adecuados eu esta trausicióu hacia la post-escasez. 

Es decir, uo se le puedeu uegar recursos a los trabajadores y a los ciudadauos eu 
geueral cuaudo exigeu más servicios públicos y más iuversióu para salud y edu- 
cacióu, cou el discurso de la escasez y luego, cuaudo se produceu las crisis bauca- 
rias, utilizar recursos públicos para salvatajes privados, pero cuaudo cambiau las 
circuustaucias y los baucos privados saleu de la crisis, retoruar uuevameute a la 
austeridad. Esto pasó, por ejemplo, eu la crisis de 2008, cuaudo la política mo- 
uetaria de los países capitalistas más ricos uo tuvo uiugúu problema eu soltar las 
amarras de las restriccioues mouetarias y emitir diuero para salvar a los baucos 
privados (la expausióu mouetaria fue deuomiuada como Quantitative Easing). 
Eu ese coutexto, la imposicióu de políticas de austeridad se parecía mucho al 
ciuismo. Dos ejemplos sou pertiueutes al respecto, el primero es el caso de Grecia 
que, eu el año 2015, iucluso se volcó a las uruas para rechazar las políticas de 
austeridad, pero la Comisióu Europea, el Bauco Ceutral Europeo y el EMI se coa- 
ligarou para doblar la mauo a la sociedad y obligarla a asumir el costo social de la 




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Pablo Dávalos 


austeridad. El segundo ejemplo es Argentina, cuando el FMI creó un salvamento 
a los bancos de más de cincuenta mil millones de dólares en 2018, y produjo una 
crisis y una recesión muy profundas en esa sociedad para salvar a esos bancos 
privados. ¿Se pueden imponer politicas de austeridad a la sociedad cuando, a 
contramano, se hace todo lo contrario con los bancos? 

Esta contradicción se hizo evidente y adquirió un tono diferente durante la pan¬ 
demia. Los servicios públicos de salud no pudieron ante la peste y fueron rebasa¬ 
dos porque el sistema de salud pública habia sufrido los embates de las politicas 
de austeridad. No tuvieron ni tiempo ni capacidad alguna para frenar la peste. 
Eue una oleada que rebasó todo lo existente y descubrió a las sociedades inermes. 
Esa indefensión habia sido provocada de manera intencional al tenor del discurso 
de la austeridad. Miles murieron al no tener la posibilidad de una institucionali- 
dad con capacidad para defenderlos. Por eso, será difícil que las sociedades ads¬ 
criban nuevamente el discurso de la austeridad cuando saben de primera mano 
que aquello que está en juego con ese discurso es su propia vida. Las sociedades 
van a exigir, y con justa razón además, los suficientes recursos públicos para for¬ 
talecer la salud pública, y van a poner reparos en toda iniciativa de austeridad al 
sector social. El discurso de la austeridad fiscal, prácticamente está muerto. Y con 
él, la matriz epistemológica que lo sustentó, el discurso neoliberal. 

Pero la post-escasez es también la posibilidad que las sociedades comprendan 
que existen los recursos para ponerlos a disposición de las sociedades y proteger¬ 
las en todo momento. A diferencia de otras circunstancias en las cuales la crea¬ 
ción de políticas públicas de protección social implicaba reducir recursos en otras 
áreas, esta vez existen los recursos suficientes para proteger a todos. El proble¬ 
ma es que los recursos que las sociedades necesitan para su protección se han 
distribuido de tal manera que los acaparan un grupo de personas. Son recursos 
sociales. Son recursos creados por toda la sociedad. Pero las instituciones y los 
discursos se han creado de tal manera que impiden que la sociedad participe de 
esos recursos y que sean puestos en beneficio de ella. Es por eso que la sociedad 
de la post-escasez presenta anomalías tan fuertes como la excesiva concentración 
del ingreso. Pero aquello que fue parte de la discusión sociológica y política, se 
convierte en problema de salud pública en momentos de la peste. Cómo proteger 
a la población más vulnerable y obligarla a cumplir los protocolos de prevención 
a partir del aislamiento y la cuarentena, cuando no tienen, literalmente, qué co¬ 
mer, cuando viven en el hacinamiento y les faltan los servicios básicos, como agua 
potable. Y no se trata de un debate sociológico ni económico, sino la urgencia 
de generar mecanismos de protección universales, porque cada uno de nosotros 
puede convertirse en un vector de la peste. 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


Por eso, uno de los conceptos centrales del presente texto, en el cual se ha insis¬ 
tido desde varias perspectivas, es la noción de lo público. Fue la pandemia la que 
permitió la emergencia de una consideración diferente con respecto a la forma tra¬ 
dicional de tratar lo público. En el presente trabajo le hemos dado a esa noción su 
contextura ética y también política. Lo público es el real fundamento no solo de la 
libertad sino de nuestra civilización. Es desde esas características que convergen 
varias líneas de análisis y reflexión: lo público como ética y política de la libertad 
desde el cual reconstruir las instituciones como marcos que protejan a las socieda¬ 
des, con la posibilidad de utilizar la información como la capacidad de crear una in¬ 
teligencia común y global. Esto va a contrapunto de la ideología del neoliberalismo 
que ha impuesto su particular visión e interpretación de lo público y lo confunde y 
mimetiza con el sector fiscal y con el déficit fiscal, además que lo presenta en con¬ 
traposición a la libertad individual. Lo público es un concepto de ontología política, 
es la conclusión del presente texto, que involucra una dimensión ética (el cuidado, 
el bienestar y la integridad de cada uno de los individuos depende de los demás), y 
una dimensión política, de esa preocupación por el Otro, desde la cual se construye 
la individualidad, emerge el interés común. Lo que justifica la presencia del Estado 
moderno es su capacidad de defender lo público. 

Esas son las perspectivas que nos permiten intuir el mundo que vendrá en la 
post-pandemia. Las sociedades que salieron a las calles a marchar contra el ajus¬ 
te neoliberal y el modelo de sociedad de mercado, diñcilmente aceptarán en el 
mundo de la post-pandemia que se repliquen las mismas condiciones sociales 
e institucionales que determinaron su condición de vulnerabilidad. Si el mundo 
ya ha superado la escasez, entonces ¿porqué someter a este expediente a las so¬ 
ciedades? ¿Por qué obligarlas a la austeridad si sus consecuencias son nefastas y 
representan más una amenaza que cualquier oportunidad? 

Es evidente que el poder corporativo es enorme. También es evidente que su ca¬ 
pacidad de crear lo real es importante. El mundo post-pandemia puede adoptar 
tonos distópicos si se permite que ese poder corporativo imponga las coorde¬ 
nadas de ese mundo a construir. Por eso, hay que disputar con todo lo que se 
tenga sus coordenadas fundamentales. Porque una experiencia que nos deja la 
pandemia del covid-19, es que la historia del futuro será arcilla de alfarero, y que 
dependerá de las sociedades y sus sueños saber quiénes serán esos alfareros. 

En el presente ensayo se ha propuesto y argumentado desde varias líneas analíti¬ 
cas la renta básica universal y sin condiciones (RBU), una propuesta que se añade 
a otras prestaciones sociales y que no está sujeta a condicionalidad alguna. Es 
cierto que la RBU se ha propuesto desde hace tiempo ha, y que ha formado parte 




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Pablo Dávalos 


del debate de las alternativas al capitalismo, pero la pandemia le ha otorgado un 
cariz diferente. Ha permitido que la sociedad evalúe su pertinencia. Una cosa 
es la argumentación de su necesidad desde, por ejemplo, la economía política 
crítica, la teoría del decrecimiento, o el pos desarrollo, y otra que se constituya y 
se fundamente desde la salud pública. Pasa lo mismo con los sistemas públicos 
de salud. Una cosa es el debate y la crítica a las industrias farmacológicas, a las 
corporaciones agroalimentarias, y a las compañías de seguros de salud, desde la 
academia o la política, y otra distinta desde la salud pública cuando hay una ame¬ 
naza tan global como la peste. 

El debate sobre la salud pública nos lleva de forma directa a la comprensión de 
lo público desde la ética y la política. En la modernidad, en sus orígenes, siempre 
se buscó la fundamentación de la política desde la ética. Romper lo público es 
fracturar la ética de lo social. La pandemia, al obligarnos a ser más humildes, más 
humanos, al reconocer nuestra fragilidad, también nos obliga a ser éticos. Quizá 
el confinamiento generó varios comportamientos y dinámicas que en el presente 
texto han tratado de ser señaladas, pero al asumirlos pudimos comprender aque¬ 
llo que significa la ética y, desde esa comprensión, tomar una posición moral. 
Precisamente por ello, hay que cambiar las coordenadas de la salud pública. La 
salud debe salir del secuestro mercantil al que se encuentra sometida. Debemos 
mirar la salud como bienestar y como integridad, y para eso debemos abandonar 
la visión curativa y medicalizada que hoy la determina. Pero debemos entender 
que la salud es también un bien público global. Eue la pandemia la que nos obligó 
a verla de esa manera. Eso implica decisiones fuertes como la virtual eliminación 
de la medicina prepagada y toda la parafernalia corporativa del aseguramiento 
privado, como condición de posibilidad para crear sistemas públicos y únicos de 
salud. Nos conduce también a mirar de otra manera la QMS y la arquitectura 
internacional sobre la salud pública. Debemos deslindar a esa arquitectura de 
las contingencias que puede adoptar la geopolítica y darle la arquitectura y la 
fuerza que necesita para protegernos como humanidad ante amenazas como las 
pandemias. 

Sin embargo, hay una reflexión que es importante realizarla y tiene que ver con 
las ciudades en la modernidad, porque fue ahí, en su textura, en su geografia en 
el cual se produjo esa confrontación entre la peste y la humanidad. En efecto, la 
ciudad fue el topos por excelencia de la peste. Eue ahí donde se desplegó el es¬ 
cenario de la lucha contra el virus. La modernidad había construido las ciudades 
como el centro desde el cual se procesaban todas sus determinaciones. La ciudad 
moderna, de hecho, es el eje de la sociedad moderna. Ahí, en la ciudad, en sus 
calles, en sus avenidas, bulevares, se desplegó esa lucha silente, tenaz, implacable 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


entre las sociedades y el virus. Esas calles, convertidas durante la peste en refugio 
de los fantasmas, fueron ese teatro de guerra. Fue ahí donde se produjo el drama 
más fuerte de la peste y en donde los cadáveres se amontonaron en las calles, ante 
un sistema de salud colapsado como pasó en la ciudad de Guayaquil. 

En las ciudades se expresan casi todas las posibilidades de la modernidad. Hay 
un mapa de jerarquía, de relativa importancia, y de trascendencia en función de 
su relación con el sistema mundo capitalista. Pero la peste las sumió a todas. Las 
obligó a la cuarentena, al aislamiento, a la distancia. Las ciudades nunca se hi¬ 
cieron ni se pensaron para eso. Siempre fueron concebidas desde lo social, como 
posibilidad de construcción de lo social. Constatarlas en su repliegue ante la pes¬ 
te, fue un hecho inédito en la globalización. Sus imágenes habituales eran de una 
abrumadora presencia de consumidores, transeúntes, ciudadanos, en fin, llenas 
hasta el epítome de lo humano. No conocían ni el vacío, ni el silencio, ni el des¬ 
canso. Su estruendo no paraba nunca. Sus dramas se extendían día tras día en el 
plexo intrincado de sus calles, avenidas, bulevares, parques y edificios. 

Las ciudades han sido objeto de una reflexión amplia, profunda, intensiva. Ar¬ 
quitectos, diseñadores, urbanistas, geógrafos, economistas, sociólogos, antro¬ 
pólogos, cineastas, literatos, en fin, se inclinaron siempre sobre ellas con inte¬ 
rrogantes banales o trascendentales, pero con la exigencia de respuestas a veces 
definitivas. Pero pocas veces se las pensó, se las imaginó, integradas a nivel global 
desde el silencio, el aislamiento, el abandono. En ninguna distopía podía caber un 
instante en el que se congelen todos los instantes. 

La peste logró convertir a esos bullentes espacios, en réplicas de silencio. Hay de¬ 
trás de eso una estética de la angustia ante la peste. Porque un escenario de calles 
vacías, y angustias vitales, en ciudades como París, New York, Milán, Londres, 
San Francisco, Ínter alia, realmente es único, y quizá irrepetible. Pero hubo un 
drama denso en esas ciudades. Trabajadores pobres que no tuvieron oportunidad 
alguna del aislamiento, la distancia y la cuarentena, sea porque trabajaban en la 
economía del cuidado, o en la estructura del aprovisionamiento, o en las indus¬ 
trias de la salud, o los servicios básicos, pudieron constatar lo que significa tran¬ 
sitar por esas ciudades tan llenas y tan desiertas al mismo tiempo, y ser tan vul¬ 
nerables. Ellos fueron nuestra verdadera línea de defensa, protección, cuidado. 
Pero fueron invisibles y estuvieron desprotegidos. Su sacrificio, su heroicidad, su 
compromiso de cuidarnos al costo incluso de su propia integridad, nunca fue re¬ 
conocido como se merece. El espectáculo de millones de consumidores atrapados 
por la tela de araña de la incertidumbre ante la peste, fue único. Pero esos trabaja¬ 
dores pobres estuvieron expuestos y pagaron su tributo en vidas a la peste, fueron 




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Pablo Dávalos 


los que sostuvieron el peso de esa incertidumbre. Las ciudades, como escenario, 
como puesta en escena, como posibilidad, como despliegue, como impotencia, 
como drama, fueron el centro de la pandemia. Pero fue la peste la que dio con¬ 
textura a otra noción que era más lírica que real, aquella del derecho a la ciudad. 
¿De quién es la ciudad? ¿Qué significa el “derecho a la ciudad” en un espacio 
sometido a las prescripciones de la peste? ¿Por qué una noción tan importante 
y que sirvió de base y fundamento para la Conferencia Internacional Habitat 
III, resulta tan incongruente cuando es puesta ante una situación límite como 
la peste? Si el Derecho a la ciudad se constituye en la noción más avanzada, más 
democrática, más consensuada del deber-ser de una ciudad ¿por qué esa noción 
apela a una sensación de irrealidad cuando las ciudades tuvieron que replegarse 
sobre sí mismas durante la pandemia? 

Porque enunciarla sin considerar las contingencias fundamentales de la vida y 
su frágil relación con la naturaleza, es sin duda un gesto de arrogancia. Una ape¬ 
lación al futuro como un continuum del presente de pensarnos al abrigo de toda 
contingencia o someterlas al cálculo y, solo por eso, pensar que pueden ser some¬ 
tidas a nuestra voluntad. Se trataba, en el fondo, de una sensación de seguridad 
que nunca nada ni nadie podrá alterar nuestra civilización la que se desprende de 
nuestras narraciones, nuestras conclusiones, nuestras declaraciones. La confe¬ 
rencia Habitat III, por ejemplo, identificó tres problemas claves de las ciudades: 
pobreza, desigualdad y degradación ambiental, pero jamás se imaginó nada pa¬ 
recido a lo que sucedió con la peste del covid-19. Por supuesto que son problemas 
importantes y que deben ser resueltos, pero la situación a las que la peste puso 
a las ciudades dan cuenta de sus límites, podría decirse, ontológicos. En efecto, 
los protocolos de aislamiento, distancia y cuarentena, al mismo tiempo que per¬ 
mitían comprender con nitidez la noción de lo público, desde la salud pública, 
también revelaron las contradicciones de clase del “derecho a la ciudad”. Porque 
pocas veces se pensó en estatuto ontológico para ellas. 

Era diferente cumplir esos protocolos de salud pública en los barrios de clase me¬ 
dia que en las periferias suburbanas, proletarizadas y sin coberturas de servicios 
públicos mínimos. La salud pública, en la peste, nos hizo ver ese entramado de 
distancias, conflictos y luchas de clases. De esas periferias provenían los trabaja¬ 
dores que mantenían la infraestructura, los servicios y el aprovisionamiento para 
que la clase media pueda guardar sin problemas sus protocolos de salud pública. 
Eueron esos trabajadores los que pagaron un enorme tributo en vidas a la peste. 
Muchos gobiernos anunciaron y pusieron en práctica millonarios rescates a em¬ 
presas que no podían asumir el pago de su nómina durante los meses que duró 
el confinamiento, y que más bien fue utilizado para despedir y pagar las liquida- 




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Un manifiesto para el Siglo XXI 


dones a los trabajadores, cuando habría sido mucho más democrático y directo 
crear una Renta básica para aquellos trabajadores que se pusieron a la sociedad 
sobre su hombro en esas dramáticas circunstancias. 

La peste también nos obligó a cuestionar muchos discursos, prácticas, institucio¬ 
nes; nos permitió comprender que necesitamos desprendernos de mucho lastre 
para transitar al siglo XXI, la cuestión es ¿cómo hacerlo?, y ¿quiénes lo harán? 
Es evidente que las corporaciones aprovecharán el mundo de la post-pandemia 
para definirlo de acuerdo a sus intereses. Muchos políticos se convertirán en par¬ 
tidarios del retorno al Estado pero nos advertirán que su preocupación será evitar 
que se convierta en Leviatán, es decir, seguirán siendo neoliberales en el fondo, y 
keynesianos en la forma. Van a promover el rescate a las empresas pero no a los 
trabajadores. No les preocupa en lo más mínimo el control panóptico que ejercen 
las corporaciones sobre nosotros, pero seguirán en su diatriba contra el Estado 
Leviatán. La forma poco ética que tienen por transar, negociar y lucrar con nues¬ 
tra información personal no les preocupa, pero sí les preocupa que se recupere el 
sentido de lo público. La geopolítica marcará la presencia de nuevos actores que 
tienen su propia hoja de ruta. Entonces, cómo darle al momento de transición 
contenidos que sean democráticos, qué sectores sociales pueden asumirlo y lle¬ 
varlo adelante. 

De todos los sectores sociales, quizá uno de los más importantes sea aquella 
población que nació justo cuando el neoliberalismo se impuso como razón do¬ 
minante del mundo y empezó el desmantelamiento de lo público, y su ataque 
al Estado de Bienestar, en un contexto en el cual caía el muro y los discursos 
alternativos. Esa población que nació en las últimas décadas del siglo XX y las 
primeras del siglo XXI, ha vivido la precarización laboral, la pérdida de sentido 
de todo discurso político, la amoralidad de los sistemas políticos, la apelación a 
lo instantáneo, y la reducción de su vida a lo efímero de las redes sociales. Esa 
población ha sido cartografiada por las empresas del marketing global como mi- 
llennials. Más allá de la denominación que les han impuesto, es evidente que esa 
población que nació cuando el neoliberalismo se convirtió en hegemónico, vivió 
un mundo signado por la presencia y esencia del neoliberalismo como razón del 
mundo. Por eso sus coordenadas de ontología política cobran referencia desde el 
neoliberalismo. Para ellos tanto el Estado de Bienestar, cuanto el socialismo son 
más recuerdos de la historia que constancia del presente y, de hecho, no constan 
en sus expectativas de futuro. Han vivido sus escasas décadas en una situación 
de precariedad fundamental, existencial, ontológica. Tuvieron que construir sus 
expectativas, sus anhelos, su ser en el mundo, con el neoliberalismo como dato y 
estructura ontológica del mundo. 




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Pablo Dávalos 


Fueron ellos, no obstante, los que han acompañado a varios movimientos sociales 
y sindicatos en sus reclamos contra el neoliberalismo. Pero son muy escépticos 
con respecto al socialismo y también a cualquier forma de keynesianismo que 
solamente remoce lo existente. Reclaman algo nuevo, porque se han inscrito y 
mimetizado de tal forma con la economía de la información, que para ellos los 
nuevos discursos deben partir desde aquello que define su ser en el mundo. Ellos 
participaron activamente en las movilizaciones sociales en América Latina y en 
Europa. Eueron parte también de la primavera árabe. Sin embargo, cuando la 
peste devastó a las sociedades, fueron ellos los que sufrieron de primera mano la 
precariedad del sistema. En consecuencia, una noción como la RBU, el Sistema 
Nacional de salud, y la universidad global, permite que este importante sector 
social, tenga un asidero a su propia realidad. 

A partir de ese punto de referencia en esa geografia esquiva del mundo, la conver¬ 
gencia entre RBU y los millennials, puede dar el sustento desde el cual pueda ser 
plausible la utopía de otro mundo posible. Y, desde esa utopía, pensar en un retorno 
al contrato social del inicio de la modernidad y de la Ilustración, es decir, el retorno 
al humanismo, y la relación entre ética y política. Necesitamos profundizar la glo- 
balización pero esta vez hacerlo bien, hacerlo desde el humanismo, desde aquella 
premisa de Unamuno que decía: “soy humano, y ningún hombre me es ajeno”. De 
todas las expresiones y frases que se han generado, quizá una de las más hermosas, 
por su profundo contenido humano, por su reconocimiento a la diferencia que nos 
constituye como humanidad, sea aquella de los Zapatistas de la selva Lacandona, en 
el sur de México, que proponen “Un mundo, donde quepan todos los mundos”. La 
globalización es, precisamente, la posibilidad de construir la unidad en la diversidad. 

La pandemia del Covid-19 se constituyó en un acontecimiento que se suma y mi- 
metiza con otros acontecimientos históricos y que dan cuenta de la necesidad de 
reconstruir el contrato social. El grito que se convierte en unánime es aquel de Otro 
mundo es posible. Las coordenadas que han definido al mundo se han visto reba¬ 
sadas. Eue Marx quien decía que una sociedad no se transforma hasta haber ago¬ 
tado todas las posibilidades que encierra en sí misma. El capitalismo ha agotado 
ya todas sus posibilidades. Es un sistema que, sin duda, creó horizontes diferentes 
y novedosos para la humanidad, pero aquello que alguna vez fue una oportunidad 
hoy es una amenaza. La relación Covid-19 y cambio climático tiene abrumadora 
evidencia. Si las prácticas predatorias persisten, si la humanidad sigue apegada 
al “crecimiento económico”, puede ser que esta peste solo sea el primer capítulo. 
Pero, si la humanidad aprende de sus errores, y comprende que necesita de otro 
contrato social, puede ser que esta peste sea el inicio de algo nuevo. Como decía 
Marx, al inicio de El Capital: de te fatula narratur. 





Para la diagramación se utilizaron los caracteres 
Georgia y Gilí Sans 
Mayo de 2020 

El conocimiento es un bien de la humanidad. 
Todos los seres humanos deben acceder al saber. 
Cultivarlo es responsabilidad de todos.